Emilio García Gómez

 

Afganistán, ese Afganistán

 

 

 

La actualidad de este complejo país medieval pone en evidencia el atraso social y la retrógrada concepción del estado como embajada de la fe islámica y semillero de fanáticos. Pero no podemos sorprendernos de que eso ocurra en el siglo XXI, puesto que países tan democráticos y liberales como Inglaterra siguen siendo confesionales. La reina Isabel II es la cabeza seglar de la iglesia anglicana y, si no cambian mucho las cosas, lo serán también sus sucesores.

Claro que Inglaterra es una nación de tránsito libre, abierta a las culturas no anglosajonas y propagadora de toda clase de ideas, mientras que Afganistán, durante muchos años, ha sido, y sigue siendo, un país hermético, un extenso recinto tribal, un enorme campamento de pastores, agricultores, nómadas y pequeños artesanos asfixiados por la hipnótica sombra de Alá, la misoginia, la xenofobia y la iconoclastia. La población afgana es culpable de su propia incapacidad - bien por conveniencia, por ignorancia, por miedo o por estulticia casi congénita - para reducir y sacudirse de encima a quienes más daño le han hecho: por un lado, los agitadores a sueldo del colonialismo británico, el social-imperialismo ruso y el intervencionismo americano, siempre contradictorios y a contrapié de los acontecimientos históricos; por otro, los dirigentes talibán y los ulemas, sus líderes religiosos, los grandes manipuladores de la conciencia social que las potencias extranjeras han utilizado para sus propios fines. Incluso las confesiones cristianas de los países occidentales más influyentes, algunas de ellas tan ultra-conservadoras como el régimen de Kabul, no han dudado en enviar, con poca fortuna, a sus misioneros, no tanto para ofrecer un contraste religioso que despeje las mentes de la población con otras opciones, sino para imbuir en ella nuevas creencias, nuevas lealtades y, por consiguiente, nuevos vasallajes.

Si nos olvidamos por un momento de la crítica situación actual de Afganistán, los recientes y terribles episodios que han desfigurado su imagen, dejándola como un rostro cruzado por una gran cicatriz, y recorremos su ruta histórica a lo largo y lo ancho de su geografía, sobra espacio para el asombro, la admiración, la compasión y la náusea. Afganistán es un estado-tapón rodeado de poderosos vecinos - Irán, Pakistán, Rusia (a través de Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán) y China - y convertido en ancestral objetivo de la intervención extranjera. Todos se han valido del solar afgano como escudo contra sus adversarios, cuando no como desfiladero de paso para gente como el megalómano Alejandro el Magno, que lo cruzó en el año 329 a. de J.C. camino de la India. Antes cayó bajo la hegemonía del Imperio Persa, pasando de manos hasta el siglo VI de nuestra era. Con la llegada de los árabes y los turcos vino también el Islam, para quedarse.

A mediados del s. XIX, Inglaterra impuso un gobierno marioneta en Kabul. Pocos años después, los ingleses volvieron a ocupar Afganistán, recelosos de la aproximación afgana a los rusos y como precaución para proteger la frontera de la India. Finalmente, en 1921, Inglaterra reconoció la soberanía del gobierno de Kabul. Las relaciones entre Afganistán y el naciente estado vecino de Pakistán muestran una insoportable dualidad: por mucho tiempo les ha unido la fe, y, por otro lado, les separa el deseo de mantenerse independientes.

En los últimos cuarenta o cincuenta años, Afganistán ha sido un volcán agitado por convulsiones internas a favor o en contra de los khalqi y los parchami (organizaciones pro-soviéticas), los sholayi (simpatizantes de la Organización Juvenil Marxista OJM), los hezbi, los jamiati o cualquier otro movimiento marxista o fundamentalista, como los odiosos ikhwani, encargados de arrojar ácido a los rostros de las jóvenes estudiantes afganas que se negaban a cubrírselos con un velo.

En 1966 nació la OJM como reacción al ya existente Partido Democrático Popular de Afganistán, dominado por los pashtun, al que tildaron de revisionista y cómplice del príncipe Daoud, primo del rey Zahir Shah y primer ministro de 1953 a 1963. Daoud abrió el camino para la instauración de una monarquía constitucional, que intentó democratizar Afganistán mediante una reforma de corte liberal. La OJM adoptó una línea maoísta y no tardó en llenar de agitadores las calles de las principales ciudades.

En 1973, Daoud, conocido por el sobrenombre de “Príncipe Rojo” por sus presumibles connivencias con la Unión Soviética, destronó a Asir Shah, enviándole al exilio, y se auto-proclamó presidente de la República. Daoud no tardó en volverle las espaldas a Rusia y buscar aliados en Occidente y Arabia Saudí. En abril de 1978, el Kremlin, descontento con las iniciativas desviacionistas de Daoud, envió al KGB para asesinarle, provocar un golpe de estado y poner en su lugar a un títere, Noor Mohammad Taraki. El magnicidio y las sangrientas purgas llevadas a cabo por el gobierno pro-soviético durante la denominada “Gloriosa Revolución Saur” provocaron la insurrección del Grupo Revolucionario de los Pueblos de Afganistán, que se alió con los movimientos islamistas para acabar con el nuevo régimen.

En diciembre de 1979, los tanques rusos cruzaron el Turquestán occidental y se dirigieron a Kabul. De inmediato, la resistencia comenzó a sacar armas de las alcantarillas para movilizar al pueblo en defensa de la religión y en contra del ateísmo soviético. Una vez más, como ocurrió en el siglo XIX ante la presencia británica, se arengaba al pueblo a participar en la guerra santa, generosamente financiada por los Estados Unidos, los petrodólares de las naciones árabes y el soporte táctico de Pakistán. El resultado fue la expulsión de los rusos y la entronización del Islam a costa de hundir a la población en la más absoluta miseria material y espiritual.

Da escalofríos pensar cómo inmediatamente después de instalarse un régimen brotan grupos contrarios a él, como la confusa Alianza del Norte de Ahmed Masoud, recientemente asesinado por los talibán, posiblemente infiltrada por marxistas ortodoxos anti-soviéticos y hoy apoyada, como lo fueron los talibán, por numerosos gobiernos, sobre todo Estados Unidos. La cuestión es cómo se han de tallar las ramas del terrorismo mundial, que parecen alimentarse en gran medida desde el dogmatismo y el fanatismo islámico: acosando a los gobiernos incómodos para los intereses occidentales, con independencia de su ideología, e imponiendo gobiernos fantoche, o bien actuar sobre las raíces de la ignorancia, la desdicha, la decrepitud cultural y la pobreza de los pueblos afganos con otro tipo de medidas. Cuando no hay alternativas, sin posibilidad de descomprimir la tensión del fascismo islámico, sólo queda el recurso de la resignación, manteniendo una nación de borregos, o un nuevo estallido violento, como el que se avecina.

Grupos étnicos y lenguas. En un país tan peligroso, dada su compleja geografía étnica y su intolerancia religiosa, es mejor mantenerse callado. “Si hablas pashto”, explica una organización pacifista afgana, “apoyas a los talibán, y si hablas cualquier cosa menos el pashto, estás en contra de los talibán.” El pashto es, pues, la lengua oficial del país (35-50% de la población), con una larga tradición literaria y un sedimento léxico y morfológico que señala la influencia griega, árabe, persa e indo-aria. El farsi (iranio oriental o persa afgano), con un 50% de hablantes, es co-oficial, ampliamente utilizado como lengua comercial y gubernamental. Este idioma recibe en Afganistán el nombre antiguo de dari. Con ello se pretende hacer ver que Afganistán es la cuna del persa. El uzbeko se halla muy extendido (9%), mientras que el ormuri lo hablan unas pocas familias con apenas 50 individuos en total, posiblemente refugiados en la frontera de Pakistán y a punto de desaparecer. La mayoría de los afganos son bilingües. El inglés es ampliamente conocido, teniendo en cuenta la relativamente larga presencia británica en los siglos XIX y XX y los contactos con Pakistán, donde es habitual. Muchos afganos lo han aprendido como estudiantes en Inglaterra o Estados Unidos.

 

Hombres de una tribu afgana - Foto: AP - CBSNEWS.COM


El listado completo de lenguas que se hablan en Afganistán, algunas de las cuales tienen múltiples derivaciones dialectales, comprende las siguientes: aimaq, árabe tayiko, ashkun, azerí meridional, balochi occidental, brahui, darwazi, dari (farsi oriental), gowari, grangali, gujari, hazaragi, jakati, kamviri, karakalpak, kati, kazako, kirguizio, malakhel, mogol, munji, ormuri, pahlavani, parachi, parya, pashayi, pashto, prasuni, sanglechi-ishkashimi, sawi, shughni, shumashti, tangshewi, tirahi, tregami, turkómano, uyghur, uzbeko meridional, waigali, wakhi, warduji y wotapuri. La mayoría de estos idiomas, que dan nombre a los pueblos que los hablan, proceden del tronco indoeuropeo, indo-iraní e indo-ario; los otros son ramales altaico-túrquicos o altaico-mongólicos, uno semítico, el árabe, y otro - el brahui - dravidiano, originario del sub-continente asiático. Las lenguas tradicionales se representan en caracteres arábigos con ligeras modificaciones exclusivas de la zona de influjo persa.

Esta larga lista da una idea de la complejidad étnica de Afganistán. Algunos grupos minoritarios, como los nuristani, alojados en las montañas del noreste a lo largo de la frontera afgano-pakistaní, fueron convertidos al Islam a punta de espada. Los aimaq y los baluchi se dedican al pastoreo. Los hazaras, de entronque mongoloide y lengua iraní, lograron cierta autonomía en su desértica región central del país tras la entrada de los rusos en 1979 y su posterior retirada. Los hablantes de pashto, los pashtun (“patanes”), de origen iranio, constituyen la etnia predilecta del país, con elevadas concentraciones en Kabul. Con la invasión soviética, se produjo un éxodo masivo hacia Irán y Pakistán, reduciéndose drásticamente su tradicional mayoría en Afganistán. Los pashtun son el grupo más temible por sus continuas llamadas a la guerra santa. Los tayikos (unos 3,5 millones) se hallan concentrados en el noreste, junto a Tayikistán, de donde son originarios. La elite cultural y clase media de Afganistán está compuesta de esta etnia, a la que pertenecía el asesinado Ahmed Shah Masoud, ex-dirigente de la Alianza del Norte, y ejerce su enorme influencia sobre el gobierno del país, siendo los rivales naturales de  los pashtun. Los uzbekos, de confesión musulmana, proceden de la familia turca del Asia Central, que se aloja esencialmente en Uzbekistán. Finalmente, los turcómanos - oriundos de Turkmenistán -, junto con los kirghizios, que también pertenecen al tronco turco, constituyen una minoría en Afganistán, ese Afganistán que tanta preocupación está causando en todo el mundo.

 

 

 

Trece destinos para Afganistán

 

Afganistán, con una extensión de 650.000 kms2, un paisaje lunar, 21.000 Km de carreteras, de las cuales sólo un 10% están asfaltadas, con sólo 26,5 Km de línea férrea, una población semitribal de 27 millones con una esperanza de vida de 46 años, una tasa de analfabetismo del 88% y una economía basada en la subsistencia, no tiene demasiadas oportunidades para salir adelante.

Antes del 11 de septiembre, peleaban por el control del poder hasta 16 agrupaciones políticas, la mayoría islámicas. Tras el pacto de Bonn del 3 de diciembre, parece que el país, como el escaso dinero que hay en él, vuelve a cambiar de manos.

Con independencia de los pactos recientes, hay que contar con Pakistán, en cuyo territorio viven y trabajan muchísimos pashtun, como parte de la población indígena y como descendientes de refugiados. La invasión de Afganistán por las tropas soviéticas en 1979 sirvió para el acercamiento entre Estados Unidos y Pakistán, separados hasta entonces por la cuestión del armamento nuclear de este país. Pero el éxodo de afganos -más de 3 millones- hacia Pakistán provocó la partición étnica de Afganistán y la inauguración en Pakistán de una nueva cultura, la llamada “cultura del kalashnikov”. La presencia afgana ha tenido y sigue teniendo importantes consecuencias sociales y políticas en este país.

Además, desde Kabul los pashtunes hace mucho que han ido reclamando la unidad étnica de la frontera entre Afganistán y Pakistán mediante la fundación de un estado llamado “Pakhtunistán”, la tierra de los “pakhtunes”, nombre que reciben los pashtunes del norte. De hecho, cuando Pakistán, en 1947, recién inaugurada su independencia, solicitó la admisión en las Naciones Unidas, el único voto contrario fue el de Afganistán, molesto por el intento de secesión pashtuna.

Por otro lado, hay que contar, lógicamente, con la gran ganadora de la guerra, la Alianza del Norte, la única que mantiene el reconocimiento de la ONU. La Alianza es un conglomerado de grupos anti-talibanes, esencialmente tayikos y uzbekos. Antes recibía el respaldo de Irán Rusia y Tayikistán. En ella aparecen los siguientes elementos:

a) el pashtún Hamid Karzai, monárquico propuesto como primer ministro por la Alianza del Norte en las conversaciones de Bonn.

b) el tayiko General Mohammed Fahim Khan, ex jefe de la inteligencia de la AN con Massoud.

c) el uzbeko General Abdul Rashid Dostum, antiguo oponente de Massoud que se ha unido recientemente a la Alianza.

d) el hazzara Karim Khalili y Mohaqiq.

e) el tayiko Burhanuddin Rabbani, líder político y cabeza nominal de la AN, a la que representa en la ONU y al que reconocen 33 países.

f) Abdullah Abdullah, ministro de asuntos exteriores en funciones y portavoz de la AN. Médico y perfecto hablante de inglés.

g) Rawan Farhadi.

h) el uzbeko General Rashid Dostum, dirigente del Movimiento Nacional Islámico. Se piensa que recibe el apoyo secreto de Turquía en virtud de sus lazos étnicos con los turcos y los uzbekos.

i) el tayiko Ismail Khan, antiguo combatiente muhaidín contra el ejército soviético.

j) el hazzara Karim Khalili, líder del Partido de la Unidad, con apoyo iraní.

k) Abdul Rassoul Sayyaf, líder de la Unión Islámica para la Liberación de Afganistán.

A la Alianza le falta credibilidad. Además, tienen enfrente al grupo más numeroso de Afganistán, los pashtun, de los que se nutrían hasta ahora los talibanes, a pesar de que el ex-rey Zahir Shah también es pashtun y musulmán moderado.

Desde nuestra cómoda situación, nos resulta fácil especular acerca de las difíciles salidas para Afganistán. Las que tienen mayor probabilidad de materializarse aparecen en primer lugar en la siguiente lista de desiderata:

1) Elecciones libres tras la entrada de un gobierno provisional en el que entrarían personas con una formación cultural y política en la moderación, fueran pashtun, tayikos o hazzara. En el reciente acuerdo de Bonn, el plan elaborado por la ONU contempla la formación de un régimen  provisional que se hará cargo del país durante un semestre. A continuación, se convocará una Loya Jirga (Gran Asamblea) de emergencia, solicitada a finales de septiembre de 2001 por el propio ex-rey Zahir Shah, que representaría la voluntad del pueblo, iniciándose la transición con un Gobierno y un Parlamento que deberían conducir al país a la convocatoria de elecciones.

    La Alianza del Norte ha propuesto a Hamid Karzai, pashtún monárquico, como primer ministro. Junto a él aparecen otros tres nombres: el pashtún Samad Hamed, delegado del Grupo de Roma y residente en Alemania; el uzbeko Satar Sirat, de la delegación del ex rey Zahir Shah; y, por último, el nieto y portavoz del ex rey, Mostafa Zaher, hombre clave en el futuro de Afganistán. Tanto Rabani como el ex-rey Zahir Shah quedarían en la trastienda como iconos a observar de vez en cuando.

2) Dejen en paz a los afganos. Muchos afganos piden que en el futuro gobierno post-talibán no estén los actuales líderes políticos de los distintos grupos ni los denominados “señores de la guerra”, comandantes que ahora pelean en un bando y luego en el otro y cuyo único ámbito de actuación es el pillaje, la corrupción, la represión y las venganzas personales. En cambio, parece conveniente que se tenga en cuenta a los afganos que viven en el exilio y que han adquirido una cultura democrática sin perder sus raíces afganas.

3) El regreso del ex-rey Zahir Sha sería otra buena solución para acabar con la anarquía y encontrar la unidad interna, estableciendo un gobierno de coalición inter tribus, representadas con arreglo a porcentajes de población étnica e impidiendo la entrada de los grupos más radicales. Zahir Shah tiene un buen aliado en un líder espiritual pashtun, el moderado Sayed Ahamad Gailani, antiguo combatiente antisoviético y cabeza del Frente Islámico Nacional.

    No obstante, un régimen monárquico no convertiría automáticamente a Afganistán en una eutopía. Algunos ya han anunciado su oposición por la fuerza a cualquier tipo de gobierno comodín, sobre todo pro-occidental. Muchos alegan que Zahir Shah apenas ayudó al país durante los 40 años de su reinado, limitando las reformas a la capital, Kabul.

4) Instalación de la Alianza del Norte en el gobierno, que contaría con el apoyo de Rusia, India e Irán, y la fuerte oposición de Pakistán. En la Alianza hay viejos militantes comunistas, algunos camaleónicos y poco fiables como el general uzbeko Abdul Rashid Dostum, antiguo sindicalista y posteriormente hombre de negocios, al que se acusa de enriquecerse tras la creación, y luego bancarrota, de una compañía aérea.

    Ninguno de ellos supondría peligro alguno de regreso de un gobierno socialista, teniendo en cuenta la filiación religiosa de la mayoría de los miembros de la Alianza, es decir, musulmanes. Dostum cuenta, al menos por ahora, con el apoyo incondicional de Estados Unidos.

5) Como etapa final de los bombardeos, partición de Afganistán entre las vecinas repúblicas centroasiáticas y la consabida transferencia de la población a sus países más afines. Algunos afganos, teniendo en cuenta la elevada división étnica, agravada por la nefasta política de pashtunización, ven difícil la reconstrucción del país bajo la misma bandera, por lo que la solución sería trocearlo por fronteras étnicas.

    Esencialmente, habría que abrir tres secciones: a) los pastunes (8,000.000), aliados naturales de Pakistán y en el que quedarían englobados como súbditos; b) los tayikos (3,500.000), al lado de Tayikistán o de Irán, de donde proceden su idioma y su cultura, como los de los belochi (400.000); c) la población hazzara (1,400.000) de las comarcas centrales. Otros grupos, acaso enlazados con los países donde constituyen mayoría, quedarían constituídos por los uzbekos (1,400.000) respecto de Uzbekistán, firmes aliados de Turquía por razones étnicas y lingüísticas, al igual que los turkómanos (500.000), entroncados con Turkmenistán. El problema es la dispersión de unos y otros por todo Afganistán, lo que haría la partición técnicamente difícil, si no imposible.

6) Gobierno de intervención extranjero. Se propone que, al igual que el Japón y la Alemania de la postguerra fueron gobernadas y controladas por las potencias ganadoras, de las que también recibieron apoyo político, ideológico y económico,  igualmente Afganistán podría mantenerse en pie bajo el tutelaje de, esencialmente, Inglaterra, Estados Unidos y Rusia, con el consentimiento explícito de los países islámicos, especialmente sus vecinos Irán, Pakistán, Turmenistán, Uzbekistán y Tayikistán. Por otro lado, el país podría seguir bajo la supervisión de la ONU, tras proceder al desarme de toda la población. En el acuerdo de Bonn del pasado 3 de diciembre se habla de una fuerza multinacional de paz a petición de los afganos.

7) Afganistán bajo Pakistán. Dado el inmenso éxodo de refugiados hacia Pakistán, y la elevada presencia de pashtunes en este país, tal vez convendría que Pakistán se hiciese cargo de Afganistán durante un período de tiempo indefinido, o tal vez asimilarlo definitivamente. Al fin y al cabo, Pakistán representa el verdadero movimiento pan-islamista y ha sido crucial para la creación, con ayuda de la CIA, del “monstruo talibán”, como se vino a llamar en Estados Unidos.

En el acuerdo de Bonn, el jefe de la delegación de la Alianza del Norte y ministro de Interior, Yanus Qanuni, ha expresado su temor a que Islamabad vuelva a entrometerse en los asuntos internos afganos y permita incursiones guerrilleras en Afganistán desde su territorio.

8) Religión y política por separado. Cuando éstas no se mezclan en un país, éste progresa; cuando van juntas, el país hace marcha atrás o se queda estancado en medio de las rivalidades internas. Al mismo tiempo, convendría proceder a la des-arabización de Afganistán, cerrando o reduciendo el número de madrazas impuestas por los pashtunes.

9) Imposición de una dictadura militar sin una ideología concreta, con el consentimiento de las potencias occidentales hasta que se pusiera orden en el caos afgano.

10) Gobierno social-islámico a la cubana, con una dictadura socialista que ponga las cosas en su sitio. Desaparecida la Unión Soviética, nadie -ni rusos ni americanos- pondría grandes objeciones, al menos en la primera fase.

11) Gobierno teocrático basado, aunque resulte inimaginable, en los principios democráticos y que respete los derechos humanos sin distinción de género, idioma, grupo étnico, capa social y creencia religiosa. La Organización Afganistana para la Paz ha pedido que se deje de utilizar el Islam como arma.

12) Capturado Bin Laden, abandonar a los afganos a su suerte, dejarlos a merced de sí mismos en su particular guerra civil y esperar su degullición por los países vecinos, en concreto Pakistán, China, Tayikistán, Uzbekistán, Turkmenistán e Irán.

13) No hay solución para un país que se halla en la quiebra total en todos los órdenes, preso de la destrucción y la anarquía social. Afganistán necesitará décadas, tal vez siglos, para ponerse a la par con otras naciones.

 

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Revisado 13 abril 2010