Emilio García Gómez

 

El mal alsaciano

 

 

 

 

El Parlamento de Estrasburgo

 

La situación cultural e idiomática en Alsacia no siempre ha sido idílica, sino que lleva siglos arrastrando una incertidumbre hamletiana acerca de la verdadera identidad de su población, que ha padecido éxodos, deportaciones, persecuciones y escarmientos, como la represión de los Habsburgo en mayo de 1525 contra los campesinos en Ensisheim, conocida como “la carnicería de Alsacia”. Hablar en alemán le convierte a uno en sospechoso de germanofilia; expresarse habitualmente en francés, de francofilia (“Il est chic de parler français”, decía un eslogan tras la Segunda Guerra Mundial, como reacción a la opresión sufrida bajo el yugo nazi); y considerarse alsaciano y militante de su especial dialecto le vuelve susceptible de abrazar los decimonónicos postulados del nacionalismo secesionista. El resultado es un forzado triculturalismo y trilingüismo (o tridialectismo) franco-germano-alsaciano, así como una sutil dualidad (hoy tranquila, ayer agitada) católico-luterana con ocasionales coletazos anti religiosos y anti clericales.

Desde un ángulo etnicista, el pueblo alsaciano contiene elementos germánicos, galo-célticos y románicos, dependiendo de los rasgos físicos e idiomáticos de cada familia. Pero no hay que olvidar el hibridismo de la población desde la prehistoria, que algunos historiadores entroncan con los homínidos de hace 600.000 años. La cultura agrícola del hombre neolítico, procedente del mar Negro, precedió a las invasiones de los celtas. Estos últimos dejaron huellas inconfundibles en lugares como el impresionante risco fortificado de Sainte-Odile, rodeado por un muro casi natural de quince kilómetros, nido de manifestaciones religiosas paganas y luego cristianas, desde el que se controlan las extensas llanuras que bordean el Rin. O topónimos como Cambete (Kems), Argentorate (Estrasburgo), Ill, Donon, Brocomagus (Brumath), Vosgos, que da nombre a un departamento y a la cadena montañosa que la abraza por el oeste, y hasta la propia denominación de Alsacia, que, sin embargo, para algunos es de origen franco.

La palabra “alemán” (en francés “allemand”) es una derivación de “alemanni”, nombre que los romanos dieron a unas tribus germánicas del grupo suevo, posiblemente las más salvajes e incultas de la familia germánica, que en el siglo III d.C. arrasaron la zona y dos siglos más tarde se establecieron definitivamente en la región renana de la actual Alsacia. Todavía permanece su idioma, un dialecto de dispersión como los que se hablan, reformados a lo largo del tiempo, en Austria occidental, Liechtenstein y Suabia, territorio que hoy comprende parte de Alemania meridional (Baden-Württemberg y Bavaria), Suiza y Alsacia.

Alsacia, hermosa como una estampa romántica en su diversidad paisajística -como ejemplo, el barrio de “La petite France” y las fortificaciones medievales de Estrasburgo, o las balconadas floridas de Obernai, Barr, Colmar y Sélestat, Kaysersberg (“el monte del emperador”) y el pueblo de Neuf-Brisach, cercado por una muralla octogonal en forma de estrella, o los castillos y monasterios que dominan los altos- fue ocupada por Julio César y profundamente romanizada a partir de Druso, hijo de Augusto. Posteriormente, y sucesivamente, fue germanizada y francoizada, formando parte del Sacro Imperio Romano hasta el siglo XV. Las guerras religiosas que asolaron la región a finales del siglo XVI la echaron en brazos de la monarquía francesa, que la retuvo como provincia germano hablante hasta la caída de la Bastilla, y siguió siendo provincia republicana hasta su anexión por Alemania en 1871. En 1919 fue recuperada por Francia; en 1940 pasó nuevamente a manos alemanas y, finalmente, en 1945 retornó a Francia.

 

Arquitectura tradicional en Estrasburgo

 

 

Huellas de la presencia romana en Alsacia quedan en algunos topónimos como Saverne (Tres Tabernae), Augst (Augusta Rauracorum), Metz (la ciudad del pueblo Mediomátrico), y el antiguo campamento legionario de Argentorate, que ocupaba el actual barrio de la catedral de Estrasburgo, lugar de donde partía una estratégica calzada, construida por Vespasiano en el año 72, que conducía hasta el lago Constanza a través de la Selva Negra.

Las etapas más destacadas de la historia de Alsacia tras su invasión por las tribus germánicas fueron su absorción por el imperio carolingio, que inició su renacimiento y relativa eclesiastización; el Santo Imperio Romano Germánico, con el que conoció períodos de fervor humanista junto con grandes crisis políticas y epidemias, que, como ocurrió en el resto de la Europa medieval, se atribuyeron a los judíos; la integración política y administrativa bajo la monarquía francesa; la Revolución y el Imperio, con los que conoció de cerca la fuerza del centralismo republicano e imperial; la anexión de Alsacia-Lorena por Bismarck y su permanencia bajo el brazo prusiano; la reintegración del territorio en el estado francés tras la Primera Guerra Mundial; la reconquista alemana con los nazis, que representa un duro paso hacia la germanización y la nazificación del pueblo alsaciano, cuyos hijos se vieron obligados a militar en las filas del ejército alemán; y, finalmente, la evolución política de Alsacia a partir de 1945 hasta nuestros días.

Alsacia, debido a su condición fronteriza junto al Rin, siempre ha sido un lugar potencialmente peligroso para la estabilidad de sus gentes, si bien conoció la pax romana una buena parte del siglo III d.C. Su situación geoestratégica le ha permitido recoger y almacenar manifestaciones de distintas épocas y culturas. El soberbio castillo de Haut-Koenisbourg, restaurado a principios del siglo XX por el Kaiser Guillermo II, de la dinastía Hohenzollern, es el lugar más visitado de Francia después de la Torre Eiffel y el monte Saint-Michel. La transformación de Estrasburgo en una ciudad internacional y el imparable movimiento inmigratorio hacen aún más difícil concretar el verdadero perfil de los alsacianos: a caballo entre Francia y Alemania, franceses de adopción, en un estado proverbialmente centralista, y parcialmente germanizados, a un activista corso o bretón puede parecerle moderada su inquietud reivindicativa como pueblo diferencial, limitada a testimoniales actos folklóricos, preferencias arquitectónicas y celebraciones gastronómicas, entre las que caben destacar las fiestas de la vendimia de Colmar, Obernai,  Barr o Eguisheim, con sus ricos vino

 

Catedral de Estrasburgo

 

El impulso hacia una identidad alsaciana y la reivindicación autonomista llevadas a cabo a comienzos del siglo XX por algunos intelectuales y artistas del grupo de San Leonardo, entre los que destacan Charles Spindler, Anselme Laugel y Gustave Stoskopf, “el Molière alsaciano”; la proyección dialectal simbolizada por la poesía de los hermanos Mathis; la difusión de revistas autonomistas como Zukunft (El porvenir); el juicio en 1928 contra los autonomistas en la maravillosa ciudad de Colmar, que dio origen a un frente unido (“Volksfront”) que reagrupó a los separatistas católicas y comunistas; el resurgimiento de fuerzas de tendencia autonomista, federalista e independentista, como el Frente Nacional del Trabajo, de elevada carga antisemita y fascista; y, por su parte, la labor del museo alsaciano de Estrasburgo, fundado en 1900, todas estas iniciativas fueron acompañadas unos años después por la acción política, como la “Heitmatbund” (Liga de la Patria), de carácter autonomista en el marco de Francia y favorecedor de un bilingüismo franco-alemán.

El final de la Segunda Guerra Mundial generó un comprensible ajuste de cuentas con el pasado, iniciándose un proceso de asimilación lingüística y un destacable rechazo oficial y caída en desuso de la lengua alemana a favor del francés y la regresión del dialecto, cuya forma escrita va necesariamente ligada a la enseñanza del alemán,  aunque se intente resaltar con la publicación de glosarios y gramáticas básicas las diferencias del léxico, la fonología y la morfología entre el dialecto alsaciano y el alto alemán, o alemán culto y estándar. Pero a partir de 1968, hasta bien entrados los años 80, surge una nueva ola de escritores en vernáculo –Veckmann, Winte, Reff- e iniciativas institucionales para la reintroducción progresiva del alemán en las escuelas de primaria y secundaria. Con ello se pretendía dejar atrás una época en la que pocos eran los maestros que hablaban alemán, y muchos los niños que no entendían el francés.

 

Lápidas medievales en Estrasburgo

 

El voto extremista obtenido en las últimas elecciones regionales por el Frente Nacional de Le Pen, que viene recogiendo sistemáticamente el descontento del electorado rural protestante, acaso animado desde el otro lado del Rin, en tierras germanas, y de parte de la clase obrera, asustada por el fantasma del paro y la inmigración extranjera, no hace más que confirmar la creciente oposición al jacobinismo centralista y el europeísmo a favor de una corriente identitaria propia, exclusivamente alsaciana. Por más que Estrasburgo haya sido elegida sede del Consejo de Europa, del Parlamento Europeo, del Centro Europeo de la Juventud y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, cada vez hay mayor presencia de alemanes que eligen esta región renana como lugar de residencia y centro de inversiones.

El proyecto Alsacia 2005 va encaminado a potenciar las relaciones trans- fronterizas evitando los riesgos de dependencia respecto de París o de Berlín. Sin embargo, es improbable que el mal que ha aquejado secularmente a los alsacianos –la imposibilidad de nacer, crecer y acabar como nación o como estado- vaya a curarse con medidas que trascienden la capacidad de tomar decisiones de forma autónoma. Quienes tengan la oportunidad de visitar esta región volverán a su origen deseando que se mantenga muchos años como la habrán visto: bella, nítida, discreta, evocadora, acogedora.

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