ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Andorra

 

 

     “Una curiosidad política que hay que conservar”, dicen que dijo Napoleón en 1806 acerca de Andorra, recuperando -a petición de los propios andorranos- la soberanía que venía compartiendo con España desde la Edad Media y a la que habían renunciado los revolucionarios de la Bastilla. Este país tan minúsculo (464 Km2) situado en el corazón de los Pirineos nació poco después de que Inglaterra fuera conquistada por Guillermo, el rey normando. Su estructura feudal, basada en el derecho consuetudinario, se ha conservado durante siglos, librándose de las tensiones entre sus poderosos vecinos Francia y España. El arzobispado de Urgell, del que dependerían las seis parroquias de Andorra -Canillo, Encamp, Escaldes, Ordino, La Massana y Sant Juliá- fue creado en el siglo VI. El puente de Sant Antoni fue presunto testigo de la firma del fuero local por Carlomagno (742-814) y el conde de Urgell. Andorra fue posiblemente uno de los estados-escudo creados por el rey franco para proteger su imperio de los árabes. En el siglo X los visigodos cristianos encontraron la imagen de la virgen de Meritxell enterrada en la nieve, iniciándose un culto religioso que constituye un símbolo de la independencia del país. En 1278 el obispo de Urgell se convirtió en co-príncipe junto con el conde de Foix, cerrándose así un período de disputas sobre la posesión del territorio. Los diputados que acudían a la “casa de la val” -el parlamento- solían dejar sus mulas amarradas a la puerta y, si el cónclave -siempre secreto- se prolongaba, se quedaban a dormir allí mismo, preparándose las comidas en el segundo piso del vetusto edificio. Cada parroquia se veía representada por cuatro consejeros, uno de los cuales era portador de una llave del arcón del archivo. Para poder abrirlo, se necesitaban las seis llaves. En el mes de abril de 1933 el consejo de “notables” se vio obligado a abrir al público sus sesiones y conceder el voto a los mayores de 25 años. Los electores y los elegibles tenían que ser cabezas de familia y poseer casa y tierra. Nadie podía adquirir la nacionalidad andorrana que no tuviera ascendientes locales durante tres generaciones, a menos que se casara con una heredera. Los hijos nacidos fuera del matrimonio eran repudiados e internados en orfanatos de España o Francia.

     Sobrada de pastos, Andorra los alquiló a generaciones de ganaderos españoles y franceses desde San Juan (24 de junio) hasta San Miguel (29 de septiembre), fechas que señalaban la subida o el regreso a sus puntos de destino o de origen. En el siglo XVIII se introdujo el cultivo del tabaco, desafiando la irritada mirada de los gobiernos francés y español, que lo mantenían en régimen de monopolio. El fin de la Segunda Guerra Mundial señaló el comienzo de una época de prosperidad para los contrabandistas andorranos que aún no parece haber terminado.

     La lengua oficial de Andorra es el catalán, cuya integridad normativa se ha dejado en manos de las instituciones de Cataluña y a la que contribuye el peregrinaje de los hijos del país a las universidades catalanas. Las bibliotecas públicas están bien dotadas de volúmenes en y sobre la historia, la lengua, la literatura, la cultura y la ecología de los denominados “Països Catalans”. En Barcelona se publican revistas especializadas sobre las variantes subdialectales de Andorra. El 61% de la población, sobre un total de 69.150 personas (en julio 2003) habla esta lengua, aunque la mayoría son bilingües con el español y con el francés debido al continuo y agobiante, aunque deseado, aluvión de turistas de ambos lados de la frontera. Se hace notar cada vez más la presencia de trabajadores españoles, portugueses, libaneses e indios -la mayoría en el sector de servicios-, así como de jubilados ingleses y canadienses que compran propiedades por razones fiscales.  


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