Emilio García Gómez

 

Armenia y Turquía: sin tregua, sin paz

 

 

Mapa de la región (Fuente: http://www.expediamaps.com)

El 24 de abril de cada año, desde 1915, se juntan los armenios de todo el mundo para llorar el holocausto llevado a cabo por los turcos en plena I Guerra Mundial. La tradición genocida del imperio otomano se remonta, según las fuentes armenias, al siglo XI, cuando los turcos alcanzaron las tierras del Cáucaso en un movimiento de expansión que les convertiría en dueños de gran parte de Asia Central. Armenia perdió su independencia como nación en el siglo XIV y no la recuperó, excepto por un breve período de dos años (de 1918 a 1920), hasta seis siglos después, tras el derrumbe de la Unión Soviética en 1991.

No hay dos pueblos que deseen exterminarse mutuamente con tanto ardor como Armenia y Turquía. El escarmiento sufrido por los armenios ha servido además para que otras comunidades étnicas situadas bajo el feudo turco, por ejemplo, los kurdos, los lazes, los turco-armenios y los hemsinli (descendientes de armenios islamizados) sean extremadamente circunspectos en sus reivindicaciones ante el gobierno de Ankara. Entre ellos no hay olvido generacional, ni tregua para la guerra ni ocasión para la paz. Los odios se remontan a la época en que Armenia la Menor (o Pequeña Armenia) mantenía relaciones con los cruzados francos y con los mercaderes venecianos y genoveses. Lope de Vega glosó en un soneto las difíciles naturalezas de unos y otros como “el fuego turco y la crueldad armenia.”

En 1915, el gobierno otomano mandó deportar a un millón y medio de armenios de Anatolia, de los cuales morirían más de 600.000 en una marcha que ha pasado a los anales de la leyenda negra de Turquía. Los distintos gobiernos turcos jamás han reconocido que fuera su ejército el responsable de las atrocidades cometidas, e incluso siguen negando que existiera tal genocidio. Por el contrario, acusan a los armenios de hallarse detrás de injustificadas venganzas en forma de atentados terroristas contra las delegaciones y los intereses turcos en distintos países. La situación de los armenios residentes en Turquía plantea, sin embargo, numerosos interrogantes, al igual que ocurre con la de los kurdos, los griegos y los greco-chipriotas.

Rodeada por peligrosos vecinos (Georgia, Azerbaiyán, Turquía e Irán), Armenia es una pequeña nación de apenas 2,900.000 de habitantes en un territorio de 30.000 km2 (como Bélgica), puro vestigio de lo que realmente fue en el pasado, cuando abarcaba una extensa región que comprendía la región meridional del Cáucaso, desde el mar Negro hasta el Caspio y desde el Mediterráneo hasta el lago Urmia, en Irán. En nuestros días, el espacio que ocupan los armenios es simbólico en su patria madre, pero amplio en el mundo, teniendo en cuenta la diáspora de expatriados, deportados, refugiados y descendientes de emigrantes que sobreviven en Rusia, Estados Unidos, Francia, Georgia, Azerbaiyán, Irán, Nagorno-Karabaj, Sudamérica, Siria, Líbano, Irak, Turquía, Canadá, Grecia y otros países, incluyendo España. El número total de armenios dispersos por el planeta oscila entre seis y diez millones.

La comunidad armenia de Valencia se calcula en unas cien familias. La Iglesia Apostólica Armenia congregó el año pasado a más de mil personas en la iglesia de Santa Mónica para celebrar el noventa aniversario del genocidio de 1915. Entre los armenios o descendientes de armenios aclamados universalmente se hallan el tenista André Agassi, los cantantes Charles Aznavour y Sylvie Vartan, la actriz Cherylin Sarkissian (más conocida como Cher), la princesa Diana de Gales, el magnate y filántropo Calouste Gulbenkian, el ajedrecista Garry Kasparov, el automovilista Alain Prost, el futbolista Youri Djorkaeff y el novelista y dramaturgo William Saroyan.

Me gustaría ver”, escribió Sorayan en conmemoración de los episodios de 1915, “a cualquier potencia mundial acabar con esta raza, esta pequeña tribu de gente insignificante, cuyas batallas siempre se han combatido y perdido, cuyas estructuras se han colapsado, cuya literatura no se ha leído, ni se ha escuchado su música, ni atendidas sus plegarias. Adelante, destruid Armenia. A ver si podéis. Echadles al desierto sin pan ni agua. Quemad sus hogares e iglesias. A ver si entonces ya no sonríen, ni cantan ni rezan. Pues cuando dos de ellos se juntan en cualquier parte del mundo, allí se levanta una nueva Armenia.”

Los armenios son conocidos como los europeos de Asia por sus ancestrales vínculos con los macedonios de Alejandro el Magno y, por ende, con los griegos. Según el historiador decimonónico Cesare Cantú, de Armenia procedían los iberos que presumiblemente alcanzaron Italia dieciocho siglos antes de J. C. En el año 36 d.C. Marco Antonio realizó una expedición hasta Armenia al mando de un ejército de diez mil celtas e iberos. La antigua Iberia, así denominada por los griegos, era una región limítrofe con Armenia, hoy identificada como Georgia meridional.

Al acabar el Diluvio Universal, el Arca de Noé quedó varada supuestamente en el monte Ararat. Marco Polo se hizo eco de esta leyenda bíblica. Describió la región como una extensa provincia, rica en minerales y metales –hierro, cobre y plata- fundamentales para los griegos: “En la zona limítrofe a la Georgia”, escribió el gran viajero, “hay una fuente de la cual mana aceite en abundancia [posiblemente petróleo], de tal suerte que pueden cargarse cien naves a la vez, pero no es comestible, mas combustible y sirve para ungir los camellos contra la tiña y el forúnculo. Y los hombres vienen de muy lejos a recoger este aceite y en toda la comarca no se quema más que esta sustancia.De Armenia y el improbable destino del Arca de Noé se ocupó brevemente Juan Valera en sus Leyendas del Antiguo Oriente.

Con la llegada de San Gregorio el Iluminador en el año 301 de nuestra era, Armenia se convirtió en el primer país cristiano del planeta y así ha continuado hasta hoy, después de siglos de ocupación otomana, iniciada en el siglo XIV por Amorates y Bayaceto I. Se piensa que San Gregorio descendía de los partos, pueblo de origen indoeuropeo asentado en Irán que durante mucho tiempo mostró su hostilidad hacia los armenios. Gregorio entró en Armenia como misionero bendito y pacificador, pero también como exterminador de tradiciones politeístas, habituales en aquellas tierras, y demoledor de templos como el de Vahagn (dedicado a Hércules) y el de Astlik (consagrado en nombre de Venus).

Un grupo de refugiados armenios, huyendo del ejército seleúcida, pueblo túrquico originario del Aral y convertido al Islam que ocupó Armenia en el siglo XI, fundó en Cilicia (Anatolia, Turquía sudoriental) la Armenia Menor, que se convertiría en reino. Esta fue la Armenia adonde llegaron los catalanes y los aragoneses bajo el mando del siciliano Roger de Flor, en su afán de alcanzar los confines del antiguo imperio romano. Los mamelucos la asaltaron y se hicieron con ella en 1375.

Las montañas de Armenia aparecen citadas en la literatura caballeresca como regiones míticas y fabulosas. “Acaece” dice Cervantes en boca del Quijote, “estar uno peleando en las sierras de Armenia con algún endriago, o con algún fiero vestiglo, con otro caballero, donde lleva lo peor de la batalla y está ya a punto de muerte, y cuando no os me cato, asoma por acullá, encima de una nube, o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo, que poco antes se hallaba en Ingalaterra, que le favorece y libra de la muerte, y a la noche se halla en su posada, cenando muy a su sabor, y suele haber de la una a la otra parte dos o tres mil leguas.

Mesonero Romanos, en El antiguo Madrid¸ relata cómo Juan I concedió en 1387 el señorío de Madrid al rey de Armenia, León V. Montaigne, en su descripción del viaje de Alejandro el Magno en su retirada de Babilonia, narró cómo los griegos fueron sorprendidos por una horrible tempestad de nieve: “La mayor parte de los animales que llevaban sucumbieron, y también muchos hombres; a otros cegó el granizo y el resplandor de la nieve; otros se quedaron cojos y muchos transidos, rígidos o inmóviles, conservando entera la lucidez de sus facultades. Alejandro vio una nación en que se enterraban los árboles frutales durante el invierno para resguardarlos de las heladas.

El profesor Abdeljelil Temimi, en sus estudios de historia morisca, cita la acogida en Armenia y otras regiones de Anatolia, por mandato expreso del emperador otomano, de grupos de moriscos expulsados de España a principios del siglo XVII. Para el lector apasionado, recomendamos la lectura de la fabulosa “Historia de Armenia”, del cronista Moisés de Khorene, (siglo V), conocido como “el padre de la literatura armenia.” Aunque es un libro poco fiable por sus anacronismos, sirve como ilustración de las prácticas religiosas en la Armenia pre-cristiana.

El siglo XX ha sido denominado “el siglo de los desarraigados”, lleno de episodios especialmente crueles antes y después del desmantelamiento de la URSS, que dejó en mangas de camisa en su propia tierra, a merced de la contaminación industrial y expuestas a la emigración, a numerosas comunidades armenias, georgianas y azeríes.

Se acepta como verosímil el origen del idioma armenio en el seno de la familia indoeuropea. Su alfabeto, de 38 letras –7 vocales y 31 consonantes- es un espécimen único, exclusivo de esa lengua. Se trata de un híbrido del antiguo pahlavi persa y el griego, ideado a principios del siglo V por el monje Mesrop Mashtots con la ayuda del jefe de la iglesia apostólica armenia, Isaac el Grande y el griego Rufanos. José María Bláquez, en su tratado sobre la Academia de Atenas, cree posible que en la capital griega se enseñara la lengua armenia a mediados del siglo IV. Hoy existen dos dialectos literarios, el armenio oriental, adoptado como oficial, y el occidental, muy extendido por Turquía, Europa y las Américas.

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*Este artículo ha sido publicado anteriormente en el suplemento dominical del diario Levante-EMV (Valencia) el 23 de abril de 2006.

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