Emilio García Gómez
En defensa de la lengua asturiana
En un mapa de las diversas variantes del continuo dialectal asturiano-leonés (preferimos llamarlo así, en lugar de lengua o variedad dialectal) se observa su actual dispersión por la mayoría del territorio de Asturias, gran parte de León, la franja occidental de Zamora y Extremadura y el borde oriental de Portugal. El asturiano, bable o llengua asturiana lleva múltiples adherencias dialectales o subdialectales, sean o no cultas, y se halla claramente emparentado con el leonés, asturleonés, extremeño, mirandés, fala de xálima y, en sus variedades locales –mal llamadas vulgares- patsuezu, cabreirés, cazurru, texileiru, babianu, tsacianegu, furniellu, ancarés, valdeonés o amestau, siendo este último una expresión en lenguaje amestizado a caballo entre el asturiano, el leonés y su apelación oficial o a la zona donde se manifiesta principalmente. Para algunos nacionalistas asturianos, el leonés es simplemente una extensión del asturiano, como ocurriría con el binomio catalán-valenciano.
La irrupción en la Edad Media del poderoso reino de Castilla cambió la situación de los dialectos regionales, que hasta entonces permitían una fácil comunicación entre los habitantes de la Península. El asturiano y el leonés fueron el resultado de ampliaciones territoriales y procesos de repoblación y colonización con emigrantes de diverso linaje –mozárabes, gallegos, castellanos-, llevados a cabo por las distintas estirpes coronadas a base de asestar golpes militares y crear artificios políticos y eclesiásticos. Normalmente se imponía el habla de la población ocupante de las tierras, como ocurrió, por ejemplo, en Valencia al caer bajo hegemonía catalana.
La toma de conciencia en las distintas regiones peninsulares ha supuesto una revitalización cultural y lingüística que, en casos como la Comunidad Valenciana, Galicia, Cataluña y el País Vasco, se ha producido con cierta celeridad. En otros lugares se va, como en Aragón y Asturias, a trancas y barrancas. No hay más que ver los hórreos y las chozas de la comarca leonesa de Tsaciana o Laciana para comprobar, por analogía, que la restauración de su habla es tan difícil como combinar las variantes asturleonesas en una koiné al estilo del batúa vasco. Puesto que la unificación es irrealizable, se impone la escisión. Por eso hay que referirse al asturiano de forma independiente del leonés. Bastante hay con mantener en la misma vasija las tres principales variantes asturianas: el bable oriental, el central y el occidental.
Al menos eso se intenta, como se desprende de las intervenciones públicas de los aguerridos nacionalistas asturianos y leoneses y de los académicos, que son los que más recursos manejan. En una reciente entrevista realizada para La Nueva España de Oviedo (15 de noviembre de 2009), el catedrático de Lengua Española Xosé Lluis García Arias manifestó su pesimismo ante el futuro del asturiano. “Si se sigue así, el bable puede acabar siendo una lengua sólo de estudio.” Para García Arias, el tratamiento legal sobre el uso oficial de la lengua en la Universidad de Oviedo es anecdótico. Una sociedad castrada y tribal como la asturiana, afirma ásperamente García Arias, no permite avanzar en la protección y exaltación de la lengua propia. Ni siquiera el apoyo institucional despierta el entusiasmo de este profesor, puesto que, según él, las subvenciones a la lengua generan clientelismo, a menos que la responsabilidad de la promoción lingüística se haga a través de comisiones democráticas y expertos independientes. García Arias renunció a la presidencia de la Academia de la Llingua Asturiana por creer haber cumplido sus objetivos -la toma de posiciones respecto a la lengua vernácula-, aunque su dimisión pareció más bien una muestra de su desacuerdo con la política lingüística del gobierno de Asturias.
Entre los creadores de opinión que menos han ayudado a incrementar el peso del idioma se halla el asturiano de adopción, Gustavo Bueno. Sus tajantes afirmaciones, hace ya algún tiempo, de que el bable no existe, puesto que sus hablantes no llegan a 500, y que se trata de un constructo ideológico, contrastan con las estimaciones de la izquierda nacionalista y bablista, que los cuenta por miles y se hace notar con su activa presencia. En 1993 logró boicotear una conferencia del escritor Francisco Ayala en la universidad de Oviedo al grito de “¡Fascistas fuera de Asturias!” Ayala comparó a aquellos militantes con los milicianos que batían Bosnia con sus violaciones y atrocidades.
La política y los políticos siempre aparecen como motores de la lengua, portavoces de la cultura, herramientas de transmisión del conocimiento oficial. Quien paga y aprieta impone sus condiciones: elegir a sus propios representantes, como se hizo en la Acadèmia Valenciana de la Llengua, o actuando como brazo del gobierno, como se dice que actúa el Institut d’Estudis Catalans al exigir a la Generalitat que repruebe y castigue con multas el uso público del castellano.
Así no ha de avanzar el asturiano. Tiene que encontrar una vía que sortee las dificultades de su promoción por imposición, como ha sido la costumbre a lo largo de la historia. La lengua no se prestigia per se, sino por la calidad y la cantidad de sus practicantes. Nada más que hablando y escribiendo.
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