ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Bélgica

 

     La historia, la situación geográfica, la industria, la confluencia étnica y la variedad lingüística han hecho de Bélgica la arteria coronaria de Europa occidental. No sólo es el centro del poder político, sino que también recibe la atención de las grandes empresas de negocios, configurándose como un emporio 168 años después de su independencia de Holanda. “Olvídate del pasado y trabaja para el mañana” parece ser el lema más aceptado por los belgas.

     Dominando las llanuras de los Países Bajos, Bruselas fue erigida, como Roma, sobre siete colinas y, en una dudosa coincidencia, fundada por siete familias, dando acceso a su interior a través de siete puertas. En las cámaras interiores de una de ellas, la puerta de Hal, languidecieron los prisioneros del Duque de Alba durante el llamado “Reinado del Terror” (s. XVI). La Grand Place de Bruselas era el lugar de ejecución de los reos, como les ocurrió a los condes de Egmont y Horn, hoy héroes nacionales. Se cuenta que Carlos V, complacido por la recepción que le habían hecho en una de sus visitas a Brujas, ofreció a sus habitantes concederles el deseo que quisieran manifestar. Puesto que en la ciudad no había manicomio, pidieron que construyera uno. Carlos V mandó levantar una muralla alrededor de la ciudad y pronunció estas palabras: “Ahí tenéis el manicomio, pues estáis todos locos.” Desde entonces reciben el mote de Brugsche Zotten -locos de Brujas-. En Gante también se atribuye al emperador una pésima anécdota. Subidos a la torre de la gran campana, el Duque de Alba le sugirió al emperador que quemase la ciudad. Carlos le respondió: “En vuestra opinión, ¿cuantas pieles se necesitarían para hacer un Gante (guante) de este tamaño?” Otras épocas han soportado igualmente el peso de la barbarie. En 1466, el duque de Borgoña, conocido por el sorprendente nombre de Felipe el Bueno, mandó atar a 800 ciudadanos de Dinant de dos en dos y arrojarlos al río Meuse, en castigo por su ayuda a Luis XI de Francia. Otras 700 personas murieron en un bombardeo sobre la misma ciudad durante la Primera Guerra Mundial. Por contra, en la Edad Media, Godofredo de Bouillon, en un impulso de noble generosidad, vendió su castillo para sufragar su participación en la primera cruzada sobre Jerusalén.

     Los vecinos de la capital solían recibir el apodo de kieken fretters -comedores de pollo-, por su afición a ellos. En el siglo pasado, el escritor y viajero inglés Thackeray describió el menú que le brindaron: “Sopa de guisantes, salmón hervido, raya, pastelitos, melón, estofado de carpa con setas y cebollas, pavo asado, coliflor con mantequilla, filetes de venado piqués, estofado de oreja de ternero, rostido de ternera, rostido de cordero, arroz con leche, queso de Gruyère y veinticuatro clases de pasteles.... Quitando los platos 5, 13 y 14, los demás me los comí todos.” En Bélgica, como en Holanda, se custodia como el oro la tradición de los carillones, la artesanía de harpas y órganos y, sobre todo, la fabricación de tapices, aprendida en los telares sarracenos medievales. Antes de la Primera Guerra Mundial había en Bélgica más de 60.000 mujeres bolilleras; la fabricación de encaje con métodos industriales ha dejado esta artesanía en el rincón de los recuerdos, aunque todavía se encuentran encajes hechos a mano en los escaparates de las tiendas. En Dinant nació Adolphe Sax (1814), inventor del saxofón. Memling, Rubens, Bruegel el Viejo, Van Dyck y Jordaens se cuentan entre los representantes más universales del arte belga.

     Las aguas de Spa fueron bien aprovechadas por los romanos, así como por la burguesía europea del siglo XVIII; a partir de entonces la palabra spa quedó incorporada a diversos idiomas. La región de las Ardenas se extiende más allá de las fronteras con Luxemburgo, Francia y Alemania. En sus bosques nació la milagrosa leyenda de San Huberto, que supuestamente vio saltar a un ciervo con una cruz encendida entre sus cuernos.

     Bélgica posee una doble personalidad: la protestante, con su lengua flamenca o neerlandés, y la católica o valona, que habla el francés, cada cual con sus variantes dialectales. La creación interesada de un estado en 1830, sobre todo por parte de Inglaterra, ha servido para que convivan de mala gana dos comunidades que ni siquiera comparten la misma lengua. Durante tres décadas el francés fue la única lengua oficial, lo que mantuvo encendidas las brasas del nacionalismo flamenco. Hasta fechas relativamente recientes los oficiales del ejército eran franco-hablantes, ya que, desde el siglo XIV, el francés ha sido la lengua de la corte, adoptada por los duques de Borgoña, los españoles, los Austria y el mismo Napoleón; ello explica su posición dominante frente al flamenco. Hoy existe un pacto de autonomía que convierte la zona flamenca en entidad política con lengua propia, al igual que Valonia, mientras que Bruselas es un centro de obligado dualismo, además de cultivar un dialecto híbrido de ambos idiomas. Oficialmente todos los letreros deben estar expuestos en francés y en flamenco: “Défense de fumer - Niet rooken”.

     De sus 10 millones de habitantes, cinco y medio hablan neerlandés, la mayoría residentes en Flandes oriental y occidental, Amberes, Limberg, Brabante oriental y las tierras bajas del norte. Esta lengua es prácticamente la misma que la variante hablada en Holanda, que se toma como modelo normativo. El francés es la lengua de 4 millones de personas que habitan Valonia, las provincias de Hainaut, Namur, Lieja, Luxemburgo y parte de Brabante. El alemán estándar también lo habla un 1.5% de la población (150.000 personas) en los cantones orientales, provincia de Lieja y en torno a Eupen. Los sordos flamencos se entienden, sin embargo, con un lenguaje de signos más próximo al de Valonia que al de Holanda. Los padres de sordomudos también reciben formación en este lenguaje. Finalmente, se expresan en luxemburgués, lengua de la familia germánica, unas 15.000 personas residentes en Arlon, provincia de Luxemburgo.

     Los 669.837 emigrantes de distintas etnias -aunque muchos han nacido en Bélgica o se han naturalizado- son altamente resistentes a la asimilación, por lo que suelen transmitir su lengua natural a sus hijos. Hay 3.000 albaneses, 105.000 marroquíes, 10.800 argelinos, 2.537 argelinos hablantes de kábila, 8.900 tunecinos, 14.000 chinos, 280.000 italianos, 22.000 kurdos, 80.000 portugueses, 63.600 turcos y 10.000 zaireños.

     Sólo los nacionalistas valones o flamencos más radicales ven en la diversidad una amenaza para la estabilidad del país, cuando el papel nuclear de Bruselas en la Unión Europea garantiza una larga era de progreso y tolerancia.  


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