ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Bulgaria

 

     Los búlgaros proceden de un pueblo del mismo nombre emparentado con los finlandeses y procedente de Europa nororiental que se estableció al sur del Danubio, mezclándose en el s. III d.C. con los eslavos recién llegados. De la lengua original no queda nada, siendo la actual una variante de la familia eslava, como el macedónico, el ruso o el serbo-croata. Los apellidos suelen portar un sufijo para señalar el tronco familiar. De esta manera, Petroff significa “hijo de Peter”; Angelova, “hija de Angela”. Los rasgos étnicos de la población son claramente eslavos, aunque se nota el implante tártaro en la configuración facial, con ojos ligeramente oblicuos, pómulos alzados y cabello oscuro.

     En el s. XVIII Bulgaria atravesó un proceso de helenización que convirtió el griego en el idioma prestigioso de las clases dominantes y cuyo alfabeto también se utilizó para representar la lengua búlgara, al mismo tiempo que la población rural adoptaba una actitud pasiva ante el inminente peligro de asimilación cultural. Todo aquello culminó en 1825 con el incendio de la biblioteca de los patriarcas de Tirnovo por encargo del metropolitano griego Hilarión.

     La exarquía ortodoxa búlgara debe su nacimiento a un monje del Monte Athos llamado Paisij, autor de una influyente Istoria Slaveno-Bolgarski (Historia del pueblo búlgaro, 1762) que describía la vida de los zares y de los santos búlgaros y que dio la señal para la posterior separación de la iglesia búlgara de la griega, de la que dependía, y el inicio de un período de normativización de la lengua y la creación de la primera escuela nacional en Gabrovo en 1835. Fue decisiva la actividad del monasterio de Rilo, que había conservado el ritual búlgaro en lengua vernácula. La jerarquía griega hizo lo imposible por evitar el cisma acusando a sus promotores de filetismo, es decir, de haber contaminado la institución con elementos étnicos y nacionalistas y alimentar la autocefalia. El sultán de Turquía observó con curiosidad las disputas eclesiásticas en el interior de sus territorios ocupados y terminó por crear en 1870 un exarcado búlgaro con sede en Constantinopla, en clara competencia con la sede de Atenas. Ésta terminó haciendo lo que hacen los déspotas cuando se cuestiona su poder: irradiar a los disidentes, excomulgar a los cismáticos -vana estrategia cuando se trata de comunidades enteras y, desde luego, de los seguidores de una organización religiosa que no sólo buscaba su identidad sino que también preparaba el camino hacia la independencia nacional-.

     Por otro lado, en 1876 se inició, con ayuda de Rusia, un movimiento de emancipación contra el yugo otomano que terminó en una carnicería -conocida por matanzas búlgaras- a cargo de circasianos y bashi-buzuks con miles de asesinatos. El tratado de Berlín (1878) supuso para el país la creación de un principado semi-autónomo cuyo regente fue Alejandro Battenberg (1879). La antigua Macedonia quedó dividida en dos; la mitad norte retuvo el nombre de Bulgaria; la parte sur, la Rumelia oriental, siguió bajo el control de Estambul como provincia autónoma con gobernador cristiano, hasta su recuperación por Bulgaria en 1885; la fracción restante de Macedonia y Adrianópolis (antigua Tracia) siguió bajo el mando turco. El sucesor de Alejandro, el príncipe Fernando, permitió que Sofía se convirtiera en un foco de intrigas bajo la mirada atenta del zar de Rusia. En 1908 Bulgaria fue reconocida como estado soberano en medio de las amenazas del ejército turco anunciando su llegada a la plana de Sofía para convertirla en un erial. Este episodio quedó enmarcado en el definitivo desmoronamiento del Imperio Turco: Grecia se separó en 1832; Bosnia y Herzegovina se alzaron en armas contra Estambul en 1875, siendo anexionadas por Austria-Hungría tres años después; Rumania saltó en 1881, tras la unificación de Moldavia, Wallachia y Dobruja; Serbia en 1882 y Creta en 1897. La caída de tan formidable imperio, a pesar de su secular duración, era previsible: un estado guiado ciegamente por los dictados del fundamentalismo religioso e incapaz de avanzar al mismo ritmo que los pueblos sometidos, unos funcionarios cebados en su propia estulticia al sentir su casta y su autoridad por encima de los ciudadanos y castigando severamente cualquier intento de búsqueda de la luz y el progreso, un régimen que discrimina y oprime a la mitad de la población, compuesta de mujeres, utilizando argumentos presuntamente revelados por los dioses, y un ejército represivo modelado con sangre jenízara y circasiana más tarde o más temprano acaban arrastrándose penosamente hasta el rincón de sus orígenes.

     Como ocurre con los demás países salidos de la horma comunista, Bulgaria está atravesando una crisis de adaptación a la economía liberal, con violentas crisis bancarias y privatizaciones de las empresas estatales más productivas.

     Bulgaria (Narodna Republika Bulgaria) hace frontera con Grecia, Macedonia, Rumania, Serbia y Turquía. Su posición a orillas del Mar Negro resulta estratégica para el paso de Europa al interior del continente asiático por los estrechos de Turquía. Macedonia y Bulgaria mantienen un ridículo pleito, al negarse Bulgaria a reconocer la lengua nacional de Macedonia, el macedónico, como lengua independiente del búlgaro, y muy especialmente la de los escasos residentes macedonios en Bulgaria.

     La población de Bulgaria ascendía en julio de 1998 a 8,240.426 personas; cinco años después, se calcula en 7,537,929, con una pérdida de 700.000. Por etnias, el 83,3% son búlgaros, el 8,5% turcos, 2,6% gitanos, 2,5 macedonios, 0,3% armenios y 0,3% rusos. Hay también 18.000 rusos, 11.000 griegos, 9.000 checos y otros tantos serbocroatas. El 85% han sido cristianizados por la iglesia búlgara; el resto son musulmanes (13%), judíos (0,8%), católicos (0,5%), armenio-gregorianos y protestantes.

     Aparte del búlgaro, que es la lengua nacional, se hablan otras 10 lenguas con arreglo a su señal étnica. El albanés gheg, variante similar al albano-kosovar, apenas tiene 1.000 hablantes en Bulgaria. Del turco -variante tártara crimeana- aún quedan 6.000 hablantes de la etnia y unos 12.000 del gagauz, de la misma familia altaico-túrquica que el anterior. El gagauz se representa con el alfabeto cirílico, como el ruso. El osmanlí turco tiene en Bulgaria una importante población de 840.000 hablantes en la región de Kurdzhali y en el sur-sureste bordeando el Danubio. Poco a poco, debido a la emigración de turcos, el búlgaro va ocupando el terreno de las diversas variantes túrquicas que se hablan en el país. El rumano, o macedo-rumano, también aparece en el inventario de las lenguas étnicas de Bulgaria. Hay dos lenguas gitanas: a) el romaní balcánico, con 187.900 hablantes, tiene una gran variedad de dialectos: el arlija (100.000 hablantes), el dzambazi (20.000), el hojalatero (10.000), el griego, el búlgaro oriental, el paspatiano y el herrero; y b) los hablantes de romaní valaco apenas llegan a 500. Hay también dos lenguajes para sordos: el ruso -emparentado con el francés y el austriaco-, y el búlgaro, que tiene rango oficial y se emplea en los medios audiovisuales. Finalmente cabe mencionar una lengua, ya desaparecida, que subsistió en Crimea hasta el siglo XVIII: el gótico, también conocido por los nombres de ostrogodo y visigótico.

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Fuentes: Bourchier, James (1912), “The rise of Bulgaria”. En Villari, Luigi (ed.), The Balcan Question. London: J. Murray; CIA, Guide to Country Profiles, The World Factbook (1998, 2003); Barbara B. Grimes (ed.) (1996), Ethnologue; Pears, Edwin (1912), “Grass never grows where the Turkish hoof has trod”. En Villari, Luigi (ed.), The Balcan Question. London: J. Murray.  


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