Emilio García Gómez

 

Cambio lingüístico:

materia viva y materia muerta

 

 

Cuando se habla de una lengua, valgan las redundancias, hay que hablar de los hablantes; todos los procesos que la afectan vienen determinados por el uso que cada hablante o grupo de hablantes hacen de ella. Los dialectos rurales muestran un menor índice de alterabilidad que los urbanos; en el primer caso, el relativo aislamiento y el conservadurismo actúan de endurecedores que impiden su desintegración; los segundos, en función de un comportamiento oportunista y de la exposición a la competencia, son más propensos al cambio vertiginoso, pero conviene aclarar que en las lenguas hay transiciones graduales, no mutaciones abruptas. En antropología se emplea la expresión "gradualismo filético" para referirse a ese tipo de alteración, frente al denominado "equilibrio discontinuo" de la teoría evolutiva, que concede a las especies períodos de estabilidad duradera y momentos de cambios repentinos, posiblemente relacionados con determinados genes. En la lengua inglesa ocurrió un fenómeno conocido como "gran cambio vocálico" que llega a confundir a los no especialistas, ya que son muchos los que creen que fue súbito, cuando en realidad duró dos o tres siglos.

Las palabras están dispuestas en estratos y algunas son prontamente cubiertas -sustituídas- por otras, viéndose condenadas a la petrificación. Los sociolingüistas saben muy bien cómo se construyen los dialectos en las grandes ciudades en función del barrio y las costumbres de los vecinos. Ciertas unidades léxicas de los ocupantes tradicionales de los núcleos urbanos pueden quedar enterradas en sedimentos más activos que les impiden aflorar y, por consiguiente, pasan al mundo fósil. Cualquiera que haya visitado hace 30 años las zonas de mayor concentración humana de Nueva York y vuelva a hacerlo hoy se verá incapaz de reconocer una respetable cantidad de agregados nuevos -neologismos, préstamos, calcos-, y comprobará que otras voces han caído en desuso, a pesar de que los sistemas lingüísticos nunca como ahora han estado tan controlados y dirigidos desde las instituciones y los medios de comunicación. El carácter inestable de los dialectos de California -por ejemplo, el que emplean las chicas del valle, los surfistas o la comunidad gay de San Francisco- no deja ningún resquicio para la duda: el lenguaje va parejo con el movimiento de la civilización y viene enmarcado por el recinto disponible.

Los cambios ambientales, sean o no fortuitos, tienen, pues, un efecto significativo sobre la lengua. Aunque las previsiones acerca del contacto del inglés con las lenguas locales -incluso entre las más poderosas como el francés o el español- son bastante poco halagüeñas para éstas, nadie es capaz de presagiar hacia dónde se va a inclinar la sociedad, ni tampoco de confeccionar un relato sobre el clima lingüístico del futuro o la presencia de nuevos vocablos o ritmos de expresión, puesto que aún están por nacer, dependientes que son de la tecnología, la ciencia y las modas consumistas. Nadie, empero, se puede quejar de la intromisión del inglés en su particular territorio lingüístico; la variante americana está anegada de expresiones castellanas, francesas, alemanas y aborígenes, sin que en ese país se lleven las manos a la cabeza.

La supervivencia de las lenguas, sin embargo, está subordinada en gran parte a la capacidad de sus hablantes para establecer vínculos entre sí y con los hablantes de otras lenguas, obteniendo de ellas nutrientes que contribuyen a revitalizar las suyas, como se deduce de la entretenida, pero sesuda, Historia de la lengua española de Rafael Lapesa, o de las colosales y excitantes colecciones de toponimia e historia del español y el catalán de J. Coromines. No se puede entender que las lenguas de cultura permanezcan imperturbables a lo largo de los siglos; según sea el punto de vista, todas se amplían o se depauperan en el intercambio de compuestos, que raramente es equilibrado. Hay quien piensa -por ejemplo, los académicos de la vieja escuela- que la lengua es una pradera sin accidentes geográficos y que debe estar vallada para impedir la entrada de elementos extraños. Los mismos suelen acusar a los menos preparados culturalmente de adolecer de una sequía expresiva, cuando, bien mirado, son unos contribuyentes más en el amplio espectro comunicativo.

Muchos escritores, cuando suena su reloj biológico, declaran haber alcanzado esa meseta en la que ya no se tiene nada que decir. Su obra permanece desde entonces como un cuadro en un museo, expuesta a la contemplación de las sucesivas generaciones, que ven en ella un modelo excelente, pero extinguido. Shakespeare o Cervantes, si el Ser Supremo les permitiera resucitar ahora, se llevarían un chasco, esperando contemplar una caterva  de imitadores y encontrarse con que la lengua escrita -no tanto la hablada-, los gustos literarios y los estilos sociales han cambiado notablemente. Las muwassahas de Ben Mocádem de Cabra, el Cancionero de Ben Guzmán o la Crónica de Jaime I son ya materia reservada para paleolingüistas, acostumbrados a captar instantáneas del pasado mirando a través de un ventanuco. Todo ello constituye un legado útil para nuestra identidad y para la cimentación de nuestra actual lengua, y también una prueba de que los descendientes jamás son idénticos a sus padres, aunque algunos son incapaces de reconocer los cordones que les unen.

 

__________________

© 2005 http://www.etnografo.com