Emilio García Gómez

 

Las Cataluñas

 

 

Claustro de la Catedral de Girona

 

Atravesando Cataluña por Montserrat, Tárrega y Agramunt, Montfalcó Murallat y Vallfogona, Cardona y Solsona, cruzando por Manresa y Vic antes de entrar en Girona, siguiendo el itinerario por Cadaqués y Port Lligat, por Ampurias, Barcelona y Tarragona, a uno no le cabe duda de que no hay una, sino muchas Cataluñas que sobreviven a la historia de la climatología y los acontecimientos sociales.

 

El caserío medieval de Monttfalcó Murallat

 

Los países no son sólo los paisajes y los paisanajes, como decía Unamuno, sino también el producto de nuestra personal visión e interpretación, y muy especialmente de las maquinaciones, especulaciones y profecías de los líderes políticos que se ganan el sueldo y alcanzan la fama a base de alborotar y encandilar al pueblo que dicen representar. La Cataluña que vemos no es una nación de maulets, que vigilan amenazantes desde los balcones de sus sedes, como la de Girona, la ortodoxia de las metas a alcanzar, sino múltiples naciones de pueblos, gentes y sombras por las que ha pasado el vendaval de la historia, arrasando y descolocando lo que tanto tiempo y tanto esfuerzo lleva organizar.

 

Pancarta de maulets y otros grupos independentistas de Girona

 

Cataluña contiene ciudades exquisitamente restauradas como Solsona, y recintos urbanos cochambrosos como Cardona, cuyo imponente castillo, erguido en lo alto como un caballero medieval, no basta para limpiar, aun rascando con estropajo, la imagen de una Cataluña profunda, arcaica, rústica y cochambrosa. Cardona es un pueblo en ruinas, amenazado por el abandono y el derrumbe. Los aborígenes se van a trabajar a Solsona, Manresa o Barcelona, donde están las fábricas, los pisos nuevos, los chalés de vacaciones, los comercios y los dineros. En Cardona sólo queda en pie el parador de turismo, con sus centenarias piedras, su refectorio gótico, su habitación con fantasma incluido.

 

Cardona, vista desde su castillo

 

Por sus desiertas calles se oye al pueblo expresarse en un catalán interior, de suma oscuridad, como suele denominarse al dialecto ininteligible para el oído forastero. Pero también suena el lituano y el ruso y el boliviano, sin olvidar el inglés, el italiano y el francés de los emigrantes de primera y segunda generación y, desde luego, de los turistas. Y, sobre todo, el manchego, el andaluz, el extremeño y el castellano, la secular lengua franca, ya no lengua imperialista, de las Españas y las Américas.

La industrialización de Cataluña, como ocurrió en Vascongadas, ha sometido al país a una irremediable transformación e hibridación. Y menos mal. Porque si, sentados en una piedra del sendero que asciende a Montfalcó Murallat, imaginamos por un momento cómo sería hoy un territorio de francos y visigodos –esos rostros sonrosados, esos ojos azules y cabello rubio pintados en los iconos románicos y góticos o moviéndose por las calles de la Cataluña continental-, permaneciendo fósil a través de las generaciones, caminando a caballo los nobles y a pie los plebeyos, expresándose en un romance gótico, esa Cataluña anclada en los derechos de caza y de pernada, blandiendo espadas, lanzas e instrumentos de labranza no tendría nada que ver con la Cataluña del siglo XXI, amestizada y capitalista hasta el tuétano.

 

Imagen medieval. Museo diocesano de Solsona

 

En Cataluña hay muchas naciones, muchas banderas, muchas lenguas y muchas melodías. La Cataluña oficial es ¡quién se atrevería a dudarlo! un árbol frondoso cuyas ramas y hojas chupan armoniosamente la misma savia. Pero la historia real muestra una tierra de sedimentación, un paisaje tropical, sahariano, alpino y estepario al mismo tiempo. Cataluña y los catalanes no son un país y una estirpe de atlantes, sino una Acadia y unos acadianos devenidos en cajuns, como los antiguos franco-canadienses trasladados a Louisiana para acabar en una reserva de criollos decadentes.

Es decir, Cataluña no es nada especial, y nada diferente al resto de España, exceptuando la increíble red de carreteras que ha ganado a base de rascar los fondos que proporcionalmente correspondían a otras regiones políticamente menos influyentes ante el gobierno español presidido por Rodríguez Zapatero.

 

Monumento a Colón, junto al puerto de Barcelona

 

Cuando se cruza el umbral de la casa de Salvador Dalí en Port Lligat y se pierde uno en su laberinto de patios, escaleras y salas, el caótico legado del artista catalán abate cualquier argumento acerca de la pureza de la catalanidad y la especificidad de lo catalán, dejando de lado la sardana y la barretina –esa danza y ese gorro frigio importados de Oriente-. Aquello es el epítome de la esencia humana, compleja y revuelta, no articulada ni encorsetada por unos principios inamovibles e incuestionables.

 

Decoración en el jardín de la casa de Salvador Dalí en Port Lligat

 

Cataluña no es un paisaje bucólico y un paisanaje seráfico, sino un territorio abrumado por episodios bélicos interétnicos e intraétnicos, batallas por la hegemonía de cada señor feudal en tierras apenas unidas por una misma geografía dialectal y religiosa. “Los judíos no llegaron a Cataluña”, se puede leer en el Museo de Historia de los judíos de Girona, “sino que fue Cataluña la que llegó a un lugar donde ya había judíos desde tiempos muy remotos.”

 

Patio de la antigua sinagoga de Girona. Museo de historia de los judíos

 

Pero antes que los judíos de la Hispania del siglo II, habían ocupado y colonizado estas tierras los íberos, los griegos y los romanos. Los mejores testigos, los más abrumadores, son los gigantescos sillares de las murallas de Tarragona y los muros de Ampurias, que delatan una larga vida de asentamiento y de comercio mucho antes de que se pensara, bien entrado el siglo XIX, que Cataluña era algo más que una nación.

 

Lienzo de las murallas romanas de Ampurias

 

Y los anónimos pueblos del neolítico que ocupaban las cuevas de can Mauri en Berga y la del Segre en Villaplana podrían no haber transmitido su código genético a esos nuevos catalanes que predican orgullosos a machamartillo que son un pueblo distinto y elegido, con derecho a apartarse de la corriente que supuestamente les ha venido arrastrando en contra de su voluntad.

 

Cova Can Mauri, en Berga

 

Para entronizar su catalanidad tendrían que desprenderse de la “boquería”, la torre Agbar, la Sagrada Familia, las oníricas pinturas y fetiches dalinianos y los trazos atemporales y aterritoriales de Miró.

 

Una avenida de Barcelona. Al fondo, la Torre Agbar

 

Los versos de Josep Ma. de Sagarra, escritos en su plaza favorita de San Joan de Solsona, no reflejan el espectro de una identidad nacional, sino el verdadero sentimiento del ser humano, habitante de un cosmos sin nombre, sin dueño y sin fronteras:

 

Solsona. Plaza de Sant Joan

 

Fa una lluna clara i una nit serena.

Jo m’estic a la plaça de Sant Joan,

Damunt les finestres cau la lluna plena.

Cau damunt la pica que la fa brillant.

Aquesta plaça és tota recollida,

Tan aquietadora i tan suau,

Que sembla un replanet d’una altra vida

On s’anés a beurar-hi un glop de pau.

Jo no sé pas perquè jo aquí voldria

Estar-hi llarga estona quietament,

Amb una noia sols per companyia

Sens besar-la ni dir-li cap lament.

Veure el tresor que d’aquí estant sobira

Sense esflorar-li el seu cabell gentil;

Sols sentir-la a la vora com respira...

I respirar aquest aire tan tranquil.

 

No hay nada de catalán ni de catalanista en estas palabras. Sólo la envoltura.

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