Emilio García Gómez

 

El brasero del Cáucaso

 

La formidable cordillera del Cáucaso

 

El Cáucaso -llamado la Suiza rusa por su hermosa orografía - es uno de los lugares más complejos, desde el punto de vista climático, cultural, étnico y lingüístico, del planeta. Esta formidable cadena montañosa cruza el sur de Rusia uniendo las costas del Mar Negro y el Caspio de noroeste a sureste y obstaculizando las comunicaciones entre ambos lados de la cordillera. El Cáucaso ha sido ruta de paso de los pueblos arios hacia occidente. Se ha llegado a decir que allí se encuentran vestigios de los antepasados de los vascos camino de los Pirineos. También han hollado estas tierras los ejércitos griegos con Alejandro el Magno, los romanos a las órdenes de Pompeyo y los mongoles a las de Tamerlán, que nació junto a la costa del Caspio en Daguestán; después, en el siglo VIII llegaron los árabes; luego, los cruzados de retorno a casa; y, más tarde, sucesivas olas de judíos, georgianos, armenios, persas y tártaros. Todos ellos han dejado su rastro -y su rostro- en aquellos valles, encontrando un refugio relativamente seguro y tranquilo. En los rincones más recónditos, entre muros de adobe y piedra, se pueden observar fisonomías que podrían pasar por nórdicas.

 

Jinalig, en Daguestán

 

A pesar de su diversidad étnica -unos 50 grupos con una fuerte identidad, la mayoría en Daguestán-, han mantenido durante siglos un elevado grado de aislamiento, cohesión interna y autonomía, facilitados por la escasez de pasos de montaña, el más famoso de los cuales es el de Dariel. A mediados del siglo XIX los ejércitos del zar lograron incorporar la región a Rusia tras derramar mucha sangre, dando tiempo de sobra hasta hoy para comprobar que estas gentes son absolutamente inasimilables. No obstante, el control ruso-soviético ha terminado con las arcaicas tradiciones de los montañeses caucásicos, cuyas leyes tribales, basadas en la costumbre, eran bárbaras y absolutamente inaceptables en un estado moderno. Por poner un ejemplo, los khanes musulmanes tenían poder absoluto sobre las vidas y las propiedades de los aldeanos.

 

 

Azerbaiyán, Armenia y Georgia han conseguido emanciparse de la antigua URSS, pero las repúblicas autónomas de Abjazia, Karachay-Cherkesia, Kabardino-Balkaria, Osetia del Norte, Ingushetia, Chechenia y Daguestán, fronterizas con Georgia y Azerbaiján, siguen bajo dominio ruso. Las diferencias entre los rusos (en su mayoría eslavos y cristianos ortodoxos) y los chechenos y daguestanos (caucásicos, túrquicos, indo-iranios y musulmanes) son abismales, aunque en Chechenia, junto a su capital Grozny, hay pequeñas bolsas de rusos eslavos. También se mantienen serias disputas entre la cristiana Armenia y la musulmana Azerbaiján, motivadas por la existencia de un injerto de población armenia en un costado de este último país. Por su parte, Georgia las está teniendo con los abjazos, caucásicos del noroeste del país, junto al Mar Negro, y con los osetinos del sur, de raíz indo-iraní, que han quedado bajo jurisdicción georgiana y separados de sus hermanos de Osetia del Norte. La pequeña república rusa de Ingushetia se ve amenazada por el éxodo de chechenos que pretenden huir de los bombardeos rusos.

En Daguestán hay 27 grupos etnolingüísticos con un número impreciso de hablantes de su respectiva lengua: agul (de 14.000 a 19.000), ajvaj (5.000), andi (10.000), archi (de 800 a 1.000), ávaros (clan de la familia caucásica de los lesghios, 600.000 entre Daguestán, Azerbaiyán y Kazajstán), bagbalal (4.000 a 5.500), bezhta-kapuchin (3.000), botlij (3.000 a 3.500), chamalal (4.000 a 5.500), dargwa (282.000 a 350.000), dido (7.000), godoberi (2.500 a 3.000), hinuj (200), hunzib (400 a 2.000), karata (5.000 a 6.000), jaidaq (28.009), jvarshi (1.000 a 1.800), kubachi (3.000), lak (92.000 a 112.000 entre Daguestán y Chechenia), lezgi (257.000), rutul (15.000 a 20.000), tabasaran (78.000 a 95.000), tindi (5.000) y tsajur (7.000 a 19.000).

Por lo que hace a Chechenia, la región es bastante más homogénea, con una mayoría caucásica compuesta de chechenos (800.000 a 950.000), lak, ingush (197.000 a 230.000, de los cuales unos 60.000 se refugiaron en Ingushetia durante la guerra de 1992) y, finalmente, varios miles de rusos. La población caucásica total, incluyendo a los países limítrofes, asciende a 3,376.600 personas.* La coincidencia formal de determinados componentes léxicos del euskera con algunas variantes caucásicas ha llegado a despertar una pequeña ilusión entre los filólogos que buscan el origen de esa lengua, aunque la cosa no ha ido más allá de lo anecdótico.

Europa occidental tiene poco que añadir al discurso secesionista de los chechenios y los daguestanos. Los intereses petrolíferos de Rusia en el Caspio; el ejemplo de las repúblicas independientes de Azerbaiyán, Armenia y Georgia al tomar la iniciativa de separarse de la antigua URSS; las disputas territoriales para ganar terreno a costa de los estados vecinos, como en el caso de la plataforma del Caspio entre Rusia, Azerbaiyán, Irán, Kazajstán y Turkmenistán; el fanatismo islámico, que antepone el Corán a los códigos sociales y legislativos occidentales; la especial situación geográfica de Chechenia y Daguestán, obstaculizando el paso de las estepas rusas hacia la conflictiva zona de Azerbaiján e Irán, y, por último, la implacable realidad histórica, que denuncia la caducidad del imperio ruso a la vez que ignora el centenario yugo islámico, todo ello convierte al Cáucaso en un brasero que amenaza la seguridad de todo el continente. Es preferible la denudación de la Federación Rusa, despojándose de lo que realmente le sobra y trabajando para convertirse en un país más homogéneo, estable y próspero, rodeado de naciones satisfechas y dispuestas a colaborar con ella, a que siga desgastándose en batallas que tiene perdidas de antemano, teniendo en cuenta la enorme distancia cultural y espiritual de sus vecinos, que, como acabamos de ver, han sido y seguirán siendo indomables.

 

Imam Shamil, guerrillero daguestaní del siglo XIX

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*Cifras de CIA World Fackbook (1998); The Ethnologue, ed. B. Grimes (1996); M. Edwards, National Geographic Magazine, Febrero 1996: 126-131.

 

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