Emilio García Gómez
Chitral y Cachemira: el regalo envenenado del colonialismo británico
Chitral
En 1947 Inglaterra se vio obligada a marcharse del subcontinente asiático, dejando que India y Pakistán asumieran su independencia por separado, con arreglo a las inclinaciones religiosas de sus respectivas poblaciones.
Pero la cuestión no acabó ahí. Los territorios de Chitral, al noroeste de Pakistán, junto a Afganistán, y Cachemira, al noroeste de la India, fueron abandonados a su suerte, siguiendo gobernados por sus príncipes y quedando sumidos en la duda sobre qué partido tomar, si unirse a India o a Pakistán, o bien mantenerse como islotes autónomos, estrujados por los fuertes abrazos de los nuevos estados y vigilados por un vecino de reacciones imprevisibles: China.
En la práctica, y a no largo plazo, Pakistán se encargó de tomar la decisión por Chitral. En 1971, por arte de birlibirloque, abolió el régimen tradicional de los mehtar, supuestamente implantado siglos atrás por el legendario Tamerlán el tártaro. Tres años después, Pakistán se anexionó la región tan pacíficamente como un buey se come la hierba, poniendo fin a una serie de intrigas y asesinatos políticos y cediendo metales y prebendas a la familia real.
Chitral es el seno donde se alojan la formidable cordillera del Hindukush y su fortaleza más emblemática, la montaña Tirich Mir, bien conocidas por los excursionistas de todo el mundo. En sus valles debieron temblar de frío y de miedo el lunático Alejandro de Macedonia y sus milicias griegas, procedentes acaso de la actual ciudad afgana de Jalalabad y camino de lo que hoy son Pakistán e India. Se cuenta que algunas de las tribus de Chitral siguen allí desde hace 3 o 4 mil años, mucho antes de la llegada del conquistador.
Al fondo del valle, el mítico Tirich Mir, en Chitral
En 1997, el presidente del Congreso Mundial Macedonio, en un arrebato de enajenación colectiva patriótico-humanística, preparó una expedición a Pakistán para hallar pruebas del parentesco entre el pueblo kalash y el macedonio, cuna de Alejandro el Magno. Efectivamente, en esos rincones casi inaccesibles para los antiguos ejércitos viven los kalash kafir, gente de piel clara, como los europeos, y que practica ritos que recuerdan las antiguas creencias griegas. Sin embargo, las semejanzas antropológicas y mitológicas pueden ser una prueba de troncalidad común, pero no necesariamente de ascendencia directa entre macedonios y kalash kafir, por lo que cabe dejar el asunto en cuarentena, bajo sospecha de fraude. Dado el secular aislamiento de los chitralíes, es más probable que Alejandro trabara contacto con los nuristanos afganos, algunos de los cuales viven hoy en Chitral como refugiados tras las distintas guerras padecidas por Afganistán.
Muchacha Kalash
En Chitral se hablan once idiomas, entre ellos el pashto, siendo el más importante el khowar (pronúnciese a la española como “jowar”). Esta lengua dárdica, es decir, indo-himalaya, se deriva del proto-indoeuropeo y acaso sea, en su forma actual, una de las más antiguas del subcontinente asiático y más que las del continente europeo. Actualmente la hablan 250.000 personas en la región. A los chitralíes les encanta rezar en sus mezquitas, como buenos musulmanes, y jugar al polo, exigua herencia de los ingleses que, a finales del siglo XIX, conquistaron la zona con una brigada de gurkas de Nepal y mantuvieron en ella una guarnición, aunque con escaso interés, hasta bien entrado el XX.
Cachemira
Mapa lingüístico de Cachemira (Fuente: www.proel.org/ mundo/cachemir.gif)
El asunto de Cachemira es más espinoso que el de Chitral, puesto que Pakistán y la India, desde su independencia, la han convertido en zona de guerra entre ambas sin tener que tocar su propio territorio. Los incansables agitadores políticos y extremistas religiosos patanes o pashtunes, como se quiera llamarlos, y también algunos cachemires, posiblemente a sueldo del gobierno de Pakistán, forzaron al maharajá de Cachemira a solicitar la ayuda de la India, que metió allí su ejército en unas horas y lo declaró territorio propio. Pakistán alegó que los instigadores no eran pashtunes pakistaníes, sino revolucionarios musulmanes cachemires que no deseaban vivir bajo pabellón indio. Al mismo tiempo se negaba a reconocer la autoridad del maharajá porque era un simple nominado británico, no un descendiente de la vieja dinastía Dogra.
El pacto inicial entre ambos gobiernos era que si el porcentaje de musulmanes excedía el 70%, pasaban inmediatamente bajo el control de Pakistán. Puesto que el 90% de la población cachemira profesa el Islam, la suerte de Cachemira parece inclinarse del lado de Pakistán. Pero el principal administrador, el gobierno indio, se niega a ceder un solo pedazo de su soberanía sobre su parte de Cachemira a favor de su enemigo más feroz e irreconciliable, Pakistán. Además se sintió gravemente afectada por la decisión de Pakistán de trazar la carretera del Karakoram para enlazar Islamabad con Kashgar, en China.
La escasa presencia de seguidores hindúes en Cachemira se ve desde la India como una consecuencia de la reducción forzada de la población, lo que ahora se viene a denominar “limpieza étnica”. A diferencia de lo que ocurre en la India, donde los musulmanes aparentemente no sufren discriminación –al menos en los últimos 20 años, dejando aparte el caso de los separatistas sikh, practicantes de un híbrido hindú-musulmán-, en los estados islámicos como Pakistán no se toleran muy bien las demás confesiones religiosas. Aunque en este último país oficialmente se respira un ambiente de tolerancia doctrinal al estilo británico, no se pueden olvidar los esporádicos, pero salvajes atentados contra las iglesias cristianas paquistaníes por parte de radicales musulmanes. Pero también se acusa a los indios de haber destruido una venerable mezquita en Cachemira. Siempre la religión de fondo. Aquí como en Croacia y Serbia, Ulster e Irlanda, Timor e Indonesia, Israel y Palestina. Por no hablar de la histórica belicosidad de la Cristiandad y el Islam desde Mahoma hasta nuestros días.
Cachemira es algo más que un campo de batalla. De ella se cuentan cosas parecidas a las de Chitral. El cachemir, como el khowar, es una lengua dárdica, del tronco indo-ario e indoeuropeo. La población cachemir, según dicen, posee unas gotas de sangre greco-romana. Los más fanáticos llegan a incluirla en el árbol genealógico de los seguidores de Jesucristo y algunos afirman que representan la más pura raza aria. Parece más razonable pensar que es un pueblo con rasgos indoarios y túrquicos, relativamente vecinos de los grupos étnicos del Asia Central.
Escolares de Cachemira
Cabe preguntarse si Cachemira podría realzar su bella geografía como estado independiente más que como provincia de Pakistán o de India, a perpetua merced de los esbirros de ambas potencias nucleares.
Montañas de Cachemira desde un satélite (Fuente: www.envi.com.br/sensor/tour/asia/asia.htm)
__________________
© 2005 http://www.etnografo.com
Modificado marzo 2005