ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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España

 

 

     Andrés Orizo (Los nuevos valores de los españoles. Fundación Santa María. Madrid: SM) realizó en 1991 una encuesta sobre los sistemas de valores, actitudes y creencias de 2.637 españoles mayores de 18 años y residentes en 17 comunidades autónomas, dejando fuera Melilla y Ceuta. Descubrió que no se distinguen demasiado del resto de ciudadanos europeos: su orgullo nacional es comparable al que se percibe en otros lugares, aunque se advierte una mayor conciencia nacional en el País Vasco, Navarra, Cataluña, Asturias y Castilla-La Mancha, frente a la inclinación europeísta de regiones como Valencia y Andalucía, que tampoco dejan de tener su propia autoestima como pueblo. Los españoles, en su conjunto, sacando la media de todos los habitantes de la península sin distinciones, se alejan paulatinamente del tribalismo y el localismo. No obstante, conviene enfriar un poco los estudios de esta índole: la inclinación natural de la especie humana sigue siendo el clan familiar, la cuadrilla de amigos, el barrio, el pueblo, la zona, la región y, en último término, la nación. Estos valores cambian sensiblemente con la edad y el posicionamiento político, muy especialmente en nuestros días, al hallarnos expuestos a medios de comunicación sin fronteras y a sistemas educativos integradores que dificultan el enclaustramiento de la población. En cualquier caso, el carácter distintivo de las gentes se acentúa cuando toman como punto de referencia la lengua de sus vecinos: la variación dialectal es suficiente criterio para determinar los confines de su territorio, su personalidad e incluso su raza.

     Entonces, ¿qué ha sido del carácter individualista, anárquico y cavernario de los españoles? ¿Acaso los cronistas nos han mantenido engañados con sus visiones reductoras de los acontecimientos históricos? Casi siempre nos vemos obligados a dirigir los ojos hacia los íberos como muestra de nuestra estirpe. Si la interpretación de la historia es correcta, los diversos pueblos ibéricos estaban organizados en una primitiva estructura confederal con un representante común para cada confederación, a modo de caudillo, elegido por una asamblea de tribus o clanes, sin un verdadero sentido de unidad a pesar de sus lazos étnicos, lingüísticos o religiosos, lo que explica los constantes episodios bélicos entre las distintas confederaciones y en el interior de las mismas. Hoy se tiene un conocimiento todavía insuficiente acerca de la lengua ibérica; el breve testimonio de Estrabón nos hace pensar que existía una tradición literaria, si bien las leyes que regulaban las relaciones sociales no estaban, al parecer, escritas, por lo que los pleitos se dirimían en presencia del jefe del clan con arreglo al derecho consuetudinario. El Tribunal de las Aguas valenciano, sin tener gran cosa que ver con los íberos, puesto que fue instaurado por los árabes en el año 960, podría ser la versión moderna de un ancestral estilo verbal y proxémico de la justicia que posiblemente se remonta a los romanos y los cartagineses.

     Es ridículo aplicar las medidas del pueblo ibérico al español moderno. La palabra español conviene, además, tomarla en un sentido genérico; a estas alturas, no parece muy adecuado llamar españoles a quienes sólo se sienten vascos, asturianos, aragoneses, catalanes, andaluces, gallegos, valencianos, o lo que sea. El centralismo, como régimen de organización social y política, nos viene de épocas recientes. Pero si bien la fragmentación de las sociedades ibéricas no justifica la inclinación genética de sus descendientes peninsulares hacia el federalismo, en cambio, la diversidad lingüística, a pesar del arropamiento a que se vieron sometidos los pueblos de la península durante la ocupación romana y árabe, sí que constituye una prueba fehaciente de que la partición demográfica como método de organización social siempre ha sido más frecuente y ventajosa que la reagrupación en grandes comunidades homogeneizadas artificialmente. Toda lengua que abarca una zona demasiado extensa termina por descomponerse.

     En España se hablan 14 variedades lingüísticas, de las cuales sólo se piensa que son lenguas el español, el catalán, el euskera y el gallego. Sin embargo, el continuo dialectal se halla tan estirado que no resulta sencillo determinar la orientación de cada variante.

     Hablan español unos 28 millones de personas (el 72.8% de la población, que, en julio de 2003, ascendía a 40,217,413 habitantes, casi un millón más que hace cinco años), la mayoría bilingües con sus lenguas regionales. Según Moreno Fernández, Francisco y Otero, Jaime (Demografía de la lengua española. El español en el mundo. Anuario del Instituto Cervantes 1998. Instituto Cervantes. Madrid: Arcos, 1998, págs. 59-86), hay en el mundo de 350 a 352 millones de hablantes de español como primera o como segunda lengua. Barbara F. Grimes (Ethnologue, Summer Institute of Linguistics, 1996) fija el número en 266 millones de hablantes de español como primera lengua y 86 millones de hablantes de español como segunda lengua -en total 352 millones-. Es importante tener en cuenta que el español es una lengua-tipo generada a partir del antiguo dialecto de Castilla y que hoy ambos términos se emplean indistintamente para designar la lengua más extendida del estado español y de las naciones americanas hispanohablantes.

     El aragonés (de 11.000 a 22.000 hablantes como primera o segunda lengua) recibe diversos nombres con arreglo a sus extensiones subdialectales y en función de los topónimos de los lugares donde aparece, a saber: ansotano, cheso, belsetán, chistabino, tensino, pandicuto, bergotés, benasqués, grausino, ribagorzano, fobano, ayerbense y somontanés. El Ligallo de Fablans de l'Aragonés de Zaragoza y el Consello d'a Fabla Aragonesa de Uesca (Huesca) tratan de recuperar un habla que la mayoría de los aragoneses dan por perdida, aunque a nivel léxico y fonológico se distingue claramente del español. En un intento de normativizar el aragonés, se están publicando diccionarios, gramáticas y revistas apoyándose en una ortografía más que discutible. La Institución Fernando el Católico tiene un buen inventario de libros sobre temas aragoneses. En los Pirineos centrales franceses los pastores se han sentido tan aragoneses como franceses. Al fin y al cabo la división política entre Francia y España, llevada a cabo en 1659, fue absolutamente arbitraria, al separar con una línea imaginaria gentes de la misma etnia -vascos por un lado, aragoneses y gascones por otro, y después catalanes- que habían ocupado desde hacía siglos los territorios que flanquean ambas vertientes de las montañas.

     El asturiano o bable (100.000 a 450.000) tiene que competir con el español, pero también con el gallego en la parte occidental del Principado de Asturias y con el leonés. Hay numerosos intentos de normalizar y regular la lengua a través de las escuelas y la Academia de la Lengua Asturiana, siguiendo una tradición literaria que se remonta al siglo XVII.

     Los hablantes de vasco -o euskera- en cualquiera de sus versiones alcanzan la cifra de 580.000 en el lado español de la frontera. Los académicos han forzado la introducción de un dialecto unitario semiartificial -el batúa-, basado en el guipuzcoano, con el fin de reducir la dispersión dialectal y extender la lengua a la población escolar. El euskera es una de las lenguas más singulares del mundo, puesto que aún no se ha encontrado una familia con la que emparentarla.

     El catalán en España es la lengua materna de 4 millones de hablantes y la segunda o tercera de otros 5 millones. Existen las variantes dialectales del Rosellón francés, el valenciano, mallorquín, menorquín, ibicenco, catalán central, catalán de Alghero (Italia) y catalán noroccidental -pallarés, ribagorzano, leridano y aiguavivano-. El número de subdialectos es elevado, lo que dificulta la normativización y la alfabetización, sobre todo por la vitalidad de las distintas fonologías. A título de ilustración, utilizando las cifras del “Etnólogo”, incluyo un gráfico que muestra el grado de aproximación léxica entre el catalán y otras variantes románicas:

 

     El gascón o aranés -también conocido como occitano-aranés- es un precioso espécimen lingüístico conservado en torno al valle de Arán y hablado por apenas 5.000 personas. Tiene tres versiones: el alto aranés (naut aranés), aranés medio (mijaranés) y bajo aranés (baish aranés). En Cataluña se reconoce la ortografía diferencial del aranés y se persigue su promoción con mucho interés. Dada su situación fronteriza entre España y Francia, muchos de ellos hablan, además del español, el francés, el catalán o el occitano. Existe una publicación mensual -Toti- redactada íntegramente en lengua vernácula.

     Las tres variantes del extremeño -artu (alto), meyu (medio), y bahu (bajo)- están relacionadas directamente con el leonés, y se ven obligadas a compartir su territorio lingüístico con el español, con ventaja para éste. También cuentan con la presencia de otras variedades como la fala galaica y el portugués en las respectivas regiones fronterizas. El representante literario por excelencia del extremeño fue José María Gabriel y Galán. Es lógico que el español sea el estándar lingüístico en Extremadura, pero la gente del pueblo retiene su habla con absoluta fidelidad.

     La fala galaico-extremeña, o chapurriau (expresión que también se aplica a cualquier dialecto fronterizo de la geografía peninsular), es conservada por una pequeña comunidad de hablantes (5.500) al noroeste de Extremadura, en Galicia y en el valle de Xálima (Portugal). Es curiosa la actitud coincidente de algunos valenciano-hablantes, por lo que hace al catalán, con los hablantes de fala galaico-extremeña respecto del gallego, al negarse a compartir la ortografía con sus lenguas madre ya reguladas. La variante lingüística superior de la fala es el gallego, que hablan más de 3 millones de personas. A su vez, el gallego, emparentado muy de cerca con el portugués, es una lengua cuyos hablantes han desarrollado una alta conciencia nacional, aunque existe un movimiento político que trata de forzar su unificación con el portugués.

     En las Islas Canarias se habló el guanche hasta el siglo XVI. Se desconoce su procedencia exacta, aunque se buscan sus orígenes en la familia berebere.

     El caló, o hispano-romaní, lo deben hablar todavía unos 300.000 gitanos, según las estimaciones más optimistas. Sin embargo, es muy posible que la mayoría se limite a emplear unas pocas palabras que, con el tiempo y las actividades paralegales o ilegales de sus hablantes, se ha convertido en una jerga críptica. Es muy popular el diccionario caló-romaní que incluyó como apéndice de su libro Zincali el divulgador de la Biblia e hispanista decimonónico George Borrow, que declaró haber aprendido perfectamente. El romaní-valaco aún lo conservan unos 500 gitanos españoles, frente a un millón y medio de hablantes de otros países como Rumania, Bosnia-Herzegovina, Grecia, Albania Polonia, Portugal y los países nórdicos.

     El mozárabe se hallaba muy extendido en la España medieval. Se basaba en el romance que hablaban los cristianos bajo el dominio musulmán y recibió numerosos préstamos del árabe. Con la Reconquista fue sustituido por otras variantes romances. Hoy se considera extinguido, aunque quedan restos del mismo en el ámbito litúrgico y en emisiones de radio Israel.

     El quinqui es un lenguaje amestizado de las tribus urbanas no gitanas y sin hablantes organizados en régimen de comunidad estable. Hasta el momento no se ha procedido a su clasificación, aunque se han recogido muestras de su léxico especializado. Hay un estudio concienzudo y riguroso realizado por una profesora universitaria y una aportación de menor enjundia a cargo de Manuel Sánchez Torres, alias el palomo, cuyo glosario aparece incluido en la traducción española de For Love of Imabelle (Por amor a Imabel, ed. Bruguera, 1980) del escritor afroamericano Chester Himes, muerto en Moraira y enterrado en Benissa.

     Los sordos españoles aprenden su lenguaje, llamado mímica, que sólo resulta comprensible a los sordos catalanes en un 50%, ya que éstos aprenden un dialecto de signos propio de Cataluña.

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Fuentes: CIA World Factbook 1998, 2003; The Ethnologue, edit. Barbara Grimes, SIL 1996, 2000)


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