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ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

por Emilio García Gómez

 

Teseo luchando con el centauro

 

Introducción

 

Patria, nación y otros mitos

Patria, aberri, patrie, vaterland, mother country -palabras sagradas para muchos millones de personas, pero entremezcladas, en medio de la confusión y la ambigüedad, con soberanía nacional, pueblo, lengua, raza, etnia, cultura, región administrativa y, según el país y el momento histórico, imperio, credo político y hasta comunidad religiosa, como en el mundo islámico. En Persia y Turquía el millet, equivalente de nación en Occidente, era a la vez grupo étnico, político y religioso, aunque carecía de connotaciones nacionalistas.

Quien posee una elevada conciencia de su linaje suele adoptar una actitud mesiánica, fundamentalista, solidaria con los de dentro y proteccionista respecto de los de fuera. Pertenecer a una nación conlleva la lealtad comunal y la obediencia a sus líderes, incluso por encima del sentido común. Ahí está el ejemplo de los greco-chipriotas partidarios de la enosis -unión con Grecia- a costa de renunciar a su propia soberanía y convertirse en provincia de otra nación separada de ella por centenares de kilómetros de agua salada, aunque allí se hable la misma lengua. En el lado opuesto, en el sustrato étnico minoritario que carece de las señas de identidad del grupo prominente, suelen aparecer manifestaciones pasivas con arreglo a una perspectiva de batracio, ante la incapacidad de los individuos de contrarrestar el tirón nacionalista que con frecuencia les priva de su propia identidad.

El concepto romántico, decimonónico de nación es exclusivista, discriminatorio y restrictivo, una ficción frente al mundo real de la diversidad. Los criterios que la definen son convencionales, inexactos y variables, según sea la fuerza de las armas que se empleen para imponerlos. Los orígenes, valores y atributos de la patria son imprecisos; sus tradiciones con frecuencia resultan falsas, artificiales, importadas del exterior, injertadas y naturalizadas. La historia local suele estar falseada por un demosofísmo -folclorismo- difícil de combatir con argumentos científicos, puesto que suele apoyarse en la tradición oral. Los húngaros todavía veneran a un valiente “caballero del cuervo” que combatió y aterrorizó -él sólo- a todo un ejército turco. Algunos muestran, dice J. C. Baroja (1989), el dudoso orgullo de enlazar sus particulares costumbres con los tiempos prehistóricos, como si nada ni nadie hubiese pasado por aquel lugar en el transcurso de los siglos. Numerosos ritos presentes en las fiestas populares de la península ibérica proceden de la cultura greco-latina. Una parte del patrimonio cultural finlandés es el producto de lo que Karner (1991) denomina “ingeniería social”. Entre los casos de manipulación de los valores nacionales cabe mencionar el del serbo-croata, continuo dialectal que, tras la división política de estas regiones balcánicas, quedó interrumpido mediante el reforzamiento de “las diferencias de los extremos, creando así dos lenguas diferentes, el serbio y el croata.” (Jelavic, 1984). Parecida situación se ha planteado en la Comunidad Valenciana entre las fuerzas populistas de la derecha conservadora regionalista y los intelectuales y políticos de izquierda por el ridículo debate acerca de la naturaleza del valenciano como romance derivado directamente del mozárabe o como variante dialectal del catalán introducido tras la ocupación de Valencia por Jaume I. La cuestión se ha avinagrado aún más por los intentos secesionistas de normativizar el valenciano de forma independiente al estándar catalán -problema esencialmente fonológico y, por tanto, ortográfico- y el integrismo pan catalanista, que trata de forzar la participación de Valencia en una federación hasta ahora inexistente: los “Països Catalans”. Casualmente la obra de este rey cristiano en Cataluña, Valencia y Mallorca es materia de conmemoración; sin embargo, para los pueblos residentes en la ribera del Mediterráneo, arabizados durante siglos, el conquistador cristiano debió ser contemplado como un invasor de su territorio y un opresor. Para numerosos pueblos Africanos los misioneros europeos son unos intrusos empeñados en acabar con sus símbolos paganos; para los europeos, los Africanos son almas que hay que reconducir para su entrada en el imperio de Cristo. Napoleón, glorificado en Francia, representa la infamia y la expoliación en España, Italia y Egipto. Cuando Carlos V se hizo con la corona de España (1517) alteró los ánimos de los españoles porque se les imponía un príncipe extranjero que ni siquiera conocía la lengua. A Felipe II le ocurrió igual en Flandes y otro tanto a Guillermo de Orange en Inglaterra. Si dos personas pueden reaccionar de forma distinta ante el mismo hecho y de la misma manera ante hechos diferentes, con más razón comunidades enteras pueden evocar los mismos episodios como antítesis de la realidad, unos abominándolos y otros celebrándolos con arreglo a sus intereses y obediencias.

Las naciones poseen una superficie agrietada; en su interior se generan enormes turbulencias y fracciones. No hace falta mencionar demasiados casos: ahí están los Estados Unidos antes y después de su independencia de Inglaterra, y sobre todo durante la guerra civil; y España; y los Balcanes -Grecia, Serbia, Eslovenia, Kosovo, Croacia, Bosnia, Macedonia-; o Alemania; o Turquía durante su fase de expansión pan-islamista; y la antigua Unión Soviética. Desde el punto de vista antropológico, existen diferencias antropomórficas, pero el concepto de raza es una ficción; en España se habla de la raza aragonesa en alusión al carácter fuerte y tenaz de los baturros, pero no porque posean unos rasgos físicos especialmente resaltables. No hay lugar en la tierra cuya entera población comparta un grupo sanguíneo exclusivo, como proclaman los sabios euskaldunes de sí mismos. Ni una longitud y anchura de nariz predeterminadas, como pretenden los antagonistas hutus y tutsis de Ruanda. Ni una distinguida capacidad craneal, como pensaban en el siglo XIX algunos antropólogos respecto de los caucásicos frente a los negroides. Ni el mismo idioma, como en la actual Indonesia, cuyos largos brazos se extienden por las regiones pluriétnicas y plurilingües de Irian Jaya, Java, Bali, Kalimantan, Maluku, Nusa Tenggara (Timor), Sulawesi y Sumatra. La distribución étnica nunca coincide con los confines políticos o lingüísticos, a menos que se utilicen argumentos tribales. Es manifiestamente imposible sobreimponer unos supuestos circuitos raciales, lingüísticos y espaciales; el perfil final queda absolutamente desencajado. Si China, país donde se hablan 205 lenguas, en un arranque democrático iniciara la devolución de sus territorios a sus 55 minorías nacionales (un 8,1% de la población total) -por ejemplo los zhuang, uygur, hui, yi, tibetanos, miao, manchúes, mongoles, buyi o coreanos-, sus fronteras se reducirían drásticamente, ya que a cada una habría que devolver o asignar un espacio histórico con una extensión determinada.

El hombre (término con valor genérico) tiende a la vez a la unión y a la disgregación; la naturaleza le lleva a despegarse de su estirpe, pero su instinto de supervivencia, claramente oportunista, le echa en brazos de quienquiera que se preste a darle asilo, sacrificando su libertad para unirse a un proyecto común codificado con una lengua y simbolizado por una bandera. Pueblos afines como los daneses, los suecos y los noruegos permanecen enemigos irreconciliables durante siglos y en un instante quedan hermanados. Naciones enquistadas en el seno de otras naciones, como San Marino en Italia, comparten desde hace siglos la misma lengua, la misma religión y el mismo concepto de estado, pero repudian el unionismo y la asimilación política. Etnias diferentes que han ocupado el mismo lugar durante generaciones reclaman la posesión del mismo pedazo de tierra como suyo enfrentándose a tiros y a puñetazos, como los turcos y los griegos de la isla de Chipre.

Ortega y Gasset afirmó que “los pueblos europeos han convivido siempre”1. Con el debido respeto hacia el maestro, ferviente europeísta, nada más lejos de la verdad que este caso concreto. “La guerra”, escribió Kropotkin hace más de un siglo, “es la situación normal de Europa. Siempre está al alcance de la mano una oferta de treinta años de causas de guerra.” La historia de Europa -una vasta región de naciones- es la antítesis de la fraternidad: valones contra flamencos, franceses contra ingleses; rusos contra alemanes; alemanes contra checos y polacos; españoles contra franceses; portugueses contra españoles; griegos contra macedonios; macedonios contra búlgaros; rumanos contra húngaros; irlandeses contra ingleses; ingleses contra escoceses; estonios contra suecos; ucranianos contra rusos; albaneses contra serbios. Por si fuera poco, españoles contra españoles; alemanes contra alemanes; italianos contra italianos y yugoslavos contra yugoslavos. Hasta suizos contra suizos. Juntos, pero a cañonazos. La rivalidad, la inquina y el desprecio hacia el vecino se percibe desde lo más local, de pueblo a pueblo, de barrio a barrio. “Elizondo”, dicen en el valle del Baztán, “culo redondo. Irurita toca la chulubita. Baztanés, culo del revés.” Los agotes, pueblo o etnia de origen desconocido establecida en Bozate -un barrio de Arizcun (Navarra)- y caracterizada, falsamente, por tener el lóbulo de la oreja pegado a la mandíbula, fueron proverbialmente marginados por los naturales del mencionado valle, acaso por padecer de lepra (Miner 1978). A los de Arróniz, a un tiro de piedra de Estella, los de los pueblos colindantes les ridiculizan por su presunta afición a la sopa. Cuentan que en unas fiestas patronales decidieron llenar la balsa de pan y se la bebieron a morro. Desde entonces no tienen agua. Y en Malón, en el valle de Queiles, “en cada casa un ladrón; en casa del alcalde, el hijo y el padre; en casa del alguacil, hasta el candil.” Un peregrino francés de la Edad Media describió a los navarros como “cerdos comiendo y perros hablando.” En Aragón se dice: “Navarro, ni de barro.” Y los navarros dicen de los de Utebo, en Aragón: “Fueron a pescar y pescaron un madero.” Según otra pulla hiriente que circula en la frontera de Navarra con Aragón, recibieron en un pueblo maño la orden de realizar el padrón con el número de vecinos, producción agrícola, estado sanitario, clima y otros datos para la estadística. Reunidos sesudamente el alcalde y los concejales, al llegar a la palabra “clima” se quedaron estupefactos y decidieron acabar el asunto de la siguiente manera: “Clima: no existe en este pueblo; pero si es menester, lo encargaremos a Zaragoza.” (Iribarren, 1971). Bromas y conflictos entre aldeanos y vecinos de barrios urbanos responden a estímulos de control territorial heredados de sus otros hermanos mamíferos que todavía siguen en las marismas, las sabanas o las selvas.

La idea de nación es la idea de lo uniforme frente a lo variable; lo inerte contra lo dinámico; la osamenta en el mausoleo frente a las cenizas al viento; la bacteria inerte guardada en el congelador de un laboratorio frente al bacilo de la libertad contaminando al mundo. Con la lengua nacional ocurre algo parecido: el prestigio y la hegemonía de un dialecto normativo para todos son, paradójicamente, antónimos de variedad, popularidad y universalidad. La consigna “Un pueblo, un proyecto, una lengua, una nación” suele albergarse en el pecho de intelectuales fanatizados, seguidores de la escuela de Berlín y dispuestos a todo con tal de impedir la infiltración y la contaminación de razas, lenguas, costumbres y culturas extrañas. “Hay que combatir siempre”, escribió J.C. Baroja (1991:139) “esta idea de que la pureza y el aislamiento cultural producen unos resultados muy particulares”. En general, todo proceso unificador es radicalmente opuesto al mantenimiento de la diversidad.

Pero casualmente todos los pueblos ensimismados en su propio espíritu narcisista y proteccionista encuentran remedio contra el aislamiento en los vecinos con la excusa de colonizarles, civilizarles, hacerles partícipes de su identidad e involucrarles, de paso, en sus actividades comerciales y militares. Así se explica la presencia -que llaman obra- de España en América y Filipinas, la de Francia en el Caribe y el Pacífico, la de Rusia en Estonia, la de Dinamarca en Islandia, la de Inglaterra en la India y Australia, la de Portugal en Brasil y Mozambique, la de Estados Unidos en ultramar, la de Holanda en Indonesia y Papúa, la de Persia en Armenia, la de Turquía en los Balcanes. Cada cosa tiene su nombre: francofonía, hispanidad, rusificación, germanización, islamización, pero todo responde al mismo impulso: el fomento de la identidad propia y el aplastamiento de la ajena. Los estados fuertes pueden hacen valer sus derechos sobre los pueblos absorbidos y obligarles a declinar el sustantivo nación. Sin embargo, hay pueblos fácilmente dominables pero difícilmente asimilables. No hay más que ver lo que ocurrió con los tártaros y los cosacos durante el reinado de Catalina la Grande. En los duros tiempos de la magiarización de los territorios controlados por el estado húngaro fue imposible diluir el espíritu de su población eslava, rumana, serbia y suabia (alemana). La vitalidad étnica y la tenacidad de los gitanos en sus hábitos sociales son portentosas allá donde se encuentran, con independencia del régimen político imperante.

El himno a la patria sale de variadas gargantas: lo mismo de la de un exaltado que de la de un ingenuo, un héroe, un dictador o un sicópata. Ahí tenemos a Franco, Garibaldi, Hitler, Mussolini, Byron, Robespierre, Arafat, y también a los activistas de la camorra, los talibanes, el Ku-Klux-Klan, ETA, IRA y Hamas. El paso del etnocentrismo a la xenofobia es bien corto; los sentimientos desproporcionados desequilibran la estabilidad social; ha ocurrido con los judíos en diversos lugares y períodos históricos y sigue ocurriendo en diversos lugares del planeta, como en los Balcanes, Francia o Alemania del año 2000. “El poder por la potencia”, dice Jim, residente canadiense en Jávea (Alicante), receloso de la progresiva, incesante ocupación de las tierras y las casas del lugar por los alemanes.

Por otra parte, el espíritu nacional es el alimento que ayuda a los gladiadores locales a luchar a muerte contra el invasor, a resistir la asimilación y obtener el premio final a la fidelidad. “Quien expresa a voces su amor por la patria es que espera obtener una recompensa”, escribió Mencken (1912) con el mayor sarcasmo. Sin embargo, los héroes de hoy mañana son ídolos caídos. No hay más que ver la historia de España en los últimos 100 años. La mejor ilustración queda expresada por Julio Martín, el navarro gandiense, cuando reproduce el breve pero intenso diálogo, bien cargado de connotaciones semánticas, entre su hermano Patxo, al volante de un camión de cerdos, y una patrulla de la Guardia Civil: “¿Qué lleva ahí?” - “Un transporte de ministros” - “¿Cómo ministros?” - “A qué se pué llegar, ¿eh?”. Lo grandioso y permanente termina siendo pequeño y transitorio, reducido a un escenario surrealista por la reversión de los papeles. La colosal estatua de Stalin no tardó en rodar por los suelos de Moscú tras la caída del muro de Berlín; la omnipresente efigie de Mao será borrada de las fachadas por las turbas enloquecidas cuando un dia finalice el despótico régimen de Pekín; las estatuas ecuestres de Franco ya han pasado a los viejos almacenes del ejército español. Las calles y plazas de numerosos pueblos españoles han recibido tantos nombres de personajes ilustres o brillantes episodios que a veces resulta imposible recordar ese que llaman “el de siempre”, por el afán de pegar y despegar la placa según sople el viento. Los padres del pueblo o de la patria, ignorados por los suyos, terminan en el osario común.

Del mismo modo que Europa carece de unidad cultural, étnica y lingüística, a pesar de los esfuerzos de los distintos parlamentos en convencernos de que la Unión debe ir más allá de la esfera política y económica, igualmente y a estas alturas cualquier país delimitado por unas fronteras convencionales aloja en su seno una población contaminada por la presencia de individuos genéticamente distintos. La distribución étnica en los diversos lugares que conforman lo que llamamos Europa no deja lugar para la duda: todos los países europeos llevan la marca de la diversidad, bien por la presión migratoria, bien por los inevitables cruces exogámicos, bien por las deportaciones en masa o por el creciente número de refugiados políticos. Cuando el Partido Demócrata Alemán (DD) hacía públicas sus aspiraciones nacionales, se refería sin duda “al pueblo más que al Estado, y entendían la nación ante todo en términos de nación cultural.” (Abellán, 1997: 135). Europa ni siquiera es un continente como lo son América o Australia; por el oeste acaba en el Atlántico, por el sur en el Estrecho de Gibraltar y por el norte en el Ártico; pero es imposible determinar en qué lugar acaba o comienza por el este: tanto el Báltico como el Mar Negro o el Mar Caspio son puntos de referencia imprecisos; ni la estepa rusa ni los Urales permiten fijar el lugar exacto donde comienza Asia; y países como Turquía se hallan a caballo entre Europa y Asia. Por eso no se explica la tozudez de los ultra-nacionalistas como Milosevic declarando: “Dondequiera que viva un serbio o haya una tumba serbia, eso es Serbia”, o como Karadzic: “Hemos de tener fronteras según el principio étnico.”2 Si fuera así, Georgia tendría que iniciar su partición para satisfacer a los abjazos. Ningún país se puede construir tabula rasa con un sencillo, pero cruel acto de voluntad, ya que las agrupaciones humanas siempre arrastran un lastre de viejos valores culturales y étnicos como son los símbolos, la lengua, el dialecto, las sagas y las manifestaciones folclóricas, aunque todo ello sea el resultado de la hibridación. Una rectificación de fronteras en los repartos territoriales que se realizan en los despachos tras un episodio bélico puede hacer que la población de un territorio quede seccionada y asignada a distintos países, como sucedió con los albaneses, acogotados entre Macedonia y Serbia.

Según Tortosa (1993), el mensaje nacionalista recoge una serie de puntos clave. Una nación, para serlo, requiere un nombre, un conjunto de mitos sobre sus orígenes, unos referentes históricos comunes, un territorio también histórico, un elemento de cultura como pueden ser la lengua, las costumbres o las manifestaciones artísticas, un sentimiento de solidaridad mutua y, finalmente, unos líderes que mantengan viva la llama de la conciencia nacional. Caro Baroja (1991) distingue otro valor, el de las “representaciones colectivas” de distinto signo, unas con mayor grado de racionalidad que otras. A todo ello habría que añadir la continuidad, la religión y una organización política estable. Pero al revisar estos activos uno por uno, incluso superficialmente, enseguida nos damos cuenta de que todos hacen agua.

1. Una lengua común no es garantía de cohesión interna; Estados Unidos e Inglaterra, España y Colombia, Portugal y Brasil, Holanda y Bélgica, Croacia y Serbia, Macedonia y Bulgaria, Túnez y Argelia, etc., han tomado rutas de secesión definitivas a pesar de que sus respectivas lenguas forman parte del mismo continuo. En Bosnia-Herzegovina el 100% de la población habla el bosnio, del continuo eslavo, aunque la partición del país en dos comunidades distintas -serbio/bosnios y bosnio/croatas- obedece a otros criterios. Ucrania estuvo mucho tiempo bajo el control de Rusia; el ucraniano y el ruso son parientes próximas del tronco eslavo y el ruso se convirtió en la lengua de la educación y de la cultura. Pero cuando Ucrania recuperó la libertad política, también recuperó el vernáculo, que progresivamente ha ido sustituyendo al estándar ruso.

2. El nombre de la nación no siempre es reconocido por todos los grupos que cohabitan el mismo territorio; muchos vascos y catalanes repudian el vocablo “español” para sí; muchos navarros, incluso con apellidos vascos, se niegan a identificarse con los planteamientos nacionalistas de los guipuzcoanos; los kurdos de Turquía lucharán a muerte antes que aceptar el denominador común de turcos. La moderna Macedonia está en grave conflicto con Grecia por causa del nombre elegido y el emblema de la bandera nacional.

3. Las distintas familias de un país pueden compartir algunos mitos sobre sus orígenes y los de su territorio, pero no todos responden al mismo paradigma. Los inuit canadienses llevan siglos dedicados a sus actividades de caza y pesca, pero, al igual que los saami (lapones) noruegos, suecos o finlandeses, son una etnia transnacional que sólo puede mantener vínculos internos mientras no se aleje de su espacio físico, o bien sea transportada a otros lugares como Toronto o Montreal, puesto que el destino final es su disolución como tal etnia.

4. Los elementos culturales tradicionales, entre los cuales cabe señalar la religión, son patrimonio común en numerosos grupos humanos. Los movimientos de revitalización cultural son síntoma de su fragilidad, especialmente la lengua o el dialecto. Un organismo vivo y activo no necesita reanimación. Por otro lado, bajo el paraguas de la lengua o la religión se pueden albergar múltiples identidades, sobre todo tras un fenómeno de asimilación. La construcción de Australia produjo numerosos casos de reducción étnica, quedando ocupado ese vacío por la cultura anglosajona.

5. La solidaridad es el menos común de los valores humanos, excepto en situaciones de emergencia o de oportunismo. Los distintos pueblos ibéricos se mantuvieron en permanente estado de guerra entre sí y sólo se aliaban por conveniencia. Las guerras tribales en África o América han sido especialmente crueles por razones de hegemonía o derechos de caza y pesca. No obstante, a pesar de la dificultad en practicar esta virtud social, la apuesta de los estudiosos del nacionalismo moderno como Blas Guerrero (1994) es por “la existencia de unos Estados asentados en una realidad nacional escrupulosamente respetuosa... del ámbito de los derechos y libertades individuales y de otras formas de solidaridad existentes en su seno.”

6. Los líderes nacionales con frecuencia caen en la petulancia, la corrupción y la traición. El principio marxista de que las masas deben ser movilizadas por unos líderes ha permitido el abuso de poder y la formación de estados totalitarios.

7. Las representaciones colectivas varían según el tamaño del grupo y sus manifestaciones vitales. Puesto que en ellas se vierte la visión de las distintas gentes acerca de los pueblos circundantes, las reacciones emocionales las hacen enormemente subjetivas y, por tanto, poco fiables.

8. La continuidad de los pueblos y las naciones es un bien escaso e invariablemente perecedero. Las situaciones de asimilación cultural y de aniquilación étnica se producen a miles. De la Gran Yugoslavia de Tito no han quedado más que pedazos con distintos nombres. Roma fue un gran imperio, quedando reducido a algo más que una ciudad tras la invasión de los bárbaros. Los celtas se desperdigaron por Europa occidental, siendo asimilados por otros pueblos más agresivos. Castilla fue un reino poderoso pero su expansión diluyó su propia identidad. La gran isla de Guinea fue partida en dos; la sección oriental se convertiría en una estado independiente -Papúa Nueva Guinea- bajo la vigilancia de Australia, pero la occidental -Irian Jaya- cayó en manos de Indonesia, cedida por Holanda. Los centenares de grupos étnicos que configuran la antigua Guinea en su vertiente occidental siguen organizados en aldeas, tal vez ignorantes de que el día de mañana pueden aspirar a levantar la Gran Guinea. Y si eso ocurriera, volvería a plantearse una nueva batalla a favor y en contra de la diversidad, siendo un complejo territorio con más de 900 especies étnicas.

9. La religión es uno de los componentes culturales más resistentes al cambio y el que mejor se presta a recibir la atención de un grupo social homogéneo. Las instituciones religiosas y los estados confesionales la vienen utilizando como refuerzo de sus propios planteamientos políticos. La iglesia armenia está claramente apartada de la griega o de la búlgara, siendo las tres versiones escisiones del mismo tronco cristiano nacidas como respuesta a los movimientos de renacimiento nacional. Sin embargo, por su propia naturaleza, la religión tiene como objetivo final extenderse sobre la humanidad como una sombra gigantesca sin distinción de razas o clases sociales, lo que la convierte en una manifestación impropia de una nación en el sentido más estricto de la palabra.

10. La organización política implica a los partidos en la construcción de una comunidad cuyos componentes internos -étnicos, lingüísticos, religiosos, culturales, económicos y sociales- deben alcanzar un elevado grado de consistencia. Las posibilidades de armonizar estas variables, basándonos en los datos que proporciona la historia, no dejan demasiado margen para el optimismo. El modelo de Moldavia -país semi-artificial sometido durante siglos al vaivén de los poderes hegemónicos- produce el abatimiento más absoluto entre quienes buscan una alternativa a la tradicional distribución de la Humanidad.

La Unión Europea: un campo de batalla para las lenguas

La fusión de los estados europeos resuelve algunas cuestiones fundamentales para su desarrollo económico y, acaso, político. Pero el euro-nacionalismo tiene una doble lectura: o bien responde a una inclinación antinatural en las especies biológicas -la pérdida del instinto de conservación y la adopción de una estrategia alienante y suicida que lleva a la dilución de los rasgos individuales y colectivos-, o bien es la expresión de un deseo romántico aislacionista, proteccionista y ultranacionalista respecto de otras comunidades. Los ingleses se enorgullecen de haber practicado esta clase de filosofía endocéntrica y escasamente altruista -“Somos europeos, pero no formamos parte del continente”-, provocando reacciones contradictorias que van de la anglofobia a la veneración de la anglofonía.

     Hay en el aire asuntos de enorme complejidad y de inimaginable realización, puesto que pertenecen a la herencia histórica: la reagrupación de las creencias religiosas, las manifestaciones culturales y los hábitos lingüísticos de las distintas comunidades. Ningún país miembro o en fase de integración se ha propuesto renunciar a sus tradiciones, ni siquiera recapacitar acerca de unos aspectos tan formales como la aceptación del alfabeto romano para mitigar el síndrome de Babel. El ejemplo de Turquía, tras la reforma educativa de Mustafá Kemal, Atatürk, que atacó el analfabetismo adoptando un alfabeto neolatino de 29 letras en sustitución de las 482 combinaciones de letras del arábigo, produciría enormes desgarros emocionales en Grecia, con su milenario sistema alfabético, y en los países de la Europa central y oriental que se expresan en cirílico -alfabeto reciente, ideado hace dos siglos y medio-. Si un simple diacrítico, como es la tilde de la ñ castellana, mantiene movilizados y en pie de guerra a todos los académicos y políticos de su ámbito lingüístico para evitar su desaparición de los teclados de ordenador, qué no provocaría la reducción del alfabeto armenio -un híbrido bajomedieval del pehlvi, el griego y el siríaco, con 38 caracteres- si parte de esa etnia sin fronteras políticas definitivas permanece engullida en el vientre de Turquía y se ve arrastrada al seno de la Unión Europea.

La verdad es que todos los alfabetos existentes en el mundo, sin contar, lógicamente, los ideogramas chino-japoneses, son el resultado de la evolución del semítico y del griego, y cabe pensar que, si han sufrido cambios formales importantes en algún momento de su historia (compárese el griego, el árabe y el cirílico), por la misma razón ninguno tendría que haber alcanzado aún su configuración final. Pero nadie parece creer que eso sea así; por el contrario, se tiende a generar sistemas estables destinados a comunidades específicas con lindes lingüísticas, políticas y geográficas propias, y nunca termina de cumplirse el deseo utópico de un alfabeto y una lengua comunes para todos los ciudadanos europeos. En Rumania, país sin tradición literaria en la lengua natural de sus habitantes -apenas un siglo-, el francés seguiría hoy llenando el espacio de la educación y la cultura de no haberse torcido la orientación política y despertado la conciencia nacional. Numerosos europeos piensan en el inglés como lengua franca del futuro, aunque se percibe la incipiente competencia de otros modelos lingüísticos como el alemán y el francés en virtud del vigor de la naciones que los cobijan.

Sin embargo, el atlas lingüístico europeo es extremadamente complejo: según el Etnólogo (1996) hay aproximadamente 460 lenguas, de las cuales se hablan 193 en los países miembros activos de la Unión Europea -zona del euro- o próximos integrantes de ella (22 variedades en Alemania, 8 en Austria, 5 en Bélgica, 7 en Dinamarca, 14 en España, 10 en Finlandia, 27 en Francia, 13 en Grecia, 6 en Holanda, 12 en Inglaterra, 4 en Irlanda, 33 en Italia, 3 en Luxemburgo, 10 en Noruega, 6 en Portugal, 10 en Suecia)- y un número elevado e indeterminado de patois, o derivaciones regionales, sin olvidar los distintos lenguajes de signos para sordos. Muchas de ellas se enseñan en los colegios y universidades y las menos afortunadas, por falta de oficialidad, pueden aparecer en algún tipo de publicación. Lo más destacable es que bastantes comunidades conservan una elevada conciencia de su habla como diferente a la de los pueblos vecinos, lo que contribuye a desorientar a los expertos a la hora de decidir si se trata de una lengua o de un dialecto. Búlgaros, croatas y serbios, valencianos, mallorquines y catalanes, si quieren -lo cual no siempre ocurre-, se entienden sin grandes problemas, dada la proximidad de sus sistemas lingüísticos. Pero en otros casos en los que se daría por descontada la mutua inteligibilidad entre dialectos de la misma familia, como entre el croata que se habla en Croacia y el que se habla en la región de Burgenland (Austria), o entre el overwart austriaco y el húngaro estándar, la realidad es muy diferente. Nadie duda que en Italia se habla italiano, pero un urbanita milanés tendrá dificultad en comprender el vernáculo de sus hermanos napolitanos.

Al mismo tiempo, dos comunidades separadas por una línea divisoria natural o artificial (un río, una montaña, un puesto aduanero) son capaces de preservar durante siglos la identidad de sus respectivas lenguas con escasas filtraciones. Basta recorrer algunos pueblos fronterizos de Alemania y Francia, o pasar de un cantón suizo a otro donde se hablan dialectos del alemán no siempre inteligibles entre sí, para comprobar la lealtad de sus habitantes al legado de sus antepasados. Por otra parte, pueblos sometidos al dominio de otras etnias -lo que sucedió, por ejemplo, con los polacos de principios de siglo sujetos al yugo prusiano- se defienden a codazos y con igual entusiasmo ante la presencia de etnias menos agraciadas -aquellos mismos polacos respecto de los rusos blancos y los lituanos-. Cuando los turcos se marcharon de Transilvania, dejándola en manos de los húngaros, la población de habla rumana permaneció subordinada a la nueva clase magiar. Los Balcanes despiertan la atención de los filólogos ante el mosaico lingüístico que cubre su geografía. En Grecia sobreviven pequeños pero resistentes círculos de hablantes de arvanítico (albanés), búlgaro, póntico (griego antiguo retornado de Georgia), rumano, romaní, eslavo (macedonio), tsakonio (variante griega de los pastores) y turco. Por encima de ellos reina el griego moderno (también llamado neo-helénico), lengua que empuja a las anteriores y que, a su vez, es aplastada en Turquía, donde se hablan otras 34. Si alguna vez logra Rusia entrar en la Unión Europea, traerá consigo 56 lenguas y una lista interminable de dialectos.

Nadie es capaz de adivinar cómo será el mapa lingüístico de Europa dentro de cien o doscientos años. De momento en Europa lo que de verdad se oye y a lo que hay que prestar especial atención es el forcejeo de las lenguas minoritarias para ocupar un sillón en los despachos oficiales en las mismas condiciones que las mayoritarias. Podemos, sin embargo, aventurar la opinión de que las lenguas más fuertes -es decir, las más funcionales y útiles y, sobre todo, las que acompañan al poder- se impondrán a las más débiles, y que los ojos de los guardianes de los sistemas normativos se mantendrán fijos en la lengua escrita como meta final, aunque, a menos que enmudezcan los hablantes, será inevitable su lento pero constante resquebrajamiento.

En cuanto a la búsqueda de un sabir universal, una lengua auxiliar que ocupe el espacio de las otras lenguas, es mejor confiar en el instinto de los propios hablantes; las decisiones siempre las toman ellos con el uso. La aparición del volapuk y, muy especialmente, el esperanto a finales del siglo XIX dio paso a un considerable impulso político para encontrar una puerta abierta a la comunicación sin fronteras, si bien, tras la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de Naciones se negó cicateramente a admitir el esperanto como lengua oficial. En 1954 la UNESCO reconoció su interés como vehículo comunicativo y los esperantistas siguieron con su labor de difusión de la lengua mediante traducciones de los escritores clásicos y modernos -entre ellos Dante, Tolstoi, H.G. Wells, Cervantes y Blasco Ibáñez-. Cien años después de su nacimiento el esperanto sigue vivo gracias a sus adeptos, aunque con escasas posibilidades de ser admitido por la burocracia europea. El europanto, de reciente creación, se debe tomar como una broma. Se trata de un híbrido del francés, el alemán, el español, el inglés y el italiano ideado por un intérprete del consejo de ministros de la Unión Europea. Puesto que las reglas gramaticales han sido reducidas al mínimo, el resultado no puede ser más chungo: “Poor Regina Elisabeth habe spent todo seine dineror in charmingantes hats und pumpkinose carrosses und maintenow habe keine penny left por acquire de Chanpagne dat necessite zum celebrate Prince Charles anniversario op el 14 Novembro.” De este lenguaje y de otros similares nos vamos a ocupar a continuación.

Arquetipos lingüísticos: esperanto, eurolang, balbylon y europanto

En 1990 Mark Fettes divulgó un ensayo titulado “La Babilonia de Europa: ¿Hacia una sola lengua europea?” -por el que recibiría el Premio Maxwell de Estudios Europeos-, partiendo del conflicto, expresado por André Martinet (1989), que supone la elección entre una lengua artificial como el esperanto y una lengua hegemónica nacional como el inglés. En principio los argumentos a favor de una y otra parecen incompatibles entre sí, teniendo en cuenta la dimensión cultural, política y sicológica de toda lengua viva y las limitaciones de una lengua que carece de una base social, pero la aportación de Fettes es esclarecedora para conocer el papel de las lenguas en el proceso de fusión de los países europeos.

Cualquier idioma se puede aprender en cualquier momento y por cualquier motivo, pero una lengua natural es una adherencia inseparable del individuo y de la comunidad en que se ha criado y forma parte de una red de conexiones selladas con un contrato de mutuo reconocimiento. Los pensadores más optimistas ven en Europa un lugar de encuentro cultural con numerosos puntos de soldadura, mientras que los más pesimistas no tienen que esforzarse demasiado para señalar las enormes fracturas y cicatrices que surcan el viejo continente. Conocedoras de esta situación, todas las instituciones políticas de la Europa comunitaria han aceptado formalmente el plurilingüismo y la diversidad cultural. Promover un vehículo lingüístico común obliga a tomar decisiones en torno a una lengua concreta, en detrimento de la propia. Los programas de intercambio escolar y universitario de la Unión buscan precisamente fomentar la movilidad y el enriquecimiento cultural y lingüístico de la población in situ, utilizándola de paso como vehículo de propagación de los valores domésticos. Por su parte, las élites políglotas se mueven con absoluta comodidad por los pasillos donde se toman las decisiones políticas y, por consiguiente, no sienten ninguna necesidad de aprender una de las lenguas artificiales -esperanto, europanto, eurolang, interlingua, balbylon 21- que aguardan pacientemente a que les llegue el turno. Pero es que el resto de la población europea -la inmensa mayoría-, tampoco siente necesidad de aprender una lengua extraña, sea natural o artificial, excepto por razones oportunistas, y si alguna ha de aprender, raramente pondrá sus ojos y sus oídos en una lengua artificial cuyas funciones comunicativas parecen quedar limitadas a un escueto intercambio de información. En todo caso hará presión sobre sus representantes en el Parlamento europeo para que traten de ganar terreno para sus lenguas nacionales o regionales.

Esperanto

El pragmatismo económico, según Fettes, es el motor del monolingüismo, Eso le lleva a calcular las ventajas de un sistema lingüístico transnacional, sin vínculos afectivos, aceptado por todos y capaz de ejercer las funciones comunicativas de cualquier lengua nacional en el ámbito escrito y verbal, así como de “transmitir el pensamiento europeo de forma satisfactoria para todos los hablantes.” Por un lado, el inglés es un firme candidato a ocupar el sillón preferente de la UE, por ser la lengua natural de más de 300 millones de personas en todo el mundo y la segunda lengua de otros miles de millones, como resultado de la expansión colonial y el imperialismo económico de Inglaterra y Estados Unidos. Y, por otro, se asoma tímidamente el esperanto, un idioma opcional que, según Richard Wood (1987), se mantiene alejado de etnias y territorios y no supone ninguna amenaza para la supervivencia de las demás lenguas, como lo es el inglés para el céltico o el español para el euskera o las lenguas indígenas de América Latina. No obstante, las demandas de los distintos países que forman parte de la UE para elevar el rango de sus respectivas lenguas, sin olvidar sus lenguas intranacionales, están guardadas en una carpeta a la espera de mejores tiempos. Irlanda, Luxemburgo, Alemania, Francia, España, Portugal, Dinamarca, Finlandia, Bélgica y Holanda (por lo que hace al neerlandés), Italia y, finalmente, Noruega y Suecia, cuando estas últimas se adscriban a la unión monetaria, no van a permitir que sus lenguas se queden en un simple reconocimiento oficial. Sólo Inglaterra se cruza de brazos para que las cosas sigan como están, a sabiendas de que la inmensa mayoría de los escolares y universitarios europeos estudia inglés; que muy pocos adoptan el alemán, el francés, el español o el italiano; y que casi nadie tiene opción de aprender flamenco, gaélico, sueco, danés o portugués, como no sea en los países de origen.

Fettes, cuya inclinación hacia el esperanto es manifiesta, cree que el inglés está cediendo paso a las lenguas nacionales fuera del contexto europeo. Pero eso no es así, ni mucho menos; por el contrario, el inglés se extiende por encima de las fronteras y los regímenes políticos, se multiplican las versiones locales de esta lengua y hasta se normalizan algunos de sus dialectos híbridos con el fin de aliviar la maravillosa, pero inmanejable, diversidad lingüística de países como la India (850 lenguas), Papúa Nueva Guinea (826), Nigeria (478), Camerún (282), Estados Unidos (176) o Filipinas (168). Además, el inglés se halla perfectamente acomodado en lugares como Holanda y Suecia, si bien sus funciones se reducen a la referencial y anda lejos de abrirse paso en un nivel artístico y creativo, excepto en el mundo académico. Claro que ese parece ser el destino y las limitaciones de toda lengua de contacto. Cuando un alto funcionario italiano sale de una larga reunión con sus colegas de Bruselas, con quienes se entiende en inglés, y se dispone a hablar por teléfono con su esposa, que se ha quedado en Palermo, ¿en qué otro idioma va a hacerlo que no sea el siciliano? Ese es su vernáculo, el idioma de su corazón y de su estirpe, una lengua que ha adquirido consistencia en virtud de la transmisión generacional.

En los años 50 había en Zaragoza una conocida familia cuyos miembros tenían por costumbre hablar en español (la lengua del padre), en letón (la lengua de la madre) y, como complemento, en esperanto (la lengua de todos y de ninguno en particular). La situación era excepcional para la época y el lugar, pero hoy también seguiría siéndolo, porque el esperanto nunca ha sido la lengua de una comunidad, sino de un microcosmo selecto y singular, frío y académico. Los argumentos de los esperantistas se basan en su accesibilidad para todo tipo de personas, con independencia de su preparación metalingüística, y en su neutralidad política y socio-étnica. Aprender esperanto requiere un esfuerzo diez veces inferior al que se destina al aprendizaje de una segunda lengua natural. Teniendo en cuenta, además, su identidad transnacional y, por consiguiente, sin relaciones de poder o sumisión, en principio reúne todas las ventajas para su aceptación a escala global. Sin embargo, resulta sorprendente que, a pesar de su probada capacidad de resolución de cualquier episodio comunicativo y su notable enriquecimiento con un extenso repertorio léxico y una sólida literatura, el esperanto no sólo no ha ocupado el sitio para el que estaba destinado, sino que incluso ha visto frenada su carrera por toda clase de trabazones, especialmente bajo regímenes despóticos como el del Tercer Reich y el de Stalin.

No es posible, o no podemos entender, sin embargo, que la difusión del esperanto suponga una merma en el ejercicio de las lenguas y las culturas de las naciones y que exista una conspiración universal para impedir que ocupe su puesto. “El esperanto”, escribe Diego Marani (1998a), promotor de una nueva lengua, el europanto, de la que hablaremos más adelante, “fue la respuesta al problema de la existencia de lenguas diferentes, una herramienta diseñada para facilitar la comunicación entre personas de distintas culturas. Pero en un mundo en el que nos vemos obligados a aprender la lengua del más fuerte para sobrevivir, no hay espacio para una lengua artificial supranacional que pone a todo el mundo al mismo nivel. El inglés ni es artificial ni neutral; pertenece a una cultura determinada y expresa los valores de tal cultura.” Las palabras de Marani suenan a broma, acaso porque esconden un punto de ironía, pero lo cierto es que una buena parte de la población mundial -de China a Méjico y de Laponia a Argentina- parece encontrar enorme satisfacción en imitar los valores de la cultura anglosajona, incluyendo su lengua. Con esta perspectiva, pierde interés uno de los activos fundamentales del esperanto: su neutralidad cultural, que impide que los hablantes vean reflejados sus rostros en el espejo donde se quieren mirar.

Hay otros supuestos que juegan simultáneamente a favor y en contra del esperanto como lengua de utilidad universal: su sedimento lingüístico indoeuropeo lo hace teóricamente accesible al 50 % de la población mundial, aunque en la práctica sus distintos componentes morfosintácticos y fonológicos son absolutamente irreconocibles para las personas que carecen de una preparación metalingüística o de una especial disposición a aprender esa lengua. Por otra parte, los esperantistas todavía discuten acerca de la naturaleza proteica de su lengua o, por el contrario, su carácter estable y, por tanto, fiable. Los sistemas naturales mantienen una estructura rígida y poco manipulable; hacen falta siglos para que se produzcan movimientos que afecten a sus bases fundamentales, aunque algunos de sus componentes sí están expuestos al cambio radical. El argumento de que el esperanto no tiene límites de ninguna clase -sean políticos, geográficos, demográficos, socio-étnicos y lingüísticos- acaso incremente el optimismo de sus adeptos, que siguen sin renunciar a su espíritu misionero y premonitorio de los peligros que amenazan la supremacía de la lengua inglesa o la de sus alternativas como el chino, el japonés y el español; pero no contribuye demasiado a ganar la confianza de sus potenciales clientes, acostumbrados a una lengua en la que pueden reconocerse a sí mismos, a sus antepasados, sus congéneres, sus vecinos, sus amigos y sus enemigos y muy poco inclinados a aceptar un idioma que nació exclusivamente para ayudar a la humanidad a traspasar las barreras de la incomunicación y facilitarle, con su filosofía pragmática y racionalista, el ejercicio de la igualdad, la fraternidad y la universalidad.

Lo que hemos dicho hasta aquí acerca del esperanto nos sirve igualmente para el resto de las lenguas artificiales de las que se tiene noticia -unas setenta en total-, la mayoría de las cuales han tenido o van a tener una corta vida. Nos referiremos a continuación a tres sistemas de reciente construcción: eurolang, balbylon 21 y europanto.

Eurolang

Eurolang, en palabras de su creador (Philip Hunt 1995), “est desineda estar facila lernar par persons qui parle ocidenta Europa langs. Lernavanta persons probablae pos lernar it in week-fini, suficientae bonae que los pos lectar journals qui est scribeda in Eurolang” (Eurolang está pensada para ser aprendida fácilmente por personas que hablan lenguas europeas occidentales. Una persona instruida debería aprenderla en un fin de semana, lo suficiente como para leer los periódicos escritos en eurolang). Por “persona instruida” Hunt entiende una persona con formación universitaria. El inventor recurre al latín, el francés, el español, el italiano, el alemán y el inglés como principales lenguas lexificantes, reduciendo la morfología al límite de lo posible y manteniendo, en cambio, una estructura sintáctica propia de las lenguas románicas, aunque bastante compleja, como se desprende de sus oraciones subordinadas. Su inventor está a punto de completar la gramática del eurolang y su vocabulario básico. “Dada la simplicidad de eurolang, los aspectos importantes de su ortografía y gramática se pueden escribir en una hoja de tamaño DIN A4.” A fin de divulgar su lengua y ofrecer un material que garantice su puesta en marcha, Hunt ofrece una “Referencia rápida a eurolang”, que sirve como gramática, una guía de autoaprendizaje -“Lernu Eurolang!”-, un diccionario y diversos textos escritos en tal lenguaje. Uno de sus presuntos colaboradores, Christopher Zervic, pone una página web a disposición de los curiosos.

Balbylon 21

Balbylon 21 es una asociación que ha iniciado la promoción de una lengua del mismo nombre llamada a convertirse en la lengua del siglo XXI. Se trata de una lengua sintética que combina diversos elementos léxicos y gramaticales de otras lenguas. La razón de su existencia es que, según sus autores, las actuales lenguas han llegado a su límite productivo. “Después de los autores clásicos es difícil decir algo original.” Ello requiere la introducción de una lengua que ofrezca mayores garantías de perdurabilidad y de expansión. Una forma de conseguirlo es combinar las palabras de diferentes lenguas “de la misma manera que usamos el producto directo en matemáticas para formar objetos complejos a partir de los simples.” Las lenguas forman redes léxicas y cada palabra está vinculada a imágenes y emociones. Los enlaces entre las palabras de varias lenguas suponen una parte pequeña en comparación con las conexiones internas de cada lengua. Así que Balbylon 21 se propone crear numerosos enlaces entre las distintas lenguas para formar una superestructura tridimensional que excederá las dimensiones de cualquier lengua individual. Ello requiere “la participación de mucha gente, siendo el primer paso ofrecer variados ejemplos, mostrar sus posibilidades y motivar a la gente para que se interese por este juego.” Balbylon 21 inicia su andadura con una serie de conjuntos, a modo de islas, tomados de dos o tres lenguas. Poco a poco irán creciendo las islas y penetrándose mutuamente. Finalmente, en un futuro lejano, los entusiastas extraerán ejemplos de lenguas menos conocidas, en especial de las que figuran en el “libro rojo” de la UNESCO -lenguas en peligro de extinción-. Los promotores de Balbylon 21 terminan con una referencia bíblica: “En un punto determinado de la historia de la humanidad, Dios decidió en Babilonia crear numerosas lenguas diferentes. Ha llegado el momento de iniciar el proceso contrario: hacer una de muchas.”

La llamada de Balbylon 21 parece salir de un púlpito; no sabemos si tomarla en serio o se trata de una broma, puesto que existen numerosas iniciativas con principios similares. Lo único que ofrece, de momento, es un simple listado de expresiones y agrupaciones léxicas, así que nos limitaremos a seguir el consejo de la asociación: esperar a ver qué pasa con este lenguaje tan primitivo.

Europanto

La apuesta de Diego Marani (1998b) con su europanto va por otros derroteros. En si no es una lengua, sino “una provocación lingüística”, puesto que carece de reglas gramaticales y de una estructura propia -en todo caso se aproxima a la de la lengua inglesa-, extrayendo su léxico de las lenguas más habituales con una raíz común (por ejemplo, del latín, como juvenile, joven, jeune, juventus, giovane) o eligiendo palabras que pertenecen al patrimonio universal (amigo, muchacha, bazooka, blitzkrieg, chili-con-carne, coiffeur, kaputt). Resulta, pues, imposible describir el sistema sobre el que se sustenta el europanto: no existe tal sistema. “Es una mezcla de palabras y estructuras gramaticales tomadas de distintas lenguas comprensible para cualquiera que posea una cultura media y un conocimiento básico del inglés. Ni es una lengua ni pretende serlo, al menos por el momento.” Intentar describirlo en su actual estado amorfo es “como plantar una semillas y pretender sacar una fotografía del árbol.” Hay que ver cómo se desarrolla la lengua antes de empezar a analizar sus reglas. Todo lo más a que se puede aspirar es a que las personas se entiendan sin necesidad de recurrir a una lengua franca.

Los académicos, desconfiados por naturaleza, se preguntarán: si el europanto no es un sistema, si no viene respaldado por reglas reconocibles por todos, la comunicación es impracticable. Y, sin embargo, el éxito del europanto estriba de su anárquica configuración: cada hablante elige los componentes de su propia lengua que intuye como universales y los une a su inglés, o alemán, o francés, o español, o italiano básico, tratando de hacerlos comprensibles a un extranjero; el resultado es una lengua impura, macarrónica, descerrajada y absolutamente arbitraria, tan simple que no hacen falta gramáticas ni diccionarios para descifrarla. Sirva de ilustración la siguiente carta dirigida a Marani por una psicóloga:

“Eu am enchantata della creazione of diese neue lengua. I laugh sem arrêt, es ist irrésistible,tiene tellement des recursos, that everybody has to EuropantoTM sprechen. J´adore hablar und thinkear ohne preoccupazione alguma. Adelante gehen et thanks!”

Veamos también la siguiente cita, con sorpresa incluida:

“Alle dieci et demie war ich in templo. Posteà chès le signore von Mayrn, post prandium la sigra Chatherine chès uns, wir habemus joués colle carte de Tarok, à sept heur siamo andati spazieren in den horto aulico. Faceva le plus pulchra tempestas von der Welt.”

Se trata de unas observaciones presuntamente escritas en 1780 por Wolfgang Amadeus Mozart en el diario de su hermana y reproducidas en agosto de 1998 en el periódico La Reppublica por un periodista que calificó el texto como “multilingue e intraducibile”. Cualquier europantista sabría inmediatamente a qué se refería el joven Mozart con semejante anotación.

Marani trabaja de intérprete en el Secretariado general del Consejo de Ministros de la Unión Europea en Bruselas y debe tener mucho tiempo libre para dedicar sus esfuerzos a tan insólito proyecto, que le lleva a escribir regularmente en la revista semanal belga Le Soir Illustré. En Nueva York se acaba de representar una obra teatral en la que uno de sus personajes se expresa en europanto, redactado por el propio Marani. Y el 6 de enero de 1999 se inició en París la publicación (Ed. Fayard) de una serie de relatos que narra ”Las adventures des inspector Cabillot”, “eine collection des novas, rocambolantes, exilarantes adventures des primero europantofono polizero in der mundo!”. Marani se confiesa bufón más que lingüista profesional, incapaz de disecar la esencia de su creación o siquiera de componerla y siguiendo su propio instinto, sin reglas ni prescripciones. El eco de su actividad ha sido ampliamente recogido por sus admiradores a través de internet o por los medios de comunicación más prestigiosos, como la BBC, el National Post (Canadá), Le Temps (Suiza), la cadena de televisión francesa FR2, The Sunday Telegraph, Montréal Gazette, Sydsvenska Dagbladet (Suecia), Pour la Science y las ediciones electrónicas de The New York Times y La Repubblica (Italia).

Marani no es tonto ni pretencioso. Su lógica nace del hecho de que, siendo el inglés una lengua de universal aceptación, todo el mundo trata de aprenderla. Sin embargo, el producto final no es el inglés natural de los ingleses, americanos, canadienses o australianos, sino una versión bastarda y desnaturalizada por obra de la incompetencia lingüística y las aportaciones de los hablantes no nativos extraídas de sus propias lenguas maternas; un dialecto reconocible por todos, incluso por los nativos anglohablantes, a pesar de sus múltiples desviaciones de la norma. No es difícil imaginar a un grupo de participantes en una feria internacional -chinos, tailandeses, bostwanos, mejicanos, egipcios, turcos o rumanos- obligados a hablar entre sí en un inglés frustrante y poco competitivo, aunque utilitario y lo suficientemente comprensible como para llevar a cabo complejas transacciones comerciales.

El proceso no acaba ahí. Marani propone internacionalizar el inglés aislándolo de la cultura angloamericana. Puesto que no es posible competir con él, el objetivo es su implosión, su destrucción desde dentro inundándolo con toda clase de barbarismos. El efecto del europanto sobre el inglés, según la BBC, es el de “un virus lingüístico.” Marani se siente tranquilo. “Lo peor que puede ocurrir es que su nivel de inteligibilidad se mantenga como está.” Pero si el hablante recurre a palabras de su propia lengua y logra que otros le entiendan sin gesticular demasiado, el beneficio es común. Ese es el mecanismo que mueve los engranajes del europanto. El inglés se convierte así en una especie de crucigrama cuyos huecos hay que ir rellenando con préstamos de otras lenguas. Si los hablantes son germánicos, sus recursos serán germánicos; si son latinos, los suyos procederán de las lenguas románicas. Cabe pensar, pues, que no habrá un solo europanto sino varios; al menos una variante germánica y otra románica. Con el tiempo se llegará a un europanto universal compuesto por ambas.

La ventaja del europanto respecto de cualquier otra lengua, incluso respecto del esperanto, es que no hace falta estudiarla. Puesto que su ortografía prescinde de toda clase de símbolos improductivos, el usuario aprovecha sus propios conocimientos lingüísticos para interpretar adecuadamente lo que lee y hacer comprensible lo que escribe. Sólo queda “europantizar” el vocabulario, es decir, recurrir en la medida de lo posible a un léxico reconocible por casi todos, palabras que, como hemos indicado arriba, pertenecen al acervo común o que comparten la misma raíz. “La lista de palabras de distintas lenguas que se han hecho internacionales es en estos momentos bastante larga y podría constituir la base del vocabulario del europanto.” Respecto a la pronunciación, Marani prefiere mantenerla en cuarentena, esperando que sean los propios hablantes los que señalen sus preferencias con el uso.

Nos parece interesante observar de cerca el europanto a través de un texto escrito para lectores belgas, es decir, en su variante germánica con algunos componentes románicos, y analizado por el propio Marani:

Aquello augusto postmeridio, Cabillot was in seine officio un crossverba in europanto solvente. Out del window, under eine unhabitual sun splendente, la city suffoqued van calor. Zweideca vertical: "Esse greco, esse blanco und se mange", quatro litteras. Cabillot was nicht zo bravo in crossverbas. Seine boss le obliged crossverbas te make ut el cervello in exercizio te keep, aber aquello postmeridio inspector Cabillot was mucho somnolento. Wat esse greco, esse blanco und se mange? tinqued. May esse el glace-cream? No, dat esse italiano aber greco nicht. Cabillot slowemente closed los eyos und sich endormed op seine buro. Der telefono ringante presto lo rewakened.

"Hallo-cocco! Cabillot parlante!"

"Aqui Capitan What! Come subito in meine officio!"

"Yesvohl, mein capitan!" responded Cabillot out van der door sich envolante.

Capitan What was muchissimo nervoso der map des Europas op el muro regardante und seine computero excitatissimo allumante.

"Cabillot! Nos habe esto messagio on el computero gefinden! Regarde alstubitte!"

“El participio presente”, escribe Marani, “tiene una morfología latina (solvente, splendente, ringante, regardante, envolante, allumante), que resulta universalmente comprensible y a la vez productiva, puesto que también se puede formar a partir de un sustantivo. El superlativo “issimo” procede igualmente del latín, pero resulta bastante inteligible para los hablantes germánicos. Los verbos auxiliares “have” y “be” se han transformado para el presente en “esse” y “habe”, de base claramente latina, mientras que para el pasado se usa la forma inglesa “was”. Numerosas preposiciones y formas posesivas son préstamos de las lenguas germánicas (und, van, on, op, aber, meine, seine, sich), mientras que se produce cierto solapamiento de artículos y pronombres germánicos y románicos (nos, el, esto, lo, del, dat, der). El pasado de los verbos se forma mediante el sufijo inglés “ed”, incluso el de aquellos verbos que han sido “europantizados” (rewakened, responded, suffoqued, tinqued, endormed). Algunas formas de los verbos irregulares ingleses mantienen su irregularidad en europanto a fin de hacerlas más fácilmente reconocibles, mientras que el verbo inglés “find” se “europantiza” en “gefinden” en el participio pasado añadiendo la forma del pasado germánico a la raíz inglesa. “Yesvohl” y “alstubitte” son dos ejemplos de interjecciones que, aunque están formadas con la mezcla de dos lenguas germánicas, también las pueden entender los hablantes de lenguas románicas. El europanto recibe las palabras más productivas y transparentes de cada lengua, “europantizándolas” siempre que se puede. Por ejemplo, la palabra “unhabitual” [en español, inhabitual] recurre al prefijo privativo inglés “un” para crear una palabra que no es inglesa, sino puro europanto.”

Dejamos aquí a Diego Marani, deseándole suerte con su europanto, el sistema de comunicación más irregular de cuantos han recorrido la geografía del planeta. Acostumbrados como estamos a variantes amestizadas del inglés como el tok pisin de Papúa Nueva Guinea, el kreyol haitiano o el rasta jamaicano, el europanto no puede sorprendernos, ya que los principios de hibridación son básicamente los mismos para todos los idiomas del mundo. La diferencia que marca el europanto es que no nace de la espontaneidad sino de la planificación, aunque ésta se haya realizado a ritmo de jazz. Al fin y al cabo, lo que importa es entenderse: "Hablemos libremente”, exclama Marani, “y si lo que sale resulta comprensible, entonces hemos llegado a la meta.”

Conclusiones

 Lo arriba expuesto ha sido un intento de exponer la filosofía subyacente de los tres movimientos que merodean por la Unión Europea:

1) El inglés, lengua única para acabar con Babel, eliminar las costosas e ineficaces directivas sobre el plurilingüismo y dar paso al triunfo del cosmopolitanismo y el imperialismo anglosajón, a costa del genocidio cultural y la uniformidad lingüística en su más pura concepción orwelliana.

2) Una lengua artificial que supere las limitaciones y las desviaciones de la identidad cultural, política e intranacional, es decir, de un nacionalismo y un regionalismo retrógrados.

3) Una ecología cultural y lingüística (“une Europe des peuples, des cultures et des langues”), que garantice la nivelación de los derechos lingüísticos de los estados miembros, pero que puede fomentar el separatismo como involución respecto del unionismo.

La actual política oficial de la UE parece asentarse en una visión de pluralismo y diversidad, tal y como expresa la Sociedad de Información Multilingüe (Multilingual Information Society-MLIS) en su Plan de Trabajo para los años 1996-1998.

Es muy improbable que en las próximas décadas se produzca un cambio radical de actitud por parte de los distintos países y en la legislación de la Comunidad Europea.

Notas

 

1 ”Gibt es ein europäisches Kulturbewusstsein?”. Conferencia pronunciada en Munich, 1953. Reproducida como “¿Hay hoy una conciencia cultural europea?” en Europa y la idea de nación.

2 Citas en Tortosa (1993).

 

Referencias

 

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Última actualización: 2 de octubre de 2010
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