ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

http://www.etnografo.com

 

Francia

 

     En la historia moderna, Francia ha sido uno de los países más poderosos e influyentes de la tierra y, como tal, una cámara de horrores y una fuente de glorias dentro y fuera de sus fronteras. En 1402, Jean de Bethencourt procedió a convertir al cristianismo a los guanches canarios después de ocupar sus tierras. Aquel episodio fue el anticipo de un período de expansión francesa siguiendo el ejemplo del imperio colonial español. En 1523 Verrazano se acercó a las costas del Atlántico Norte de América; diez años después Jean Cartier remontó el río San Lorenzo abriendo una vía de penetración que culminó con la fundación de Québec y Montreal, que pronto se convertirían en poderosos focos de resistencia ante el avance del protestantismo en América. Richelieu extendió sus brazos hasta Guyana, Senegal y la Isla de Reunión, en el Indico. Madagascar también estuvo en el punto de mira de los colonizadores franceses. Pero la incompetencia política de la monarquía francesa y su régimen feudal fueron la causa de la cesión, en 1763, a Inglaterra y España de sus extensos territorios en Canadá, la India y Louisiana. Los franceses, sin embargo, contemplaron esta pérdida como una bendición, calculando los elevados costes que suponía para la metrópoli la conservación de un imperio marítimo.

     Por su posición geográfica, el terreno de expansión natural de Francia ha sido Europa, y así lo interpretó Napoleón. La entrada del país en Argelia fue motivada por los interminables actos de pillaje de los argelinos sobre las costas de Francia. Sin embargo, a mediados del siglo XIX se reactivó el débil impulso colonial francés ampliando las fronteras de Senegal y ocupando el Congo, gran parte de la Polinesia, Nueva Caledonia y Cochinchina. Más adelante formaría un protectorado en Túnez y Madagascar y, en un brusco giro de su política exterior, que comenzó a ver como imprescindible la prolongación de las fronteras naturales para asegurar la robustez interior del país, se reforzaron sus posesiones de Guinea, Costa de Marfil, Dahomey, el Sahara, Túnez, Argelia e Indochina.

     Lo más notable de la política colonial francesa, por su modernidad, es haber sabido crear una red eficaz de infraestructuras civiles y comerciales. En este aspecto superó con ventaja la obra de los españoles en sus antiguos territorios. Paralelamente, los franceses han logrado mantener, a pesar de su diversidad como nación de naciones, un espíritu integral que durante mucho tiempo (tal vez no tanto en nuestros días) ha hecho sentirse cómodos bajo la bandera tricolor y al compás de La Marsellesa a alsacianos, saboyanos, corsos y polinesios, y que la lengua francesa siga siendo, después de tantos años, la segunda lengua de argelinos, tunecinos, marroquíes, senegaleses y vietnamitas y el orgullo de los canadienses. Estudiando los tres modelos coloniales de Francia, Inglaterra y España, se ha dicho que los españoles aplastaron a los indígenas, los ingleses los despreciaron e ignoraron, y los franceses los abrazaron y acariciaron. Por hiperbólica y dolorosa que les resulte la comparación a los dos primeros, tal vez haga justicia a uno de los primeros pueblos que se alzaron contra el despotismo y la esclavitud al grito de libertad, igualdad y fraternidad.

     Hay algo que se suele ignorar: los franceses hablan oficialmente una lengua románica, de la misma familia que el italiano, el español, el portugués o el rumano; sin embargo, el código genético de la mayoría de la población tiene muchos más rasgos celtas y germánicos que mediterráneos. La archiparadoja es que hoy uno de cada diez franceses no es francés, sino extranjero. Por mencionar los casos más llamativos, Pierre Cardin e Yves Montand proceden de Italia; De Gaulle tenía ascendencia germánica; Napoleón era corso; Picasso, el genio universal adoptado por Francia, arrancó de España, y la madre de Albert Camus, nacido en Argelia, también tenía sangre española. De sus 60 millones de habitantes, 750.000 son portugueses, 660.000 argelinos, 500.000 marroquíes, 213.000 tunecinos, 150.000 antillanos, 135.000 turcos, 70.000 armenios y 10.000 vietnamitas. El número de españoles es incontable. Francia es católica, pero uno de cada veinte es musulmán. De cada seis marselleses, uno es árabe. El número de inmigrantes supera los 5 millones.

     Pero si Francia logra mantener un equilibrio como estado centralista, su diversidad lingüística revela una configuración étnica inarmónica, como sucede en tantos y tantos países. Dejando a un lado la distinción entre lengua y dialecto, por la dificultad en definirlos, no siendo éste el lugar adecuado para hacerlo, son 25 las variedades lingüísticas que conviven en Francia, a veces mezcladas, a veces adyacentes. El francés es la lengua habitual de 51 millones de personas en el país, pero también se habla en Canadá (6 millones), Estados Unidos (1,100.000), Israel (40.000) y en distintos lugares del planeta (72 millones), como Bélgica, Suiza, Italia, Haití, Guyana francesa, Mónaco, Austria, África, sudeste de Asia y Polinesia francesa, sobre un total de 124 millones de hablantes en todo el mundo. Es una lengua que recibe toda clase de atenciones de las instituciones académicas para impedir la invasión de barbarismos, sobre todo tecnológicos, a pesar de lo cual está salpicada de toda clase de adiciones históricas y contemporáneas. Ya hemos hablado de los procesos de hibridación de las lenguas* y el francés no escapa a la ley de la evolución de las especies lingüísticas, que garantiza -desafortunadamente para los puristas y afortunadamente para la propia lengua- un cambio progresivo, constante y saludable con independencia de los préstamos. Sus derivaciones dialectales más destacables son el normando, el picardo, el valón, el angevín, el berrichón, el borbonés, el burguiñón, el franco-contés, el gallot, el lorraine, el potevin y el santongeais.

     El alsaciano es una variedad germánica que en Alemania y Austria recibe el nombre de allemannisch y en Suiza schwyzerdütsch. Lo hablan un millón y medio de personas en la región de Alsacia-Lorena, la mayoría de los cuales son bilingües con el francés y una minoría con el alemán. Lo más destacable del alsaciano es su equipaje subdialectal, que supone una gran dificultad para su normativización.

     El auvergnat, con sus subdialectos alto y bajo auvergnat, se emplea en Auvergne, Cantal y al sur del alto Loira. Forma parte de la rama occitana y al parecer existen ciertas distancias entre la variedad del norte y la del sur. El franco-provenzal, con sus correspondencias dialectales daufinés, lionés, savoyardo, valaisiano y vaudois, se hablan en la frontera con Italia, donde también los hablan unas 70.000 personas. El franco-provenzal tiene unos componentes estructurales claramente diferenciados del provenzal, el francés, el piamontés y el lombardo.

     Sin salir de la familia románica, el gascón-occitano lo hablan unos 200.000, de un total de 400.000 que viven en la región de Gascogne, que se extiende desde Médoc a los Pirineos y desde el Atlántico a la costa mediterránea. En Bearn son mayoría los que conocen la lengua, emparentada directamente con el aranés (4.880 hablantes en el valle de Arán, España). El gascón-occitano tiene sus correspondencias dialectales en el landés, el bearnés y el ariégeois. El “Etnólogo” (ed. B. Grimes, 1996), de donde proceden estas cifras y las que siguen a continuación, considera el gascón, el occitano (o languedociano) y el limusín como tres variedades claramente diferenciadas. El languedociano y sus subdialectos bajo, medio y alto tienen escasos hablantes: apenas un 10% de la población rural repartida por Montpellier, Toulouse, Burdeos y Albi. Se ha intentado, sin éxito, promover el languedociano como dialecto normativo para todas las variantes que se hablan en el sur de Francia, a pesar de que sus diferencias con el gascón son notorias; por ejemplo, la ortografía que se emplea en Toulouse es distinta a la de Ron. El limusín o lemosín, en sus formas alta y baja, apenas lo habla un 20% de la población en los alrededores de Limoges, Guéret, Nontron, Correze y Périgord. Tiene algunos rasgos de la lengua de oil. Por su parte, el provenzal recibe mayor atención de sus hablantes; lo hablan unos 250.000 y lo entienden otros 800.000 en la región de Provenza, al sur del Dauphiné, en la ciudad de Nimes. El continuo dialectal del provenzal se prolonga a la región transalpina de Italia (100.000 hablantes) y a Mónaco (4.500), habiéndose identificado distintas variedades subordinadas como el nisardo, el marsellés y las variantes de Toulon, Varois, el gavot y el rodanés, casi todas ellas en situación diglósica ante la presencia del francés, si bien se mantiene abierta la pugna por convertir el provenzal en una lengua literaria. Finalmente, el catalán lo conocen aproximadamente 260.000 franceses, frente a 4 millones en España, 31.300 en Andorra, 22.000 en Italia y 40.000 en Estados Unidos.

     El País Vasco galo, cuya población étnica se estima en 730.000 personas, no tiene la configuración lingüística del País Vasco ibérico. No obstante, 67.500 personas hablan la variante navarro-labourdin y 8.700 el vasco suletino. El navarro-labourdin es el dialecto literario de la mayoría de los escritores vasco-franceses. La diversidad dialectal y subdialectal del euskera impiden la mutua inteligibilidad de sus hablantes.

     El bretón es herencia de los celtas, como el gaélico irlandés, el galés, el escocés y el córnico (de la región de Cornualles), éste último prácticamente extinguido. Hay medio millón de franceses que hablan bretón habitualmente y 1,200.000 que lo conocen, aunque el porcentaje de alfabetizados en tal lengua apenas llega al 25%. A pesar de estas cifras tan favorables, el libro rojo de la UNESCO (T. Salminen, 1996) sitúa al bretón en la lista de lenguas gravemente amenazadas de desaparición. El movimiento nacionalista está en permanente conflicto con el estado francés para que lo imponga como lengua oficial de Bretaña a todos los niveles.

     La movimientos migratorios, la extensión de las fronteras -como en Córcega- o la vecindad con otros países hace que en Francia queden alojados grupos de población relativamente fieles a su lengua natural o que retienen las variantes lingüísticas de su región de origen tras la modificación de las fronteras políticas. Por ejemplo, el flamenco lo hablan 90.000 personas en Westhoek, en la frontera con Bélgica, aunque no está integrado en el sistema educativo francés. El corso se halla ligado a Córcega (280.000 hablantes) y a los residentes corsos en Francia, siendo el dialecto de Ajaccio el más prestigioso. El ligur se habla en Bonifacio, Córcega. El millón de italianos o descendientes de italianos que residen en Francia suelen transmitir la lengua de padres a hijos, como ocurre entre los portugueses, los españoles y los griegos. El shuadi, o judeo-provenzal, se hablaba en Vaucluse y en Avignon, quedando extinguido hace veinte años. Del sarfático, o judeo-francés, tampoco quedan hablantes.

     Hay tres clases de romaní -patrimonio de los gitanos, con independencia de las fronteras políticas que los separan- que todavía se oyen en Francia: el balcánico (10.500 hablantes), el sinte (30.000) y el valaco (10.000), los dos últimos difícilmente inteligibles entre sí. El caló ibero-romaní todavía lo conservan de 10.000 a 20.000 gitanos franceses.

     Por último, los sordos franceses (unos 100.000 en total) emplean un lenguaje de signos ideado en 1752 que fue el primero en ser reconocido en Occidente como lengua, aunque al parecer ya existían sistemas similares en Francia en el siglo XVI. Como ocurre con todos los lenguajes de signos, en cada país puede haber más de uno y la mayoría de los que se emplean en el mundo tienen rasgos distintivos que los separan de los demás. El mismo lenguaje de signos lionés apenas se parece al lenguaje más extendido en Francia.

__________

*En Lengua, etnia y comunicación. Zaragoza: Pórtico, 1998.  


Finlandia Georgia