Emilio García Gómez

 

Genética cultural

 

Se suele relacionar la etnia con la religión, ésta con la cultura, la cultura con la lengua, y todas con la nación, buscando la manera de hacerlas coincidir en un bloque homogéneo con marcas distintivas - individuales y colectivas –, en contraste con los grupos externos.

Nosotros podemos ver que eso no es así, ni lo ha sido nunca ni lo será. Una comunidad cultural, por designarla de alguna manera, es una especie de Atapuerca a lo vivo, un pozo de sedimentación con múltiples capas que han ido posándose a lo largo de las generaciones. En cada capa hay residuos de todas clases y de todas la épocas, de tal forma que es imposible encontrar un parecido entre la capa primigenia y la última. Cuando se intenta analizar la naturaleza del escombro, en busca de la armonía, lo único que se consigue es aumentar la confusión ante la enorme variedad residual.

Los varones albano kosovares, por ejemplo, que viven en territorio serbio, se distinguen por llevar un gorro cónico de lana, como el de los albaneses vecinos. Pero para ser albanés no hace falta llevar el tal gorro, ni siquiera hablar el gheg, ni profesar el Islam, puesto que la zona ha presenciado períodos hegemónicos de ilirios, romanos, bizantinos, visigodos, hunos, búlgaros, eslavos, turcos y albaneses. La suma de a+b+c no da x, sino que x contiene (a), (b), (c) y unos cuantos valores más que también se encuentran en (y) o en (z), sin que (y) o (z) pertenezcan necesariamente al mismo linaje de hombres y mujeres. De esta manera, el concepto político de nación abarca valores diversos e incluso antagonistas, como la presencia en el mismo territorio de lenguas y religiones enfrentadas desde antiguo.

Un caso obvio se halla en el hemisferio sur, junto a África, al este de Madagascar, concretamente en Isla Mauricio, cuya población – indo-mauricios, chino-mauricios, franco-mauricios, criollos – no es originaria de la isla ni habla una lengua vernácula propia del terreno antes de la llegada de los europeos, sino un idioma de importación, como el chino, el hakka (variante china), el hindi indostano, el urdu pakistaní, el bhojpuri (variedad indo-aria) y el francés; o de nueva creación, como el morysien (criollo derivado del francés caribeño o el de la isla de Reunión), La lengua oficial, sin embargo, es el inglés, que, en principio, carece de connotaciones étnicas y adquiere, en cambio, un valor de máxima neutralidad política e indiferencia sentimental, aplacando cualquier arrebato patriótico. Paradójicamente, el inglés es la lengua que menos hablantes maternos tiene en la isla, apenas 3.000, frente a los 600.000 de criollo, 330.000 de bhojpuri, 64.000 de urdu, 37.000 de francés y 22.000 de tamil. No obstante, existe un espíritu mauriciano de reivindicación nacional, un movimiento que se nos antoja la reivindicación de la nada o, por el contrario, la reivindicación de lo mucho, de lo múltiple y de lo compuesto. Hay allí pequeños conflictos “inter-étnicos” motivados por la desconfianza y la envidia del progreso y el bienestar de ciertas comunidades respecto de otras y también por el desinterés hacia el trabajo de unos pocos, pero no es fácil identificar una simbología nacional que no sea el pluri-etnicismo, el pluri-centrismo, el pluri-lingüismo y la diversidad cultural.

Los distintos grupos o individuos de una comunidad heterogénea pueden verse arrastrados por la misma mano al mismo destino, sin que exista entre ellos el sentido de unidad que se les trate de imponer. Eso les ocurrió en el recién establecido Reino de Valencia, tras la conquista de Jaume I, a todos los repobladores procedentes de Aragón, Cataluña, Navarra y Castilla, sin olvidar a la población natural (aunque no original) del territorio ocupado –árabes, mozárabes, moriscos, norteafricanos- que vio con pasmo la llegada de los nuevos invasores y expropiadores cristianos. Cómo se las arreglaron para convivir unos con otros es cosa de interpretación diversa, pero en el puerto del siglo XXI hemos atracado sus descendientes, o supervivientes, en una travesía bien agitada por los huracanes, sin que sepamos exactamente a quién debemos tan variopintos episodios de genética cultural, si se nos permite llamarla así, que nos afectan a todos.

La realidad de hoy trasciende la del pasado, de forma que no puede ocultarse la contribución y la influencia de las distintas presencias a lo largo del continuo histórico de un país. El apellido García ya no evoca su origen vasco; por el contrario, pasa por ser castellano; y Gómez ha perdido sus orígenes germánicos y adquirido la espesura de un apellido gitano, judío, o vete a saber. Pero da igual. En el País Vasco, como en Cataluña, Valencia y Galicia, hay encarnizados hispanófobos dispuestos a arrancarse la piel antes que soportar los rayos del mismo sol que pigmenta las epidermis de los ciudadanos de Castilla. En Galicia y Asturias se extiende la fiebre de lo celta tomando la gaita como referente de un glorioso pasado común a toda la Celtia continental (Bretaña, Cornualles, Gales, Escocia, Galicia y ahora también Asturias) y la Celtia isleña (Ulster y la República de Irlanda). Lo que fuimos hay que ser, como sea, cueste lo que cueste. Unidos por la gaita, unidos por la genética, unidos por el genio. El mal genio.

 

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