ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Georgia

 

     Si alguien desea encontrar pruebas de que es posible hacer coincidir las fronteras políticas con las geográficas, lingüísticas o étnicas, tendrá que recorrer muchos espacios en el planeta antes de satisfacer su curiosidad. Desde luego en Georgia la planimetría socioétnica, basada en la combinación de distintos linajes de la familia caucásica, no puede acoplarse sobre el perímetro político del país, puesto que tanto allí como en los países vecinos -Armenia, Azerbayán, Rusia y Turquía- hay grupos de población transnacional cuya situación es similar en cierto modo a la de los kurdos, los lapones, los vascos, los celtas o los eslavos.

     Las particiones políticas suelen ser convencionales como consecuencia de pactos dinásticos, conquistas territoriales y tratados posbélicos; raramente tienen en cuenta el equilibrio étnico y lingüístico de la región, excepto cuando se pretende arrinconar o eliminar comunidades heterogéneas y, sobre todo, incómodas para la casta hegemónica. Abjazia, por ejemplo, a caballo de Osetia (Federación Rusa) y las provincias georgianas de Mingrelia y Svanetia, existe como región étnica y acaso geográfica, pero su nombre no figura en el listado de naciones reconocidas internacionalmente como la afortunada Georgia, libre del abrazo de la URSS desde hace una década. Algunos pueblos apenas dan señales de vitalidad, resignados a su peculiar filosofía de la inhibición: “da igual, así que no importa”. Otros, en cambio, como los abjazos, primos hermanos de los abazines, adigeos, kabardianos y circasianos, todos ellos caucásicos de rostro estrecho y alargado, ojos negros, cabello crespo y oscuro y famosos por su longevidad, sienten el contagio del virus de la libertad frente a las decisiones de los gobiernos extranjeros que les convierten en vasallos de sus vecinos, aunque sean portadores del mismo código racial. Claro que si los abjazos y los georgianos son hermanos de sangre ¿qué les separa entonces para que anden a la greña? Ni siquiera profesan religiones diferentes, siendo la mayoría cristianos según una larga tradición que se remonta al siglo IV. La razón quizá haya que buscarla en cómo fue anexionada parte de Abjazia en tiempos de Stalin. Tras el colapso del imperio soviético, Georgia declaró inválidas todas las leyes del régimen, lo que le permitió alcanzar su independencia de Rusia. Pero cuando Abjazia empleó los mismos argumentos, se encontró con que Georgia le daba la espalda. Para los abjazos, pues, el actual presidente de Georgia, Shevardnadze, es un traidor y un “guerrero frío”, cómplice de la guerra fría a pesar de que contribuyera a acabar con ella como ministro de Gorbachov. El enfrentamiento bélico entre las tropas georgianas y los abjazos terminó con un sonora derrota de aquéllos: Sin embargo, las Naciones Unidas se cruzaron de brazos, esperando que el tiempo y el olvido acaben con la disputa, permitiendo que se mantenga abierta la delegación georgiana en la ONU e impidiendo que lo haga la abjaziana. La deposición de Shevardnadze por el partido de la oposición en noviembre de 2003 hace temer un período de incertidumbre.

     Feijoo describe una antigua y curiosa costumbre de los cristianos de Mingrelia, entre quienes “el adulterio pasa por acción indiferente; y así rarísima persona hay, ni de uno ni de otro sexo, que guarde fidelidad a su consorte; bien es verdad que el marido, en el caso de sorprender a la mujer en el adulterio, tiene derecho para hacer pagar al adúltero un cochino, que es muy buena satisfacción, y suele ser convidado a comer de él el mismo reo” (Teatro crítico universal, Tomo I, 1726).

     Georgia tenía 5,500.000 habitantes en 1998; hoy no llegan a cinco millones. El censo de abjazos en 1989 bajo la administración soviética apenas llegaba a los 100.000 (el 1,8%), hallándose otros tantos dispersos por Turquía, Oriente Medio, Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos. En 1999 sigue habiendo en la parte georgiana más o menos los mismos, aunque muchos han huido de las zonas de combate. Otros grupos étnicos que conviven en Georgia son los armenios (450.000), azeríes (azerbaijanos) del norte (310.000), griegos (100.000), kurdos (33.000), lezgi (3.650), pónticos (120.000), rusos (370.000), tártaros (3.000), turcos (3.000) y ucranianos (52.000). Los georgianos conforman la mayoría natural (70%).

     En Georgia se hablan 10 variedades lingüísticas. El georgiano -también conocido como kartveliano- es la lengua oficial del país. Pertenece a la rama meridional de la familia caucásica, con un continuo de catorce dialectos de los cuales dos -el imerxev y el ferejdan- se extienden por Turquía e Irán. El abjazo del tronco noroccidental caucásico lo habla casi el 90% de los 100.000 miembros de que consta su etnia, compuesta también por abazines, adigeos, circasianos y kabardianos. Se trata de una lengua casi inexpugnable para los no nativos a causa de su riqueza vocálica y consonántica, inadecuadamente representada por un alfabeto cirílico modificado. El neo-arameo asirio (8.000 hablantes) es una lengua afroasiática, semítica, con alfabeto propio -el siríaco- y tiene que competir con otras más poderosas como el ruso, que lo habla casi el 9% de la población. El bats, con 3.000 hablantes, se halla en situación diglósica respecto del georgiano, reservándose exclusivamente para la comunicación verbal. El mingreliano (500.000) también es una lengua oral, como lo es su variante laz o lazuri (2.000) y el svan o lushnu (35.00). El judeo-georgiano (20.000) es un dialecto del georgiano altamente enriquecido con palabras hebreas. El osetino -del tronco indoeuropeo e indoiraní- es hablado por 165.000 personas, que lo escriben en alfabeto cirílico. El urum es una lengua étnica de la misma familia que el turco, aunque paradójicamente sus hablantes en Georgia, en número impreciso, son griegos.  


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