ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Hungría

 

     La República de Hungría (Magyar Köztársaság), con una extensión de 90.030 Km2, tiene fronteras con Austria, Croacia, Eslovaquia, Eslovenia, Rumania, Serbia y Ucrania. Su posición en Europa central la convierte en una nación de tránsito entre Europa occidental, los Balcanes, la cuenca mediterránea y Asia. En 1998 la población apenas superaba los 10,200.000 habitantes (10.045.000 en julio de 2003), de los cuales el 88% son húngaros, el 4% gitanos, el 5% alemanes, el 2% serbios, el 0,8% eslovacos y el 0,7% rumanos. Hay también un reducido grupo de polacos (unos 21.000) y ucranianos (300.000). De todos ellos el 67,5% profesa la religión católica, el 5% son luteranos y el resto practica otras confesiones o ninguna.

     La geografía lingüística de Hungría sigue su perfil étnico en similar proporción: la lengua oficial del país es el húngaro o magiar, de la familia ugro-fínica, como el finlandés y el estonio, destacando entre sus dialectos el alfold, el húngaro del Danubio occidental, el tisza del Danubio, el húngaro septentrional y occidental y el szekely. Los hablantes de serbo-croata emplean el alfabeto latino para representar la lengua escrita. También se habla el alto alemán, el eslovaco, el esloveno, el rumano de Moldavia (variante románica como el italiano o el francés), el romaní balcánico (variedad de la familia indo-aria utilizada por los gitanos) y el romaní carpático o zigani. Este último se extiende por Nograd, al norte de Budapest, y a caballo de Eslovaquia, así como a orillas del Danubio hasta las proximidades de Yugoslavia, oyéndose esencialmente en boca de traficantes de ganado, afiladores y feriantes. Asimismo los lovari hablan el valaco, variante del romaní gitano, que en Hungría recibe el nombre de romungre. Hasta bien entrado el siglo XVIII los gitanos fueron esclavizados por los magiares, que podían comprarlos y venderlos a voluntad. Muchos creen que la música tradicional húngara es un legado de los cíngaros.

     Hungría nació como estado independiente en el año 1001, tras la unificación completada por Vaik -luego Esteban I- un año después de su coronación. En los años sucesivos hasta su muerte, este rey completó la conversión de todo el país al cristianismo. Su mano amputada como reliquia todavía se conserva en la basílica de la capital. En el siglo XIII, reinando Bela IV, los mongoles entraron en Buda arrasando todo lo que encontraron. Se cuenta que los supervivientes, al verlos partir, salieron de sus escondrijos y, forzados por el hambre, abrieron un mercadillo de carne humana. Es curiosa la intermitencia del canibalismo y de los ritos cruentos en tierras húngaras. En 1624, en un viejo castillo perdido al norte del país, habitaba la condesa de Bathory que, al quedarse viuda y temer la pérdida de su juventud, llegó a sacrificar más de 300 doncellas para bañarse en su sangre. El vampirismo se extendió como una plaga por Moravia, Silesia y Polonia. En 1782 fueron acusados 150 gitanos de haber asesinado a un número desconocido de personas. Puestos bajo tortura, declararon habérselas comido. Descubierta la falsedad, se emitió un decreto dejándoles en libertad, aunque en un principio, a instancias de la emperatriz María Teresa, se les obligó a dejar la trashumancia, sin lograrlo. El episodio fue recogido por la Gaceta de Frankfurt y reproducido por el viajero inglés George Borrow en su libro Zincali sobre los gitanos españoles. En opinión de Borrow, la aversión popular hacia los gitanos era la posible causa de las acusaciones de canibalismo en distintos países. La presencia de serbios en Hungría también acentuó el temor al vampirismo, acaso porque desde la Baja Edad Media los pastores patzinak (serbo-eslovacos) saciaban su sed apeándose de los caballos y abriéndoles las venas del cuello para beberse la sangre mezclada con leche, práctica también común entre los nómadas tártaros que llegaron hasta Hungría y aún hoy entre los masai de Tanzania. Las huellas que dejó Vlad el Empalador en Transilvania no dejan lugar a dudas sobre tan bárbaras costumbres. Según Tannahill*, cuando trescientos tártaros hollaron sus tierras, eligió a los tres mejores, los mandó freír y ordenó a los demás que se los comieran, continuando así hasta que al final se pusieron a su mando para combatir a los turcos.

     En el siglo XV, bajo el cetro de Segismundo, Hungría se convirtió en la nación más poderosa de Centroeuropa. Los turcos se hicieron dueños de ella en 1526 durante casi 200 años. Una parte del territorio -la Gran Llanura, el norte y Trans-Danubia- quedó en manos de los turcos; el oeste bajo los Habsburgo de Austria; y Transilvania como principado independiente. Desde 1867 la dinastía austriaca de los Habsburgo mantuvo a Hungría en un dualismo relativamente beneficioso para ambos países hasta el final de la Primera Guerra Mundial. No obstante, en 1848 se despertó con virulencia el sentir nacionalista de los húngaros contra el dominio austriaco y Viena permitió la intervención de Rusia para aplastar el alzamiento. Austria siempre trató de beneficiar a los alemanes y a los serbios a costa de los rebeldes magiares.

     Durante el régimen comunista, iniciado en 1919 y reforzado tras la Segunda Guerra Mundial, el 90% de la tierra cultivable fue expropiada y colectivizada. La alianza forzada con Hitler le costó una pérdida de medio millón de personas y la ruina económica. En 1956 el país se rebeló contra los tanques soviéticos, mostrando a los demás países del Este el camino hacia la libertad, que llegaría en los años 90, no sin antes perder unos centenares de miles de ciudadanos que encontraron refugio en Europa occidental y en América del Norte. Hoy, las reformas económicas y políticas llevadas a cabo por sus distintos gobiernos, sobre todo a partir de 1995, han puesto a Hungría a las puertas de la Unión Europea.

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*Tannahill, R. (1975), Flesh and Blood. A History of the Cannibal Complex. London: Abacus.  


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