Hungría 2006
Conmemoraciones, mentiras y disturbios
Por Emilio García Gómez
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Sándor Márai
Milicianos húngaros
Sándor Petófi
Alejandra
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La
noche de San Esteban en Budapest Pocos
minutos después de las 9 de la noche del domingo, 20 de agosto de Logramos
llegar a la estación del metro, arrastrados por una corriente humana
con la piel envuelta en ropas chorreantes que traslucían tangas,
sostenes, calzoncillos y tatuajes íntimos y regresar al hotel, justo a
tiempo de ver, aunque sin apenas entender, el noticiario local,
presentado por el clásico busto parlante de cualquier emisora de
televisión pública de un país en el que el gobierno está
acostumbrado, como rescoldo de una dictadura precedente, a ejercer un
desmesurado control acerca lo que hay que contar y cómo hacerlo,
camuflando imágenes y mintiendo, obligando a sus presentadores a
arquear las cejas ante la sorpresa, a fruncir las cejas ante el
disgusto, sonriendo ante la complacencia o poniendo cara de ladrillo
ante la tragedia que hay que disimular para eludir las responsabilidades
(más bien irresponsabilidades). La tormenta estaba anunciada, pero a
las autoridades poco les importó. Prefirieron dejar que la gente se
ahogase en el Danubio o fuese aplastada por los árboles y los voladizos
a suspender una fiesta en la que, por encima de su significado popular,
ha de destacar el brillo, la vanidad y la pompa oficial. Apenas
un mes después, el 17 de septiembre, se hacían públicas unas
manifestaciones del presidente del gobierno húngaro, el
socialista Ferenc Gyurcsány, en las que confesaba haber encubierto
ante la opinión pública la situación real de la economía del país a
fin de ganar las elecciones. Esta ocultación equivalía a una gran
mentira para todo el pueblo, que confiaba en la limpieza de las
campañas electorales en una sociedad supuestamente democrática. El
resultado fue el comienzo de una serie de disturbios callejeros que
coincidían con el 50 aniversario de la entrada de los tanques rusos en
Budapest. Tanques rusos en BudapestEfectivamente,
el 23 de octubre de 1956, estallaba en Budapest una insurrección que,
de forma aparentemente espontánea, amenazaba la continuidad de un
régimen vasallo iniciado tras el bochornoso pacto entre Churchill y
Stalin en 1944, que daba a Rusia el control virtual del 50% del país y
factual del 100%. Stalin sólo tuvo que mover los hilos del
líder-marioneta Mátyás Rákosi para estrujar las libertades de su
propia estirpe magiar, pueblo ugro-túrquico tan distinto a los eslavos
como pueden serlo entre sí los hiberno-irlandeses y los noruegos. La
desaparición de la burguesía La
entrada en Hungría del bolchevismo, al término de la Segunda Guerra
Mundial, supuso la pérdida de fortunas privadas, la recesión agrícola
y el marasmo industrial. El comunismo impidió el mantenimiento o el
crecimiento de las clases medias. Se acabó la era de comprar barato y
vender caro para obtener pingües ganancias, como siempre hizo la
burguesía europea desde que nació en la edad media. Quedó anulada la
clase que dio origen a la cultura occidental de nuestro tiempo, el “humanismo
burgués”, como lo denominó Sándor Márai, el gran escritor húngaro
exiliado en Estados Unidos, testigo de la llegada del ejército ruso a
su país y el saqueo de la nación. “La raza humana”,
escribió Márai en Föld, föld!, (“¡Tierra, tierra”) “es
incapaz, desde un punto social, de vivir sin un pathos: si le
arrebatan el sentimiento de la nación y la raza, necesita el pathos de
la clase social o cualquier otro... No puede vivir sin él. Lenín no
creía en la conciencia de clase del proletariado ... y por lo tanto era
necesario suplantar la ausencia del mito de clase del proletariado por
el mito del Partido.” Se eliminó, en cambio, el analfabetismo y
se logró que todo el mundo obtuviese una educación, a costa de la
desmovilización social, la requisa de las libertades individuales y el
fin de la redistribución de la riqueza con arreglo a esa ley no escrita
que regula los mercados sin necesidad de que se entrometan instituciones
ni gobiernos, la sutil “mano
invisible” que acuñó en 1776 el escocés Adam Smith, padre
del liberalismo económico moderno. En
Hungría comenzó una política reaccionaria y anacrónica, mucho más
represiva que la que marcó el antiguo régimen británico de Esta
forma de hacer, característica de todos los modelos de estado opresor
sin excepción, obtuvo en Hungría, el efecto contrario: creó mártires
y exiliados y generó, por un lado, el rechazo hacia el gobierno y el
partido que lo apoyaba, y por otro, despertó las simpatías hacia los
luchadores contra el poder hegemónico y el odio al ruso. El
nacionalismo húngaro
La
acción del poder húngaro, cuando lo ha ostentado, como en la época
imperial, no siempre ha sido tan admirable como pueda presumirse. El
llamado “nacionalismo liberal” húngaro siempre había despertado el
interés y la compasión de los ingleses, muy inclinados en otros
momentos y lugares a resaltar los movimientos románticos de elevación
del concepto de patria, nación,
idioma y tradición. Un observador directo de la sociedad húngara,
el periodista inglés Seton-Watson, en su libro Racial
Problems in Hungary (1908) (“Problemas raciales en Hungría”),
contribuyó a colocar en el sitio adecuado los sentimientos de
empatía que, desde el siglo XIX, cuando Hungría era reino, habían
mostrado los británicos en general hacia aquel pueblo. Saton-Weston
denunció cómo los trabajadores ferroviarios que no hablaban magiar se
arriesgaban a perder su empleo. A raíz del proceso de magiarización de
Hungría, los niños rumanos, croatas o eslovenos, en aquel entonces
bajo dominio de Budapest, se veían obligados a aprender una lengua que
no era la suya propia. “Los campesinos no magiares”, escribió Seton-Watson, “se
sentían como bueyes ante los tribunales de justicia en su propia tierra.” Qué
distinta esta actitud de los nacionalistas húngaros respecto a la que
mantuvieron en otros momentos para alcanzar el máximo grado de
autonomía frente al germanismo y ante el empuje y la hegemonía de la
lengua alemana. Durante mucho tiempo, en las lomas que ciñen el Danubio
en el distrito de Buda y más tarde en los barrios de Pest sonaron bien
altas las voces de la burguesía y los trabajadores industriales
germano-hablantes. Los
parias de Europa
Pero
Hungría ha sido un puchero donde se han cocido caldos de muy diversos
ingredientes y con la intervención de muchas manos, viéndose obligada
a pagar por ello. El Tratado de Trianón (nombre del palacio en
Versalles donde se firmó el pacto) en 1920, acabada la Primera Guerra
Mundial, le supuso la pérdida de más de un 70% de su territorio, que
fue cuarteado y repartido entre Rumania, Checoslovaquia, Austria y la
futura Yugoslavia. Una parte importante de la población magiar cambió
de dueño de la noche a la mañana, dejando bolsas de ciudadanos y
hablantes magiares en determinados rincones de esos países, remisos a
la asimilación, como en Transilvania y la región de los Cárpatos
rumanos, donde viven más de dos millones de húngaros. Quienes en el
siglo XIV fueron el bastión de Occidente contra los tártaros y los
eslavos, ahora quedaban convertidos en los parias de Europa. A
los húngaros les va perfectamente la metáfora de la diáspora, la del
judío errante, una extensa familia de exiliados, expatriados y
deportados unidos, en el caso de éstos, por un libro, el Torah, y una
lengua, el hebreo o el yiddish. En el caso de aquéllos, han buscado el
amparo de una imagen, la de San Esteban, conversor de los húngaros al
cristianismo y fundador del primer reino hace mil años, y de su única
patria, la lengua magiar, tan peculiar respecto a las demás lenguas
europeas -incluyendo el estonio y el finlandés, con las que
supuestamente se halla ligada- y tan inaccesible para los extranjeros
por su extrema dificultad. La
rebelión anti soviética de 1956
Volviendo
a los hechos que se conmemoran hoy, 23 de octubre de 2006 -la revuelta
húngara y la subsiguiente entrada de los tanques soviéticos para
aplastarla-, se iniciaron en 1956, tras la declaración de Kruschev en
febrero denunciando el culto a la personalidad de Stalin. En junio de
ese año, aprovechando la situación, hubo un intento de sublevación
anti-soviética en la ciudad polaca de Poznan. Las medidas represivas,
más suaves de lo que podía esperarse de un régimen brutal, alentaron
el 22 de octubre un movimiento similar entre los estudiantes
universitarios de Budapest, los trabajadores y los intelectuales
–entre los que sin duda se encontraban los hijos de los mismos
intelectuales húngaros que años antes se habían postrado a los pies
de los dioses bolcheviques-, demandando la inmediata retirada del
ejército soviético del país. Los manifestantes echaron abajo la
gigantesca estatua de Stalin que presidía la calle Akácfa,
devolvieron al cardenal Mindszenty a su palacio y se enfrentaron a
tiros con los oficiales y policías rojos de la temida AVO en las
inmediaciones del edificio de la radio húngara. En
Moscú se llegó a especular con la posibilidad de abandonar Hungría,
pero dada la trascendencia de tal acción en una Europa comunista, el
gobierno tomó la decisión más inconfundible del pasado régimen
soviético: enviar a los blindados para acabar con la insurrección por
la fuerza bruta y el escarmiento. La distribución de armas entre la
población sediciosa de Budapest, liderados por un acreditado
simpatizante comunista llamado Imre Nagy, que paradójicamente acabó
ajusticiado como cabeza de turco de una revuelta anti comunista, sirvió
de excusa al gobierno títere húngaro para despejar el camino para la
entrada en la capital de los tanques rusos. El
motín húngaro no fue inútil. Inmediatamente se formó un gobierno de
coalición que denunció el pacto de Varsovia y solicitó a las Naciones
Unidas el reconocimiento de Hungría como estado neutral. Puesto que las
iniciativas políticas de los húngaros resultaban inadmisibles para
Moscú, los tanques rusos volvieron a las calles de Budapest para
aniquilar a los rebeldes. La represión supuso la huída masiva del
país de cientos de miles de húngaros, que buscaron refugio en los
países democráticos de Europa y América del Norte. El
despertar húngaro en octubre de 1956 fue recogido con pasión y lucidez
por Béla Lipták (que puede leerse en inglés bajo el título A
Testament of Revolution, 1956) (“Testamento de la revolución”)
y profusamente ilustrado por Eugenia y Hugo M. Stewart en Imagining
Postcommunism: Visual Narratives of Hungary’s 1956 Revolution (“Imaginándose
el comunismo: narraciones visuales de la revolución de Hungría en Pero
hay otros húngaros a quienes debemos su maravilloso legado artístico e
intelectual, como el poeta Sándor Petófi, el compositor Béla Bartók,
el pianista Ferencz (Franz) Lizst y el citado Sándor Márai, que
describió con elegancia el desmoronamiento de la burguesía húngara
tras la ocupación del país en 1945 por el ejército soviético. O el
judío Arthur Koestler, certero tirador de las letras y expositor de los
dos grandes espectros del terror, el fascismo y el comunismo europeo,
modelos incapaces de corregir la miseria humana. El período soviético
mantuvo en silencio a muchas voces húngaras, que se vieron obligadas a
seguir el dictado del único movimiento cultural oficial, el llamado “Realismo
socialista”. “El Partido tiene que ser como algo fundido en un
solo molde, rellenado con la disciplina y la confianza absoluta”,
declara Gletkin, un personaje de Koestler en su novela Darkness at
Noon (“Del cero al infinito”, 1940). El ciclo de memorias de
Koestler, como La escritura invisible, es un verdadero juicio a
la insidia y la persecución del Partido contra los cismáticos y los
desertores. La
moderna Hungría Hoy
Hungría, miembro de la Unión Europea y aspirante al ingreso en la zona
euro, asiste al deterioro de la estirpe política, enredada en la
mentira en torno a las expectaciones económicas, cuyo evidente
estancamiento acabará por derribar, en muy breve plazo, al actual
gobierno socialista. El deterioro económico ha aumentado las tensiones
tanto en la Hungría rural como en la urbana. La clase media emergente
es plural y, por tanto, indefinible; vota izquierda y derecha, y lo
mismo puede acelerar el progreso del país que, si sigue hundida en el
proverbial escepticismo húngaro, bajar el ritmo que impone la Europa de
los mercaderes. Alejandra, guía turística que habla el español como
un académico de la lengua, se mostraba ante mí muy crítica con el
alcalde de Budapest, a quien veía incapaz de gobernar la capital con
decencia y eficacia. Si no fuera por su fisonomía medio eslava, medio
nórdica o medio magiar, Alejandra podría pasar por una de nuestras
paisanas y paisanos hispanos que han de sufrir, como espectadores
pasivos y maniatados, la decadencia y la falta de escrúpulos de sus
dirigentes, a quienes sólo parecen importarles la propaganda
partidista, el pavoneo institucional y el saqueo del patrimonio
público. Los
húngaros se ven obligados a soportar el desempleo, el salvaje
incremento de los precios y el atasco de su capacidad adquisitiva. En su
interior conservan el espíritu de solidaridad de los pueblos que han
sabido crear una cultura atractiva y mantener un espíritu creativo, en
cierto modo amenazante para los pueblos vecinos. Pero muchos edificios
de arquitectura civil en la capital que sobrevivieron a los bombardeos y
los cañonazos nazis y rusos todavía siguen cubiertos de costras y
descarnaduras, aguardando a que lleguen los fondos europeos para
recuperar su pasado lustre imperial. Los visitantes extranjeros –la
mayoría españoles- invaden las calles y ocupan los escasos comercios y
restaurantes, cuyos precios rebasan las posibilidades de ocio de la
población nativa. Llama la atención que Hungría, como Chequia, Eslovaquia, Austria o Alemania, formen, acaso por su secular persecución o marginación de los judíos, un verdadero cinturón de cerdo, carne vetada entre los judíos que acatan el kashruz (sistema que rige la conducta kosher o limpia, incluyendo la dieta), pero muy habitual en la cocina de estos países. El folklore húngaro está falseado por los vivos ritmos musicales de un pueblo tan marginal como el hebreo: los czigány o zíngaros, gitanos o roma, como se les quiera llamar, de piel de color ceniza, pobladas cejas y ojos negros y penetrantes, unos naturales húngaros y otros emigrantes búlgaros, moldavos y valaco-rumanos. Una reina de Hungría inició, en 1761, un cambio de legislación para asimilar a la etnia, facilitándoles instrumentos de labranza y prohibiéndoles vivir en tiendas, expresarse en su idioma o tañer sus instrumentos musicales. También obligó a los niños y a los adolescentes a asistir a la escuela, frecuentar la iglesia y salir del núcleo familiar para aprender un oficio. En nuestros días, todo eso ha pasado al olvido, aunque sus actividades folklóricas, como hacen en España, resultan imprescindibles para aliviar la sed de diversión de los turistas.
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Széchenyi Lánchid
Palacio de Trianon
Estatua de Stalin decapitada
Imre Nagy
Arthur Koestler
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