Hungría 2006

Conmemoraciones, mentiras y disturbios

 

Por Emilio García Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sándor Márai

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Milicianos húngaros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sándor Petófi

 

 

 

 

 

 

 

 

Alejandra

 

 

 

 

 

La noche de San Esteban en Budapest

Pocos minutos después de las 9 de la noche del domingo, 20 de agosto de 2006, mi mujer y yo, junto con dos amigos que nos acompañaban, buscamos amparo bajo Széchenyi Lánchid (puente de las cadenas) a escasos 10 metros del margen derecho del Danubio, junto a Pest. Allí permanecimos abrazados unos minutos entre la muchedumbre, atenazados por una mezcla de fascinación, indefensión y terror ante lo desconocido. Las descargas eléctricas y los bramidos de la tormenta que se cernía sobre la capital de Hungría se confundían con los disparos de los fuegos artificiales que acababan de iniciarse como colofón a los festejos de San Esteban, el patrón del país. Las ráfagas de viento y lluvia se deslizaban bajo el puente golpeándonos como un látigo de mil puntas. Cada racha levantaba el clamor de miles de gargantas. Decidimos salir y buscar refugio bajo las cornisas de los tejados o los umbrales de las puertas, con el agua por encima de los tobillos, huyendo de lo que parecía la segunda parte del bombardeo de la capital húngara por rusos y alemanes en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Por encima de nosotros seguían explotando las carcasas, fundiéndose sus chispas con los rayos, convirtiendo la noche de San Esteban en un espectáculo surrealista, a caballo de la comedia, el drama y la tragedia.

Logramos llegar a la estación del metro, arrastrados por una corriente humana con la piel envuelta en ropas chorreantes que traslucían tangas, sostenes, calzoncillos y tatuajes íntimos y regresar al hotel, justo a tiempo de ver, aunque sin apenas entender, el noticiario local, presentado por el clásico busto parlante de cualquier emisora de televisión pública de un país en el que el gobierno está acostumbrado, como rescoldo de una dictadura precedente, a ejercer un desmesurado control acerca lo que hay que contar y cómo hacerlo, camuflando imágenes y mintiendo, obligando a sus presentadores a arquear las cejas ante la sorpresa, a fruncir las cejas ante el disgusto, sonriendo ante la complacencia o poniendo cara de ladrillo ante la tragedia que hay que disimular para eludir las responsabilidades (más bien irresponsabilidades). La tormenta estaba anunciada, pero a las autoridades poco les importó. Prefirieron dejar que la gente se ahogase en el Danubio o fuese aplastada por los árboles y los voladizos a suspender una fiesta en la que, por encima de su significado popular, ha de destacar el brillo, la vanidad y la pompa oficial.

Apenas un mes después, el 17 de septiembre, se hacían públicas unas manifestaciones del presidente del gobierno húngaro, el socialista Ferenc Gyurcsány, en las que confesaba haber encubierto ante la opinión pública la situación real de la economía del país a fin de ganar las elecciones. Esta ocultación equivalía a una gran mentira para todo el pueblo, que confiaba en la limpieza de las campañas electorales en una sociedad supuestamente democrática. El resultado fue el comienzo de una serie de disturbios callejeros que coincidían con el 50 aniversario de la entrada de los tanques rusos en Budapest.

Tanques rusos en Budapest

Efectivamente, el 23 de octubre de 1956, estallaba en Budapest una insurrección que, de forma aparentemente espontánea, amenazaba la continuidad de un régimen vasallo iniciado tras el bochornoso pacto entre Churchill y Stalin en 1944, que daba a Rusia el control virtual del 50% del país y factual del 100%. Stalin sólo tuvo que mover los hilos del líder-marioneta Mátyás Rákosi para estrujar las libertades de su propia estirpe magiar, pueblo ugro-túrquico tan distinto a los eslavos como pueden serlo entre sí los hiberno-irlandeses y los noruegos.

La desaparición de la burguesía

La entrada en Hungría del bolchevismo, al término de la Segunda Guerra Mundial, supuso la pérdida de fortunas privadas, la recesión agrícola y el marasmo industrial. El comunismo impidió el mantenimiento o el crecimiento de las clases medias. Se acabó la era de comprar barato y vender caro para obtener pingües ganancias, como siempre hizo la burguesía europea desde que nació en la edad media. Quedó anulada la clase que dio origen a la cultura occidental de nuestro tiempo, el “humanismo burgués”, como lo denominó Sándor Márai, el gran escritor húngaro exiliado en Estados Unidos, testigo de la llegada del ejército ruso a su país y el saqueo de la nación. “La raza humana”, escribió Márai en Föld, föld!, (“¡Tierra, tierra”) “es incapaz, desde un punto social, de vivir sin un pathos: si le arrebatan el sentimiento de la nación y la raza, necesita el pathos de la clase social o cualquier otro... No puede vivir sin él. Lenín no creía en la conciencia de clase del proletariado ... y por lo tanto era necesario suplantar la ausencia del mito de clase del proletariado por el mito del Partido.” Se eliminó, en cambio, el analfabetismo y se logró que todo el mundo obtuviese una educación, a costa de la desmovilización social, la requisa de las libertades individuales y el fin de la redistribución de la riqueza con arreglo a esa ley no escrita que regula los mercados sin necesidad de que se entrometan instituciones ni gobiernos, la sutil “mano invisible” que acuñó en 1776 el escocés Adam Smith, padre del liberalismo económico moderno.

En Hungría comenzó una política reaccionaria y anacrónica, mucho más represiva que la que marcó el antiguo régimen británico de 1629 a 1640, conocida como through system, en alusión a la táctica de la corona de obviar el interés público para alcanzar sus propios fines y que consistía en ignorar primero a la oposición y a continuación acabar con ella. Muchos húngaros que evitaron los trenes de la muerte de Hitler fueron enviados por Stalin a Siberia para convertirse en esclavos. Los disidentes que permanecieron en casa quedaron expuestos a las purgas, los interrogatorios, la intimidación y la extorsión. La tímida literatura de protesta, dentro y fuera del país, se vio apartada del mundo editorial; si en el extranjero se publicaba alguna denuncia del régimen, los ejemplares desaparecían de las librerías, acaparados por los servicios del partido antes de destruirlos.

Esta forma de hacer, característica de todos los modelos de estado opresor sin excepción, obtuvo en Hungría, el efecto contrario: creó mártires y exiliados y generó, por un lado, el rechazo hacia el gobierno y el partido que lo apoyaba, y por otro, despertó las simpatías hacia los luchadores contra el poder hegemónico y el odio al ruso.

El nacionalismo húngaro

La acción del poder húngaro, cuando lo ha ostentado, como en la época imperial, no siempre ha sido tan admirable como pueda presumirse. El llamado “nacionalismo liberal” húngaro siempre había despertado el interés y la compasión de los ingleses, muy inclinados en otros momentos y lugares a resaltar los movimientos románticos de elevación del concepto de patria, nación, idioma y tradición. Un observador directo de la sociedad húngara, el periodista inglés Seton-Watson, en su libro Racial Problems in Hungary (1908) (“Problemas raciales en Hungría”), contribuyó a colocar en el sitio adecuado los sentimientos de empatía que, desde el siglo XIX, cuando Hungría era reino, habían mostrado los británicos en general hacia aquel pueblo. Saton-Weston denunció cómo los trabajadores ferroviarios que no hablaban magiar se arriesgaban a perder su empleo. A raíz del proceso de magiarización de Hungría, los niños rumanos, croatas o eslovenos, en aquel entonces bajo dominio de Budapest, se veían obligados a aprender una lengua que no era la suya propia. “Los campesinos no magiares”, escribió Seton-Watson, “se sentían como bueyes ante los tribunales de justicia en su propia tierra.”

Qué distinta esta actitud de los nacionalistas húngaros respecto a la que mantuvieron en otros momentos para alcanzar el máximo grado de autonomía frente al germanismo y ante el empuje y la hegemonía de la lengua alemana. Durante mucho tiempo, en las lomas que ciñen el Danubio en el distrito de Buda y más tarde en los barrios de Pest sonaron bien altas las voces de la burguesía y los trabajadores industriales germano-hablantes.

Los parias de Europa

Pero Hungría ha sido un puchero donde se han cocido caldos de muy diversos ingredientes y con la intervención de muchas manos, viéndose obligada a pagar por ello. El Tratado de Trianón (nombre del palacio en Versalles donde se firmó el pacto) en 1920, acabada la Primera Guerra Mundial, le supuso la pérdida de más de un 70% de su territorio, que fue cuarteado y repartido entre Rumania, Checoslovaquia, Austria y la futura Yugoslavia. Una parte importante de la población magiar cambió de dueño de la noche a la mañana, dejando bolsas de ciudadanos y hablantes magiares en determinados rincones de esos países, remisos a la asimilación, como en Transilvania y la región de los Cárpatos rumanos, donde viven más de dos millones de húngaros. Quienes en el siglo XIV fueron el bastión de Occidente contra los tártaros y los eslavos, ahora quedaban convertidos en los parias de Europa.

A los húngaros les va perfectamente la metáfora de la diáspora, la del judío errante, una extensa familia de exiliados, expatriados y deportados unidos, en el caso de éstos, por un libro, el Torah, y una lengua, el hebreo o el yiddish. En el caso de aquéllos, han buscado el amparo de una imagen, la de San Esteban, conversor de los húngaros al cristianismo y fundador del primer reino hace mil años, y de su única patria, la lengua magiar, tan peculiar respecto a las demás lenguas europeas -incluyendo el estonio y el finlandés, con las que supuestamente se halla ligada- y tan inaccesible para los extranjeros por su extrema dificultad.

La rebelión anti soviética de 1956

Volviendo a los hechos que se conmemoran hoy, 23 de octubre de 2006 -la revuelta húngara y la subsiguiente entrada de los tanques soviéticos para aplastarla-, se iniciaron en 1956, tras la declaración de Kruschev en febrero denunciando el culto a la personalidad de Stalin. En junio de ese año, aprovechando la situación, hubo un intento de sublevación anti-soviética en la ciudad polaca de Poznan. Las medidas represivas, más suaves de lo que podía esperarse de un régimen brutal, alentaron el 22 de octubre un movimiento similar entre los estudiantes universitarios de Budapest, los trabajadores y los intelectuales  –entre los que sin duda se encontraban los hijos de los mismos intelectuales húngaros que años antes se habían postrado a los pies de los dioses bolcheviques-, demandando la inmediata retirada del ejército soviético del país. Los manifestantes echaron abajo la gigantesca estatua de Stalin que presidía la calle Akácfa, devolvieron al cardenal Mindszenty a su palacio y se enfrentaron a tiros con los oficiales y policías rojos de la temida AVO en las inmediaciones del edificio de la radio húngara.

En Moscú se llegó a especular con la posibilidad de abandonar Hungría, pero dada la trascendencia de tal acción en una Europa comunista, el gobierno tomó la decisión más inconfundible del pasado régimen soviético: enviar a los blindados para acabar con la insurrección por la fuerza bruta y el escarmiento. La distribución de armas entre la población sediciosa de Budapest, liderados por un acreditado simpatizante comunista llamado Imre Nagy, que paradójicamente acabó ajusticiado como cabeza de turco de una revuelta anti comunista, sirvió de excusa al gobierno títere húngaro para despejar el camino para la entrada en la capital de los tanques rusos.

El motín húngaro no fue inútil. Inmediatamente se formó un gobierno de coalición que denunció el pacto de Varsovia y solicitó a las Naciones Unidas el reconocimiento de Hungría como estado neutral. Puesto que las iniciativas políticas de los húngaros resultaban inadmisibles para Moscú, los tanques rusos volvieron a las calles de Budapest para aniquilar a los rebeldes. La represión supuso la huída masiva del país de cientos de miles de húngaros, que buscaron refugio en los países democráticos de Europa y América del Norte.

El despertar húngaro en octubre de 1956 fue recogido con pasión y lucidez por Béla Lipták (que puede leerse en inglés bajo el título A Testament of Revolution, 1956) (“Testamento de la revolución”) y profusamente ilustrado por Eugenia y Hugo M. Stewart en Imagining Postcommunism: Visual Narratives of Hungary’s 1956 Revolution (“Imaginándose el comunismo: narraciones visuales de la revolución de Hungría en 1956” ).

Pero hay otros húngaros a quienes debemos su maravilloso legado artístico e intelectual, como el poeta Sándor Petófi, el compositor Béla Bartók, el pianista Ferencz (Franz) Lizst y el citado Sándor Márai, que describió con elegancia el desmoronamiento de la burguesía húngara tras la ocupación del país en 1945 por el ejército soviético. O el judío Arthur Koestler, certero tirador de las letras y expositor de los dos grandes espectros del terror, el fascismo y el comunismo europeo, modelos incapaces de corregir la miseria humana. El período soviético mantuvo en silencio a muchas voces húngaras, que se vieron obligadas a seguir el dictado del único movimiento cultural oficial, el llamado “Realismo socialista”. “El Partido tiene que ser como algo fundido en un solo molde, rellenado con la disciplina y la confianza absoluta”, declara Gletkin, un personaje de Koestler en su novela Darkness at Noon (“Del cero al infinito”, 1940). El ciclo de memorias de Koestler, como La escritura invisible, es un verdadero juicio a la insidia y la persecución del Partido contra los cismáticos y los desertores.

La moderna Hungría

Hoy Hungría, miembro de la Unión Europea y aspirante al ingreso en la zona euro, asiste al deterioro de la estirpe política, enredada en la mentira en torno a las expectaciones económicas, cuyo evidente estancamiento acabará por derribar, en muy breve plazo, al actual gobierno socialista. El deterioro económico ha aumentado las tensiones tanto en la Hungría rural como en la urbana. La clase media emergente es plural y, por tanto, indefinible; vota izquierda y derecha, y lo mismo puede acelerar el progreso del país que, si sigue hundida en el proverbial escepticismo húngaro, bajar el ritmo que impone la Europa de los mercaderes. Alejandra, guía turística que habla el español como un académico de la lengua, se mostraba ante mí muy crítica con el alcalde de Budapest, a quien veía incapaz de gobernar la capital con decencia y eficacia. Si no fuera por su fisonomía medio eslava, medio nórdica o medio magiar, Alejandra podría pasar por una de nuestras paisanas y paisanos hispanos que han de sufrir, como espectadores pasivos y maniatados, la decadencia y la falta de escrúpulos de sus dirigentes, a quienes sólo parecen importarles la propaganda partidista, el pavoneo institucional y el saqueo del patrimonio público.

Los húngaros se ven obligados a soportar el desempleo, el salvaje incremento de los precios y el atasco de su capacidad adquisitiva. En su interior conservan el espíritu de solidaridad de los pueblos que han sabido crear una cultura atractiva y mantener un espíritu creativo, en cierto modo amenazante para los pueblos vecinos. Pero muchos edificios de arquitectura civil en la capital que sobrevivieron a los bombardeos y los cañonazos nazis y rusos todavía siguen cubiertos de costras y descarnaduras, aguardando a que lleguen los fondos europeos para recuperar su pasado lustre imperial. Los visitantes extranjeros –la mayoría españoles- invaden las calles y ocupan los escasos comercios y restaurantes, cuyos precios rebasan las posibilidades de ocio de la población nativa.

Llama la atención que Hungría, como Chequia, Eslovaquia, Austria o Alemania, formen, acaso por su secular persecución o marginación de los judíos, un verdadero cinturón de cerdo, carne vetada entre los judíos que acatan el kashruz (sistema que rige la conducta kosher o limpia, incluyendo la dieta), pero muy habitual en la cocina de estos países. El folklore húngaro está falseado por los vivos ritmos musicales de un pueblo tan marginal como el hebreo: los czigány o zíngaros, gitanos o roma, como se les quiera llamar, de piel de color ceniza, pobladas cejas y ojos negros y penetrantes, unos naturales húngaros y otros emigrantes búlgaros, moldavos y valaco-rumanos. Una reina de Hungría inició, en 1761, un cambio de legislación para asimilar a la etnia, facilitándoles instrumentos de labranza y prohibiéndoles vivir en tiendas, expresarse en su idioma o tañer sus instrumentos musicales. También obligó a los niños y a los adolescentes a asistir a la escuela, frecuentar la iglesia y salir del núcleo familiar para aprender un oficio. En nuestros días, todo eso ha pasado al olvido, aunque sus actividades folklóricas, como hacen en España, resultan imprescindibles para aliviar la sed de diversión de los turistas.

 

 

 

 

Széchenyi Lánchid

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Palacio de Trianon

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estatua de Stalin decapitada

 

 

Imre Nagy

 

 

 

 

 

 

 

Arthur Koestler

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Restos de proyectiles rusos frente al Parlamento

 

 

 

 

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