Emilio García Gómez

 

India mítica, diversa, caótica

 

 

 

 

 

El subcontinente asiático es un lugar de acogida, encuentro y partida de civilizaciones milenarias, un dédalo sembrado de libros sagrados, hagiografías y especulaciones teológicas, un pozo de decantación de mitos, fantasías, supersticiones y mentiras, muchas de las cuales han traspasado cordilleras y mares hasta recorrer un largo camino desde sus remotos orígenes proto-indoeuropeos. En el centro del laberinto, si uno logra alcanzarlo, le espera la realidad desnuda y sin contemplaciones.

Bastarán un par de ejemplos para mostrar la exudación, transferencia e infiltración de leyendas indo-arias e indo-asiáticas en la civilización indostana, greco-latina, árabe, céltica, nórdica y anglo-germánica, formando una red de marcadores culturales compartidos por medio mundo y perfectamente identificados por Fiske, Cox, Renan, “Las mil y una noches” y otros.

Se cuenta que, en el siglo XII, el rey Putraka intervino para evitar que dos hermanos siguieran disputándose unas sandalias que poseían las mismas virtudes que las de Hermes y una escudilla tan mágica como la lámpara de Aladino. Putraka les arengó para que se las jugaran a la carrera. Cuando los dos tontos se echaron a correr, Putraka tomó el cuenco, se calzó las sandalias y desapareció volando.

En otra narración aparece el rey Rama, camino de casa en compañía de su esposa y su ayudante Luxman. Éste oye la voz de unos búhos avisando de los peligros que acechan a sus amos. Luxman les salva de ser aplastados por la rama de un baniano (una especie de higuera); luego les aparta de una bóveda que se colapsa, a tiempo de evitar que mueran bajo los escombros. Mientras descansan a la sombra de un árbol, Rama se queda dormido. Una cobra se arrastra hasta la reina y Luxman la mata con su espada, pero, tal y como habían anunciado los búhos, una gota de sangre cae sobre la frente de la reina. Luxman se acerca a succionar la sangre. En ese momento despierta el rey y, creyendo que su visir está besando a su esposa, le reprende por su ingratitud. Luxman, profundamente afectado por la incomprensión del rey, se convierte en una roca.

 

El rey Rama

En otro lugar físicamente alejado de la India -Alemania- surge una versión de la leyenda de Rama en el “Fiel Juan”, que acompaña a su amo, un príncipe germánico, en busca de esposa. Tras encontrar a la doncella, unos cuervos advierten a Juan de las tribulaciones que aguardan a su príncipe, de las que sólo él, entregando su vida, puede librarle. El día de su boda, la novia caerá en un sopor y, a menos que alguien le saque tres gotas de sangre de su seno derecho, morirá. Pero quien lo haga, y le dé al rey una explicación, se convertirá en una roca. Juan cumple su obligación y la salva, pero el rey, incapaz de comprender la razón de aquel acto, ordena que le ahorquen. Desde el cadalso, Juan cuenta la historia y, a pesar del remordimiento del rey, acaba petrificado.

La gota de sangre en la frente se ha mirado de forma irreverente por los propios indios. Dicen que en la antigüedad, los hombres practicaban el tiro con arco apuntando a la frente de sus mujeres. Al alcanzar mayor precisión, se vieron en la necesidad de convertirse en polígamos. Por otra parte, la presencia de tantas vacas en las calles de las ciudades de la India obedece a la dieta hindú, que prohíbe comerlas por considerarlas sagradas. Cierto gobierno, apurado por el descenso demográfico a causa las hambrunas, se vio obligado a fomentar el consumo de proteínas humanas. Ver, en fin, tanta gente harapienta y descalza despierta el interés por la tradición de caminar sobre ascuas. Por un lado, esta costumbre forma parte del folklore de incontables pueblos indios y naciones de Occidente; y por otro, al endurecer las plantas de los pies, hace innecesario el uso de calzado.

Dejando a un lado tanta trivialidad, y evitando perdernos en la descripción de la historia antigua de la India, hay un período que ha dejado huellas profundas y duraderas. Se trata del Imperio Mongol. En 1526, fieles al espíritu belicoso de sus antepasados Gengis Khan y Tamerlán, los mongoles fueron atraídos a este lugar por aventureros iranios y centroasiáticos. En poco tiempo -apenas un siglo-, la dinastía mongol se hizo con el control de todo el subcontinente, montando una superestructura estatal centralizada e implacable a la hora de imponer y recoger gabelas suficientes para conservar el poder, el lujo y el prestigio de su corte. El estilo cultural de este linaje, sus ritos y sus vestimentas fueron imitados por las capas sociales subordinadas y por gran parte de la burguesía hindú y musulmana.

 

El Taj Mahal, edificio emblemático del imperio mongol (1631-1653)

En el siglo XVII se produjo una invasión de inmigrantes árabes y turcos y algunos visitantes europeos -ingleses, holandeses, armenios, daneses y franceses- mordidos por la curiosidad que despertaba el esplendor y la pujanza de los mongoles, muy expertos a la hora de mantener toda una caterva de funcionarios civiles y militares y, de paso, asegurarse el control del país durante siglos. Uno de estos viajeros, Dean Mahomet, musulmán originario de Patna (Bengala) y repatriado en 1784 a la entonces colonia inglesa de Irlanda, publicó en 1794 un libro de viajes en forma epistolar -el primer libro escrito en inglés por un indio- en el que describía sus experiencias en su India natal en la época de la expansión militar de la Compañía Inglesa de la India Oriental, que buscaba proteger y garantizar su monopolio en la producción y comercialización del té, el opio y el nitrato potásico –esencial para fabricación de la pólvora-, cuyo principal destinatario era China.

 

Dean Mahomet (1759-1851)

 

Mahomet se unió a la milicia de la Compañía como oficial subalterno. Conviene destacar que en 1771 Inglaterra sólo contaba en Bengala con un par de centenares de funcionarios civiles británicos, bastándose para gobernar un territorio de 30 millones de nativos, entre quienes reclutaba a los demás empleados. En el ejército de Bengala dejaron huella para la posteridad las bien organizadas compañías de “cipayos” (palabra portuguesa de origen persa que significa jinete), compuestas de naturales del país bajo mando británico y adecuadamente uniformadas con el fin de reducir sus signos individuales de identidad étnica o religiosa. 

 

Cipayos durante la sublevación contra el ejército británico (1857)

 

Mahomet describió estas brigadas, así como la frenética actividad comercial de ciudades como Calcuta, Muxadabad, Benarrés, Delhi y Bombay, repletas de gentes de múltiples orígenes y creencias –mongoles, persas, abisinios, hindúes, musulmanes-, con sus exóticas y extravagantes ceremonias y costumbres.

Los “Viajes” de Mahomet apenas despertaron el interés de los lectores ingleses hacia un país lejano y legendario cuya riqueza cultural y diversidad étnica se mantenía en la frontera de lo desconocido. Mahomet fue un ejemplar típico de una sociedad invisible –como todos los pueblos colonizados-, transculturada y britanizada, el producto de un matrimonio de conveniencia entre una India envuelta en el caos social y una metrópoli – Inglaterra - que siempre se ha beneficiado de las tensiones inter tribus, castas, etnias y creencias religiosas de los pueblos que ha sometido.

El inglés en India y Sudasia

McArthur (1992) cuenta que el primer inglés que visitó India fue un embajador de Alfredo el Grande, que presumiblemente llegó hasta allí en el año 884 en busca de la tumba del apóstol Santo Tomás, asesinado, según refirió Marco Polo, por gente del reino de Far. Pero el idioma no comenzó a echar raíces hasta el siglo XVIII, con el establecimiento de escuelas cristianas en Bombay y Calcuta y, sobre todo, con el apoyo del Raja Rammohan Roy (1772-1833), un reformista enamorado de los modos culturales y científicos occidentales. Por su parte, Thomas B. Macaulay (1835), miembro del Supremo Consejo de la India, expresó su idea de britanizar y occidentalizar a la población india en los siguientes términos:

En estos momentos debemos formar unas clases que actúen de intérpretes entre nosotros y los millones que gobernamos; una clase de personas de sangre y color indios, pero ingleses de gusto, opiniones, moral e intelecto.” (Cit. en The Oxford Companion to the English Language, 1992).

Con actitudes como éstas entre las clases dirigentes, a nadie sorprende que la lengua inglesa tomara fuerza, no sólo en la India, sino en todo el subcontinente asiático, en medio de una elevada diversidad etnolingüística. Exceptuando Nepal, los demás países que configuran actualmente el subcontinente han adoptado el inglés como idioma cardinal.

Dada la expansión de la lengua inglesa en esta parte de Asia y también en el resto del mundo, se ha llegado a pensar que posee unos rasgos innatos de especial robustez, como si se tratase de una raza lingüística superior a las demás lenguas. En realidad, a diferencia de las demás variedades indostánicas, el inglés ha sido siempre, desde hace al menos dos siglos y muy especialmente ahora, el idioma de la élite cultural y económica, la lengua de las clases más favorecidas, la lengua de las humanidades, la tecnología y la ciencia, la lengua-patrón que todo el mundo desea aprender correctamente para sacarle el mayor provecho en los negocios, la administración y los intercambios sociales.

Pero hablar inglés no basta; hay que hacerlo de la manera más britanizada posible, sin ese deje que denuncia una extracción étnica, social o geográfica. Las jovencitas casaderas, cuyos padres publican anuncios en los periódicos para buscarles un buen marido, estiman mucho, junto a una favorable carta astral, expresarse bien, hablar sin acento, hablar un inglés estándar en prueba de que han pasado por un buen colegio, han tenido una buena educación y se hallan preparadas para fundar una buena familia en un mundo moderno.

Todos los lenguajes normativos contribuyen a la estratificación social, pero el inglés es más discriminador que ninguno respecto a los orígenes, las metas y los rasgos vitales, culturales y educativos de las personas. Kachru (1986), uno de los mayores expertos en el inglés sudasiático, destaca su funcionalidad en la propagación del conocimiento, su capacidad de adopción por los pueblos que se hallan en vías de desaculturación, su valor simbólico como idioma neutral, así como su elevada movilidad y capacidad de asimilación por hablantes cuyas lenguas propias están amarradas a la tradición, la etnicidad y, sobre todo, el aislamiento. A diferencia de lo que ha ocurrido en América del Norte, donde la presencia invasora del inglés ha costado la vida de numerosas lenguas, en India o Pakistán ha permitido la permanencia de las lenguas locales e incluso las ha reforzado con un aluvión de préstamos. La tradición orientalista, que ha luchado durante mucho tiempo para revitalizar los vernáculos, se ha visto incapaz de atajar la poderosa corriente anglicista, que extiende su señorío sobre prácticamente todas las esferas de la vida indostana. Detrás de Estados Unidos e Inglaterra, India es el país que más libros publica en inglés.

En el subcontinente asiático se hablan casi 700 lenguas y dialectos. Teniendo en cuenta que en situaciones de contacto siempre se producen cesiones y adaptaciones mutuas, se puede pensar que en esta inmensa región han crecido numerosos dialectos del inglés, algunos de los cuales no son claramente inteligibles entre sí. No obstante, tanto el inglés indo-pakistaní como el de Bangla Desh y Sri Lanka se suelen agrupar en una misma familia con rasgos comunes y colorido local, dependiendo de la lengua sustrato. Las 18 lenguas oficiales reconocidas por la constitución india abarcan el assamese, bengali, gujarati, hindi, kannada, kashemir, konkani, malayalam, manipuri, marathi, nepali, oriya, punjabi, sánskrito, sindhi, tamil, telugu y el urdu. El inglés tiene rango de "lengua auxiliar".

 

 

Algunas de las lenguas que se hablan en India (mapa reproducido de Maps of India: http://www.mapsofindia.com)

 

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