Emilio García Gómez

 

El inglés en España

 

 

1. Introducción.

Toma lo que te den, pero no dejes que te agarren”. Éste podría ser el lema de quienes tenemos nuestras raíces en la Península Ibérica, nos sintamos valencianos, vascos, catalanes, murcianos, andaluces, asturianos, gallegos, extremeños, castellano-leoneses, castellano-manchegos, cántabros, madrileños, navarros, riojanos, aragoneses, baleáricos, canarios, ceutí-melillenses o, a ver quién se atreve, españoles. Los pueblos que han llegado a estas tierras, incluyendo los linajes de Atapuerca y el Argar, los fenicios, ibero-celtas, italo-romanos, hispano-godos, hispano-árabes y, más recientemente, los profesores, gestores, jardineros, fontaneros, jubilados y turistas británicos, todos han dejado rastro de su presencia, permanencia, inmanencia y sustancia, convirtiendo la península en un enorme caldero de potajes múltiples en los que se destacan sabores y aromas exclusivos de cada paladar.

A pesar de nuestro ambiente pluricultural, los españoles – o, si se prefiere, hispano-ibéricos e hispano-insulares - siempre nos hemos inclinado hacia el etnocentrismo y la xenofobia, rasgos comunes a todos los pueblos expuestos a las idas y venidas de gente extraña dispuesta a dominar o saquear. Nadie mejor que los gitanos, los judíos, los moriscos y los franceses – al menos desde Napoleón – conocen nuestra furia y rechazo, y, sobre todo, nuestro espíritu revanchista, siempre rencoroso, siempre insatisfecho, aunque todos de todo hemos sacado dividendos. Las razones hay que buscarlas en la elevada vitalidad etnolingüística de cada uno de los linajes que configuran el país, hecho que podría explicar también la incapacidad del español para aprender idiomas forasteros o extranjeros, por ejemplo, el inglés. Los españoles, como los ingleses, americanos, italianos y japoneses, somos por naturaleza incompetentes en habilidades comunicativas en otro idioma que no sea el propio, excepción hecha de las personas que se mueven en un ambiente bilingüe. El fomento de una sola cultura se manifiesta en numerosas decisiones políticas conducentes a perpetuar una perspectiva de batracio.

Tan apasionado introito debería, en principio, ayudarnos a comprender las razones por las cuales España todavía no es anglófona en su totalidad, a pesar de lo atravesados que tenemos a los colonialistas ingleses (ténganse presentes Menorca y Gibraltar) y, sobre todo, a los imperialistas norteamericanos. Bajo su señorío nos movemos, sin embargo, y con ello mostramos la vulnerabilidad de nuestra fama como gente espesa. El idioma inglés es un fecundo donante de órganos – sobre todo vocablos y expresiones hechas – que aceptamos como si fueran imprescindibles para mantenernos vivos. El inglés, como señala Filipovic (1996) ha pasado de ser una lengua receptora de, al menos 135 lenguas –entre ellas el antiguo germánico, el nórdico, el francés y el español-, a ser donante en muchas más en el mundo, y, sin duda alguna, las del Estado Español. Y puesto que no lo vemos como algo pernicioso, estamos en disposición de analizar el alcance de este idioma en el presente y en el futuro de nuestro país.

2. Hispano-inglés

Según el Instituto Nacional de Estadística (octubre de 2001), el número de residentes británicos en España alcanza la cifra de 76.402, concentrados principalmente en las costas mediterráneas y las Islas Canarias. A ellos hay que añadir 15.687 estadounidenses y 1.451 canadienses. Se calcula que la cifra de turistas de larga estancia o propietarios de casas que conservan su domicilio en sus lugares de origen duplica esas cantidades. Teniendo en cuenta que el 95% de los estudiantes de primaria, secundaria y universidad eligen el inglés como primera lengua extranjera obligatoria, y que el 30 o el 40% de las canciones que se emiten por la radio o la televisión, o se oyen en privado, se recitan en ese idioma, podemos asegurar que no hay rincón en este país donde no se hable o no se chapurree el idioma inglés en cualquiera de sus versiones dialectales, bien nativas, bien idiosincráticas, es decir con acentillo hispánico.

Por razones de espacio, nos vemos obligados a renunciar al análisis de los innumerables anglicismos injertados en el español a través de la agricultura, la tecnología, la ciencia, la informática, la economía, la lingüística y el ocio, aunque mencionamos una lista selectiva que sirva de muestra.

Según un estudio realizado por Rebeca T. Smith (1998) en torno a los anglicismos encontrados en textos de agricultura publicados en diversos países de habla hispana, los autores chilenos son los menos cuidadosos en el uso de vocablos procedentes del inglés (un 20%), seguidos por los ecuatorianos (17,6%), nicaragüenses (13%), argentinos (8,6%), colombianos (4,15%), mejicanos (4%) y, finalmente, los españoles, con un 2,5%.

La importancia de este fenómeno se observa en la aceptación de nuevos préstamos por parte de la Real Academia Española de la Lengua, que los incorpora a las sucesivas ediciones de su diccionario. Paralelamente, el discurso cibernético está cada vez más lleno de anglicismos y neologismos procedentes del inglés, convirtiendo el español – como les ocurre a los demás idiomas - en un coladero lingüístico.

No podemos dejar de citar algunas de las palabras –muchísimas con la terminación en –ing -, que se han sumergido enteramente en español, pudiendo aparecer con la ortografía y la pronunciación modificadas. De esta manera, se oirá antidopin en lugar de “antidoping”, teniendo presente que la terminación –ng en inglés estándar se pronuncia como la –n española de “angora”, es decir, nasal velar /N/. Así, pues, nos encontramos aquaplaning, barranquing, body-building, bowling, briefing, camping, cañoning, casting, catering, chaqueta (“jacket”), climbing, consulting, dancing, doping, dribbling (“driblar”, regatear en fútbol), dumping, editing, esmoquin, feeling, filling, footing, happening, holding (compañía), internet, jogging, karting, kick-boxing, leasing, lifting, living (sala de estar), mailing, marketing, meeting (mitin politico o competición de atletas), merchandising, overbooking, parking, peeling, piercing, planning, pressing, pudding (budín, pudin), puenting, rafting, rating, shopping, sparring (en boxeo), stretching, surfing, timing,  training, travelling (movimiento de cámara en cine y TV), trekking, windsurfing, zapping, etc. En Mora (2000) se puede ver una larga enumeración de esta clase de préstamos.

Respecto al confuso y cambiante hispano-inglés del denominado ciberespacio, bastará con unos pocos ejemplos de préstamos, calcos y adaptaciones cuya prosperidad dependerá del grado de informatización y, desde luego, claudicación de los españoles ante los barbarismos: aloquear (de “allocate”, asignar), aplicar (de “apply”, solicitar), al random (de “at random”, al azar), bacap (de “back-up”, copia de seguridad),  brausear (de “browse”, hojear, ratrear), chat o chatear (“chat”, charla, charlar), cd-rom (!!), clic (“clic”, golpecito), panel de control (“control panel”), encriptar (“encrypt”, cifrar), email o emilio (“e[lectronic]-mail”, correo e[lectrónico]), facilidades (“facilities”, medios, instalaciones), járvar (“hardware”, equipo informático), línea caliente (hotline”, línea activa), pásvor (“password”, contraseña), pluguin (“plug-in”, conexión, accesorio), salvar (“save”, guardar), espónsor (“sponsor”, patrocinador), escanear (“scan”, explorar), surfear (“surf”, navegar), tópico (“topic”, tema, asunto), utilidad (“utility”, herramienta), web (“web”, telaraña), zipear (“zip”, comprimir) y, por último, por no hacerlo más largo, atachear (“attach”, adjuntar).

3. Los otros ingleses.

Describiremos, por su excepcional interés histórico-lingüístico, tres acontecimientos que han tenido lugar en las Islas Canarias, Baleares y Gibraltar. Contamos con la ayuda de unos cuantos especialistas en la materia, entre ellos Badía 1953, Ortells y Campos 1983, Dean 2000 y Armistead 1996, quienes se centran en el inglés residual tras el contacto político, comercial y turístico de Inglaterra y los tres enclaves mencionados. A ellos me uno con mis propias observaciones. Queda por describir, a un nivel lingüístico, el impacto de los residentes anglófonos en la España del año 2002, labor que algún día habrá que completar.

a) Anglo-canario

Ha habido presencia inglesa e irlandesa en Canarias desde principios del siglo XVI, atraídos por el aroma y el paladar de los buenos caldos que se producían en sus viñedos y con los que ya estaba familiarizado el dramaturgo William Shakespeare – apellido célebre que algunos canarios, como algunos andaluces, pronuncian sepia -. Posteriormente, en los siglos XIX y XX, dada la posición estratégica de las islas, en la ruta de Inglaterra a África occidental, Sudáfrica y Nueva Zelanda, se establecieron compañías navieras y se hicieron obras públicas para mejorar la infraestructura comercial y portuaria, abriéndose al mismo tiempo una corriente de turistas en busca del buen clima. El número de residentes ingleses a finales del XIX era más bien simbólico, acaso un par de centenares, que ascendería a medio millar a comienzos del XX, pero su peso en la economía del archipiélago fue a más.

Es destacable la capacidad británica para reproducir su propia organización social en los lugares de destino. Siendo una raza (por llamarlos de alguna manera, aunque el concepto de raza es inadecuado y acientífico) eminentemente gregaria, los ingleses pusieron en marcha en Canarias sus tradicionales recursos, fundando clubes de distintas clases para el fomento del ocio y la cultura como lazos de cohesión interna. De este modo proliferaron las agrupaciones para jugar al póquer, al golf, al críquet, al croquet, al fútbol, al tenis o a los bolos al aire libre. Abrieron hospitales, levantaron cementerios, inauguraron centros de estudios bíblicos y bibliotecas, instalaron logias masónicas, patrocinaron salas de baile, promovieron conciertos y fiestas benéficas, publicaron periódicos. Eso mismo siguen haciendo hoy a lo largo de la Costa del Sol y en las costas murcianas y alicantinas, como en Benidorm, Altea, Xàbia o Parcent. A pesar de la infiltración lingüística, y la sospecha de que se está generando un idioma de contacto conocido como pichingli canario, no es del todo cierto que éste se haya afincado. La prueba está en que la población de británicos ha crecido hasta alcanzar los 11.000 entre Tenerife y Las Palmas, pero el pichingli no ha crecido en la misma proporción. Lo inglés en Canarias debe tomarse como un modo de vida exclusivo, impermeable, y los cruces entre el español y el inglés no van más allá del plano léxico y fonológico, con grandes limitaciones cuantitativas, respetándose las respectivas estructuras sintácticas y morfémicas del inglés y el español.

En cualquier caso, el rasgo esencial de todos los préstamos del inglés en el español canario es su naturalización, es decir, la adaptación o alteración fonética y morfológica de la mayoría de las palabras, hasta volverse casi irreconocibles. La palabra choni corresponde a “Johnny”, nombre inglés pronunciado a la española; la expresión San llú, burro macho procede de “Thank you very much”; cona es “corner”; chute o chut viene de “shoot” (en fútbol, golpear o tirar el balón); gol, como bien sabemos, es “goal”; quineguá o quineguar son la marca de papas inglesas “King Edward”; autodate viene de “up-to-date” (actualizado) o bien de “out of date” (pasado de fecha); quini es “”kidney” (riñón); bisté es “beef steak” (chuleta de res); piche procede de “pitch” (lanzar la bola en el juego del críquet); queque es “cake” (tarta); cambullonero es una reconversión de “come, buy on” (en referencia a la persona que antiguamente se dedicaba a la compra-venta de artículos de dudosa procedencia, acercándose a los barcos extranjeros que recalaban en los puertos para intercambiar mercancías); guanijay o guanchisle, en sentido despectivo, procede de “One John Haig” (en referencia a un extranjero); brete es “bread” (pan); tique es “ticket”; bol es “bowl” (cuenco, recipiente); chanque es “change” (cambio); guagua (muy habitual en español cubano) posiblemente naciera de “waggon” (vagón, carreta).

El listado de anglo-canarismos en este supuesto pichingli contiene además los siguientes términos o expresiones actualmente en uso: arrojar (vomitar), calco de “to throw”; beterrada (remolacha) de “beetroot”; bisne (negocio redondo) de “business”; boliche (canica) posiblemente venga de “ballot” (balota, bola); boncho (fiesta, juerga) acaso sea “bunch” (grupo, p.ej. de gente); bosta (persona obesa) tal vez salga de “burst out” (reventar), al igual que emboste (atracón de comida); cáncamo (trabajillo, chapuza) seguramente se deriva de “Come! Come on!”; cuando era vivo es un calco del inglés “ When he was alive”; dar el pique (dar un plantón) puede que venga de “picket”, piquete que incita a ausentarse del trabajo, o bien de “ pick-up”, recoger a una persona que espera, aunque con significado opuesto); enralado (persona muy contenta y con ganas de juerga) debe proceder de “enrolled” (enrollado); esmoche (choque, accidente de tráfico) viene de “smashed”; estar quesudo o tener queso seguramente es una adaptación de “cheesecake” (mujeres atractivas que posan desnudas); fisco (trozo, cacho, pedazo) vendría de “a piece of”; moni es “money”; fonil viene de “funnel” (embudo, como el de un tornado); la palabra guiri se emplea en alusión al extranjero (normalmente inglés o alemán), y podría derivarse de la expresión “get it!” (¡toma!); nife (cuchillo canario) viene de “knife”; pegarse un estampido (golpearse) incluye la palabra inglesa “stomp” o “stump” (pisar fuerte haciendo ruido), pero lo más probable es que sea un anglicismo – “stampede” - que, a su vez, procede del español “estampida”; ¡Guas! (¡Cómo! ¿por qué?) vendría de “What?”; ¡sha! de “sure!” (¡seguro!); pimpe procede obviamente de “pimp” (chulo de prostitutas), aunque el significado adquirido, según Armistead (1996), es el de guía o intérprete en puerto marítimo. Finalmente, winche o güinche  (molinete, polea, p. ej., para sacar un coche de un atasco) vendría de “winch”.

b) Anglo-menorquín

Vista la contribución inglesa al estiramiento del español de Canarias, es fácil deducir que lo mismo tuvo que ocurrir en las Baleares durante la conquista británica de Menorca en 1708 y sus repetidas estancias desde 1713 (tras el Tratado de Utrecht) hasta 1755 (entrada de las tropas francesas), de 1763 a 1782 (nueva entrada de franceses) y de 1798 hasta su marcha definitiva en 1808, tras el Tratado de Amiens. En total, una presencia de 75 años. Hay pocos menorquines que no vean en la ocupación inglesa un período de renacimiento económico y transformación social,  El puerto de Mahón, por su protección natural, siempre ha sido atractivo para los navegantes ingleses y, sobre todo para los piratas. El Almirante Nelson fue un ilustre visitante, que, de paso, dio nombre a una marca de ginebra. Allí se construyó el Fort de Marlborough y un poblado sobre un promontorio conocido desde antiguo como Georgetown o Es Castell. Al igual que hicieron en Canarias, los ingleses levantaron edificios civiles como el Hospital de la Marina Británica y perpetuaron su memoria en lugares míticos como la denominada Finca de Sant Antoni o Golden Farm, supuesto lugar de encuentro entre el almirante Nelson y su amante Lady Hamilton. La arquitectura menorquina conserva la palabra boinder (de “bow window”), en referencia a una clase de ventana con arco típica de la isla.

Fruto de la presencia naval y militar inglesa se conservan los topónimos Carrer del Bèrecs (inglés “barracks”, casernas) y Sandy Bay. Algunos son redundantes, como la casa de Miss House o Es jugador de Plé (“play”). También se ha usado ampliamente el híbrido anglo-menorquín bricbarca (del inglés “brig”, bergantín de doble mástil, y del menorquín “barca”). De la actividad portuaria y comercial se colgó en el menorquín la palabra berguin con el sentido de “trato”, en especial con una prostituta (de “bargain”, trato, contrato o trapicheo), y el término boi (de “boy”, grumete o chico de reparto). Esta palabra aparece entrelazada con otra de origen inglés en la expresión Quatre jans i un boi, con el significado de “cuatro gatos”, poca gente. La palabra jan es obvio que procede de “John”, en referencia al forastero inglés, fenómeno observado con forma parecida en Canarias y Gibraltar. Simultáneamente se ha venido utilizando el antenombre miledi (de “milady”, señora) con distintos valores semánticos, mujer fea o señora de buen aspecto. La sociedad elegante británica dio origen a la expresión sa volta des milord (“el paseo del señor”), en alusión a un itinerario burgués por lugares muy populares.

La gastronomía menorquina conserva la salsa de asado con su nombre inglés de grevi (cuya ortografía estándar es gravy), los encurtidos llamados píquels, la pinxa (del inglés “pilchard”, procedente a su vez del latín “pilchardus” una clase de sardina) y, cómo no, el universal pudín (del inglés “pudding”), postre dulce o flan. Son famosos el gin, aguardiente inglés fabricado al estilo menorquín, o el gròg (de “grog”, licor inglés cuyo nombre nace del mote que se dio al almirante inglés Edward Vernon en 1740 por distribuir ron aguado). El menorquín contiene además un préstamo, séngri, procedente del español  sangría (derivado de “sangre”) y reimportada a través del inglés sangaree (bebida especiada similar a la sangría española). En Menorca algunos ancianos todavía hablan de fer un trinqui, echar un trago (del inglés “drink”, beber).

Algunos préstamos del inglés quedaron integrados en el lenguaje en forma de híbridos anglo-hispánicos o anglo-menorquines, según la lengua de acogida. Así, se conservan palabras como xumeca o xumèquer (por “shoemaker”, zapatero) o tornescru (por “screwdriver”, en español desatornillador). En algunos oficios se manejaban varios términos ingleses, acaso porque se importaron herramientas inexistentes hasta entonces, como puede deducirse de estèpel (inglés “staple”, grapadora, o modo de agrupar cosas por tamaño, anchura y longitud).

Una palabra frecuente es bigail, con el valor de grande o alto. Ninguna de las interpretaciones que se dan sobre el posible origen de la palabra parecen exactas, siendo más probable que naciera de “big guy” (hombre alto o corpulento, tiarrón), con la consabida modificación fonética forzada por la geminación de g/g.

La mayoría de los préstamos del inglés han recibido una ortografía natural con arreglo al estándar menorquín. Por ejemplo, siti (probablemente derivada de “settee”, sillón de dos plazas con respaldo), sútimbor (“setting board”, barrilete), tíquitil (de “tea kettle”, tetera) o xaquèns (de “shake hands”, darse la mano para saludar) reflejan formas de pronunciar naturalizadas. Nos sorprende encontrar la terminación –m en palabras como faitim (del inglés “fighting”, pelear), que en lugares remotos como Papúa Nueva Guinea corresponde a una verbalización del sustantivo inglés, como paitim, con el mismo significado.

En Menorca se encuentra una palabra –mèrvels- emparentada con otra similar de Gibraltar - mebli - a través del inglés “marbles”. El mèrvels menorquí se refiere al juego de canicas, siendo mèrvil la canica misma.

No deja de tener interés la situación sociolingüística de Menorca y de las Baleares en general, al iniciarse la normalización del catalán y despertar la resistencia de una parte de la población, que de ninguna manera admite la presencia de expresiones normativas catalanizantes por considerarlas ajenas a su identidad y uso tradicional. El caso es similar al ocurrido en la Comunidad Valenciana entre el movimiento integrador “Països Catalans” y el secesionismo valencianista o “blauero”. En ambas regiones se debate acaloradamente sobre si el balear –en sus variantes ibicenca, mallorquina y menorquina- y el valenciano son un residuo del antiguo continuo romance existente con anterioridad a la conquista de Jaume I, o bien el propio catalán de los conquistadores cristianos regionalizado a través del tiempo por los localismos. La manifiesta intolerancia del vernaculismo menorquín frente a la presión del grupo pro-catalán contrasta con la complacencia ante los anglicismos introducidos en la lengua local, de los que llegan a sentirse orgullosos.

c) Anglo-llanito

No es científico creer que existe un patrón universal para todas las tallas. En cuestión de lenguas tampoco hay posibilidad alguna de encontrar un paradigma común, excepto el que podamos crear en un laboratorio o se halle exclusivamente en nuestra mente. Por eso, al referirnos al inglés de Gibraltar -el idioma oficial de Gibraltar- nos referimos al inglés estándar, un dialecto inespecífico, alejado de connotaciones regionales o sociales, propio de una clase culta y alejado de las clases obreras o de los extranjeros y que, aún así, contiene rasgos lectales que lo diferencian de los demás dialectos personales. Cualquier modelo de una lengua es siempre ideal, intangible, invisible e inaudible, si bien se proyecta en forma de hablas individuales que nunca coinciden con el modelo.

Cuando llegamos a Gibraltar, percibimos varias lenguas, tres de las cuales son, por orden de uso e importancia:

1) el inglés, como idioma normativo de la colonia;

2) el español de los trabajadores del Campo de Gibraltar que cruzan a diario la frontera y también el de los turistas españoles;

3) el denominado llanito, un híbrido de ambos.

Hasta hace poco, el llanito era un dialecto anglo-hispánico que caminaba detrás del inglés, el idioma de prestigio, y se transmitía verbalmente, como le ocurre a la mayoría de las hablas diglósicas. Pero, desde hace unos años, también se escribe, normalmente en forma de cápsulas humorísticas que aparecen en la prensa local y en las cartas familiares. Y es que el llanito siempre ha sido y sigue siendo el idioma de la casta y de los amigos íntimos, tanto si andan por allá como si se encuentran a miles de kilómetros de distancia. El llanito traduce las emociones y los encuentros informales, interpreta y organiza la solidaridad entre iguales, especialmente desde el brutal cierre de la verja en octubre de 1969.

Hola, yanis”, escribe un emigrante. “Un saludo a toda la gente wena de Gib, donde tengo un montonazo de friends. Os veré en Agosto. ¡Enfriad la bitter!”  Y otro exclama: “Afuuuuuuuu, que wapo ta ete sight e. Inger y Becky fasi la ma locaaaa aki!!!  Viva la locaaaa, lo llani y la calentita!!!” Y otra escribe su email: “Esto es lo mejor. I have been living in inglaterra 27 jears y todavia soy mas llanita que la calentita!!!! Me emocione mucho cuando mi sobrina Depronska me dijo de este sight. yo he sido muy cotilla to mi vida y en UK no se estila eso.” La “calentita” es la autora o autor de una columna en un semanario local -Panorama- que durante años ha estado contando, en llanito, los chismes de “la Roca”. Esta serie ha servido de refuerzo emocional para muchos estudiantes y emigrantes gibraltareños en el extranjero.

Conociendo un poco de inglés y otro poco de andaluz, se pueden entender fácilmente estos mensajes escritos con una ortografía atrevida y anormativa en una jerga híbrida que encierra todo un sistema de comunicación exclusivo de los gibraltareños, esa estirpe que se niega a ser engullida social, política, económica y culturalmente por su vecina España. Después de casi 300 años y tantas entradas y salidas de gente, bien poca sangre y menos espíritu quedan de los aborígenes. En cambio, gracias a y en virtud de la presión española sobre Gibraltar, obligando a parte de la población a emigrar en diversos momentos a Inglaterra, el Caribe y Madeira, siendo reemplazada por funcionarios y maestros ingleses, el idioma español pasó a una situación de subordinación respecto del inglés, y así sigue, aunque los llanitos no olvidan su dialecto interior. Hay que tener en cuenta la intensidad del mestizaje hispano-gibraltareño a través del matrimonio, el comercio, los medios audiovisuales (radio y televisión), la religión y, al menos por ahora, la apertura de la verja fronteriza.

Se cuenta que la palabra “llanito” se aplicaba a los habitantes del “llano”, gente de Algeciras, Campamento, San Roque y Los Barrios que, durante la segunda guerra mundial, cruzaban la frontera para trabajar en Gibraltar y cuyo español impregnó todos los rincones de “la Roca”. Lo más probable es que la palabra “llanito” naciera en boca de esos trabajadores al oír a las mamás gibraltareñas llamar a sus yanitos (diminutivo españolizado de Johnny-Johnnito). Por extensión, comenzarían a denominar a todos los gibraltareños yanis (Johnnys), yanitos o llanitos. Así queda anotado por la joven investigadora Jennifer Dean en su lozano artículo “El cambio de código, like a Rock” (2001). Hay que tener en cuenta que los extranjeros, y todos los forasteros en general, siempre reciben un mote de los lugareños. Por ejemplo, los comerciantes o funcionarios ingleses que residían en Canarias en el siglo XIX recibían el nombre de chonis (nuevamente Johnny pronunciado a la española) o guiris (posiblemente derivado de git! ¡largo de aquí! en lenguaje tabernario, o bien de get it, tómalo). Por su parte, los españoles, durante la ocupación de Nápoles, Cerdeña o Sicilia por las distintas monarquías peninsulares, eran conocidos como bisoños, por la costumbre que tenían de pedir algo comenzando por la frase “Io bisogno...” ("necesito...”). En algunos puntos de Andalucía se llama a los magrebíes mojamas (de Mohammed). Y a los soldados norteamericanos en Vietnam se les llamaba charlis (del nombre propio Charlie, aunque posiblemente sea un residuo de Charley, antiguamente, guarda nocturno creado por Carlos I de Inglaterra -Charles I-, equivalente al “sereno” español).

El llanito -el habla de los llanitos- no es un idioma en el sentido más estricto de la palabra, ni siquiera un pidgin, sino un subdialecto comparable al spanglish de Nueva York y con plenas funciones comunicativas. No contiene sólo expresiones procedentes del español, sino también restos de los otros idiomas locales, antiguos o modernos, como el judeo-español, el hebreo, el árabe, el maltés y el genovés, a conveniencia del momento y el estado emocional del hablante, aunque el léxico hispano-inglés se sobreimpone a los demás. Quien habla llanito no es que no sepa hacerlo adecuadamente en inglés o en español, puesto que la inmensa mayoría de gibraltareños son bidialectales, sino que lo emplean como sello de identidad. Cuando abren una conversación con desconocidos o con funcionarios de la administración gibraltareña, siempre la inician en inglés, cambiando de código a medida que se afloja la tensión del formalismo. Los españoles que visitan la colonia y quieren hablar en inglés lo tienen difícil, puesto que los yanis en seguida detectan su origen nacional y pasan a hablar en español, aunque con acento del istmo, la marisma gaditana contigua al Peñón.

El desayuno o la comida principal tradicional de Gibraltar (como en otros lugares donde antiguamente no había otra cosa mejor que llevarse al estómago) ha sido un plato de cuércaro o cuécaro (expresión derivada de la marca de gachas de avena “Quaker Oats”). “My dear Cloti”, se lee en Calentita, “los del Foreign Office andan nervioso. I imaginate they will want to darnos el traste, pero van a tener que comer cuecaro porque the people know what they want.” (Panorama, 26-1-98). Los cafés ofrecen un tradicional desayuno inglés con huevos y bequi (“bacon”). El lanche (“lunch”, comida a mediodía) puede consistir en un arishu (“Irish stew”, cocido), untando la grevi (“gravy”, salsa) con un brique (“brick”, bollo de pan) y mojándolo todo con chichibía (“ginger beer”, gaseosa) o cualquier otro tipo de drinki (“drink”, bebida). A veces, cuando tienen prisa, se limitan a tomarse un pisup (“pea soup”, sopa de guisantes) y unos picles (“pickles”, encurtido, pepinillos en vinagre), y de postre un quequi (“cake”, pastel o tarta).

Los fines de semana siempre hay alguien que celebra un pati (“party”, fiesta), donde se encuentra a gente muy choli (jolly, alegres). La mayoría se queda en casa viendo la televisho (“televisión”). En verano, los niños juegan en la calle a los mebli (“marbles”, canicas), mientras chupan un liquirba (“licorice bar”, regaliz). El duti de los tiche (“duty”, deber, “teachers”, profesores) es enseñar siempre en inglés, aunque muchos estudiantes hablan entre sí en llanito. El año escolar se divide en cuatro cuórtar (“quarter”, trimestre), al final de los cuales hay que pasá un examen (“pass an exam”, aprobar un examen). Hasta hace unos años, algunos maestros castigarían a sus alumnos rebeldes golpeándoles la mano con la rula (“rule”, regla). Los libros se compran en la shop (tienda) o se leen en las librerías (“library”, biblioteca). Por la ivining (“evening”, noche), si refresca, los paseantes se ponen un champa (jumper, jersey). Para ir al doctor se pide un apoinmen (“appointment”, cita) dando un ring (“giving a ring”, telefoneando). Si éste llega tarde, dará su apología (“apology”, disculpa). Los gibraltareños suelen ser muy cumplidores de sus diuti (“duty”, deberes cívicos), evitan la chitería entre compadres (“cheating”, trampas) y respetan las formas de cortesía británicas; todo el mundo dice tenkiu (“thank you”, gracias) cada vez que reciben algo de otros. Como casi todos se conocen, se saludan con un afternun (“Good afternoon!” buenas tardes). Los concesionarios de coches suelen vender modelos de segunda mano en muy buen estado, casi como brauniu (“brand new”, nuevos). Para comprarlo, antes hay que hacer una orden (“order”, pedido). Cuando gotea un grifo, se llama al plomero (“plumber”, fontanero). Los suelos de muchas casas, para aislarlos del frío, están cubiertos de alfombras y moquetas, que hay que desempolvar cuidadosamente con el júver (“hoover”, aspiradora). Las mujeres, sobre todo las mayores, mantienen ágiles los dedos de sus manos haciendo nitin (“knitting”, labor de punto) y disfrutando de una buena penshi (“pension”, pensión de jubilación). Los niños pequeños hacen su uiui en el poti (“wee wee”, pis; “potty”, orinal).

Por lo que hace a la pronunciación del inglés, la -r de final de palabra o la que precede a una consonante son mudas, como en inglés estándar. Por su parte, la -s, en similar posición, a veces, al cambiar de código, se adapta a la pronunciación andaluza, eliminándose o glotalizándose, es decir, aspirándose. En palabras que comienzan por -s, como Spain, street, los llanitos incorporan una -e parásita: Espain, estreet. La ortografía es, lógicamente, asistemática. Puesto que el modo de transmisión del llanito es estrictamente verbal, el tipo de escritura que aparece en las cartas electrónicas que envían los expatriados gibraltareños a sus amigos y parientes a través del semanario Panorama, es personal, un simple reflejo de la fonología de los hablantes, lo que justifica su descuidada presentación.

4. El futuro del inglés en España

Si la política educativa y económica de nuestro país no cambia sustancialmente, es de prever que el inglés seguirá ejerciendo una poderosa influencia sobre la población. Cada vez habrá más hablantes de inglés y éstos serán más diestros en el manejo del idioma. En las comunidades autónomas y zonas bilingües o bidialectales como la Comunidad Valenciana, el País Vasco, Cataluña, Galicia, Aragón, Asturias, noroeste de Extremadura o el Valle de Arán la competencia inter-lingüística no se va a producir entre el inglés y las lenguas locales, sino en todo caso entre éstas y el español, que va tomando fuerza o se consolida como lengua esencial para la comunicación intra y trans-regional.

El inglés, en España como en otros países europeos, difícilmente puede arrinconar a las lenguas nativas como idioma preferente en las relaciones políticas, sociales y comerciales, como ocurrió en muchos países y territorios africanos, asiáticos, americanos y oceánicos como parte de un proceso colonial. Eso ha ocurrido en Gibraltar por su especial configuración histórica, pero resulta impensable que tenga lugar en un estado moderno como el español del siglo XXI. En el peor de los casos, el inglés seguirá afectando a todas las lenguas nacionales, sobre todo al castellano y, en menor medida (por su inferior número de hablantes) al catalán, al vasco y al gallego, mediante la cesión de nuevos préstamos léxicos por razones técnicas y científicas. Eso no es malo, sino que añade nuevos planos léxicos y semánticos insuficientemente desarrollados por el español o las lenguas hispano-peninsulares. No obstante, conviene tener en cuenta que muchos de los anglicismos introducidos en el pasado en Menorca (como baienbai, de “by and by”, más adelante) y en Canarias han desaparecido o se hallan en vías de extinción, dando paso a nuevos anglicismos con arreglo a los usos actuales.

Es necesario subrayar la importancia de que España posea buenos modelos lingüísticos y pedagógicos integrados en el aparato educativo del estado, que llega hasta donde otros no pueden llegar, como los Institutos Británicos, colegios bilingües y academias privadas. En nuestros largos años de contacto con la lengua inglesa, hemos observado el crecimiento incesante de este idioma, en detrimento de otros importantes como el francés, el alemán, el italiano o el portugués. Esta tendencia puede invertirse a medida que se tome conciencia del verdadero valor del francés, el alemán y el resto de idiomas comunitarios en la relaciones internacionales y se activen los trasvases de población por motivos laborales, educativos y de ocio en una Europa sin fronteras políticas, aunque las seguirá habiendo etnolingüísticas.

Referencias

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The Gibraltar newsweekly Panorama. Diversas ediciones. Extractos reproducidos con expresa autorización.

 

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