ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Italia

 

     Con casi 58 millones de habitantes y un agobiante pasado imperial y colonial a sus espaldas, la República Italiana es un verdadero laberinto social, étnico, lingüístico y cultural que ha atraído a gentes y ejércitos de toda Europa. Sus fronteras han experimentado variaciones importantes, lo que unido a las reiteradas invasiones y ocupaciones de pueblos venidos de lejos justifica la diversidad étnica y lingüística del estado. La proximidad de Bavaria hace que en el norte de Italia se hable el bávaro y el cimbrio, uno de sus dialectos, del que quedan 2.300 hablantes en Italia septentrional distribuidos por Trentino, Veneto, Verona y Venecia. Dada su precariedad, hay un intento de promoverlo en las escuelas de la región. Ochenta mil habitantes de Calabria, Apulia, Basilicate, Molice y Sicilia, la mayoría dedicados al campo y al pastoreo, descienden de mercenarios albaneses llegados en el siglo XV, lo que explica la presencia en la zona de cuatro dialectos derivados del albanés. En Alghero, en la costa noroccidental de Cerdeña, todavía hablan el catalán 21.629 personas, como testimonio de la expansión de Cataluña en el Mediterráneo. En Val Lesa (Gressoney, Issime, Gaby), Valsesie (Alagna, Rima S. Siuseppe, Rimelle) y Valle Anzacxa (Macugnage) quedan 3.400 hablantes de walser, la lengua de sus antepasados procedentes de la región de Oberland, Berna, en los siglos XIII y XIV. En Molise, en las aldeas de Montemitro, San Felice del Molise y Acquaviva-Collecroce se habla serbo-croata (unas 3.500 personas), traído a la región por refugiados en los siglos V y VI. En Sassari, al norte de Cerdeña, se habla un dialecto toscano, residuo de la presencia colonial de Pisa durante la Edad Media. Esta isla estuvo en manos de los césares romanos -que nunca lograron subyugar enteramente a su población- y luego de los vándalos, sarracenos, genoveses, aragoneses, austriacos y savoyanos, hasta que en el siglo XIX quedó bajo el cetro de la monarquía italiana.

     Sicilia fue ocupada desde la antigüedad por los sicelos, que dieron nombre a la isla. Los griegos llegaron en el siglo VIII a. de C. Los romanos la convirtieron en la primera provincia de la península. Los árabes legaron el cultivo de los pistachos, las naranjas y los limones. Los normandos la fortificaron, construyeron catedrales y dejaron su huella genética, visible en los ojos azules de algunos sicilianos. Españoles y austriacos gobernaron el territorio desde sus palacios de Palermo, aunque por falta de un estado nacional quedó el poder en manos de familias, los mafiosi. El abandono y la explotación dieron origen a la miseria, el enclaustramiento y la náusea que caracteriza a los sicilianos; la Virgen de los Dolores, patrona de Enna, es una de las herencias más emblemáticas y estimables que dejaron los españoles de su estancia allí en el siglo XVII.

     Palermo, en el corazón de Sicilia, floreció con los fenicios y se convirtió en un bastión de los romanos y los cartagineses. Durante tres años Hamílcar mantuvo un campamento en el monte Pellegrino, sin lograr desalojar a los romanos de la ciudad. Posteriormente fue ocupada por ostrogodos, árabes, bizantinos, normandos, alemanes, franceses, españoles y, por supuesto, italianos. La matanza de franceses conocida como “vísperas sicilianas” se inició en Palermo en Semana Santa de 1282, cuando tocaban a vespertinas las campanas de su monasterio cisterciense. La catedral de Monreale, Santa Maria Nuova, erigida sobre la Concha d’Oro de Palermo en honor de Guillermo el Bueno y su madre, Margarita de Aragón, es un monumento al mestizaje cultural que invade Italia: fue construída por maestros normandos y sicilianos sobre una base latina, aprovechando antiguas esculturas griegas y columnas romanas, insertando mosaicos bizantinos y rematándola con molduras sarracenas.

     Venecia fue la envidia de Europa por sus vínculos comerciales; por sus manos pasaban el café, el arroz, el azúcar, las especias, el vino y el aceite. Capri (del griego kápros, jabalí), fue habitada desde la Edad del Bronce, desde tiempos de Homero, tierra atractiva para fenicios, griegos y turcos. En 1535 la isla fue saqueada por Barbarroja, un oficial del ejército de Suleimán el Magnífico.

     En el siglo III las legiones romanas salieron de Dacia (actual Rumania), cediendo a la presión de los bárbaros. En el año 410 los visigodos entraron en Roma y pronto se crearon seis o siete reinos germánicos en Italia. Dacia quedó a merced de los godos, los hunos, los eslavos, los ávaros, los búlgaros y los germanos; lo único que sobrevivió a los invasores fue la lengua, el latín vulgar, del que se deriva el rumano.

     El número de lenguas que se hablan en Italia asciende a 33, algunas de las cuales ya hemos mencionado arriba. Entre las variantes itálico-indoeuropeas figura en primer lugar el italiano, la lengua nacional, con 30 millones de hablantes que lo usan como primera o única lengua y sin contar los hablantes de dialectos, los más importantes de los cuales son el abruzzo, el cicolano-reatino-aquilano, el laziale, el marchigiano central, el molisano, el pugliese, el toscano y el umbrio. La mitad de la población del país se expresa habitualmente en el dialecto de su zona, que con frecuencia resulta ininteligible a oídos forasteros, incluso a los italianos de otras regiones. La mayoría de los emigrantes italianos a distintos países de América, África, Oceanía y Europa se han llevado consigo su vernáculo. El ligur y el genovés, con 1,853.578 hablantes, se oyen en el norte. El lombardo (8,671.210 hablantes), que también se habla en Suiza, es la lengua de Milán y la región de Lombardía. Por su parte, Campania y Calabria son la reserva del napolitano-calabrés, con 7,047.399 hablantes, muchos de los cuales no emplean el italiano normativo, que difiere notablemente de aquél. El piemontés es la lengua de 3 millones de personas del noroeste de Italia. En Cerdeña aparecen cuatro variantes de sardo: el meridional, que se habla en Cagliari, el nororiental, que se ve influido por el corso y el toscano, el central y el noroccidental, afectado por el ligur y el pisano. El siciliano (4,680.715 hablantes) ha recibido notables trasvases del francés, motivados por la presencia franca en la isla. Sus dialectos son conocidos como siciliano occidental, metafonética occidental, metafonética suroriental, nonmetafonética oriental, mesinese, isole eolie y pantesco. El veneciano (2,109.502 hablantes) y el emiliano-romagnolo, con sus ocho derivaciones dialectales, aparecen respectivamente al norte y al noroeste. Los tres dialectos del friulano (600.000 hablantes) se hablan en Italia septentrional, junto a Eslovenia y Corintia (Austria), y comparten su territorio con algo de alemán y, por supuesto, el italiano, que sigue siendo la lengua dominante. Como es habitual en comunidades atentas al uso de su dialecto, existe un movimiento para fijar el friulano convirtiéndolo en lengua literaria.

     Entre las variantes de la familia galo-románica aparece el mismo franco-provenzal, que hablan 70.000 vecinos del valle de Aosta y unos pocos en Faeto y Celle S. Vito, al sur de Italia. El francés lo hablan 100.000 personas en Aosta. Finalmente, el provenzal lo hablan otros 100.000 residentes en el Piedmonte italiano y en Calabria.

     Entre las variantes germánicas que se hablan en Italia aparece en primer lugar, por su importancia, el alemán (225.000 hablantes), que se enseña oficialmente en las escuelas del Alto-Adige y se habla regularmente en Tirol meridional, en la provincia de Bonzano. El mócheno, con 1900 hablantes, es una variante relativamente próxima al bávaro, cimbrio y alto alemán, manteniéndose activo en Fierozzo, Gereur y Palú, en el Valle de Fersina.

     Otras lenguas diversas y minoritarias que se hablan en Italia son el esloveno, que se oye en Trieste y Gorizia, junto a la frontera de Yugoslavia, siendo una lengua que se enseña en escuelas étnicas; el griego y sus dialectos salento y aspromonte, que apenas lo cultivan 20.000 residentes en Reggio, Salento y Aspromonte; el judeo-italiano, a punto de desaparecer, puesto que apenas un 10% de los 40.000 judíos italianos llegan a hablarlo; el ladino, distinto al judezmo, o judeo-español, se habla en las Dolomitas (35.000 personas); el romaní de los Balcanes (5.000 hablantes); el romaní sinte (14.000), muy extendido, aunque minoritario, en Europa central; y, finalmente, el romaní valaco (de 2.000 a 4.000 hablantes), también muy repartido entre la población gitana de Europa central y occidental.  


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