ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Macedonia

 

     Los administradores del imperio otomano en los Balcanes dividieron los territorios ocupados sin ningún tipo de consideración orográfica, étnica o lingüística. Deshecho el imperio, y teniendo en cuenta que esta región lleva siglos siendo un vertedero de razas y lenguas procedentes de todos los rincones de Europa, sólo a personajes de mente obtusa como el serbio yugoslavo Milosevic se les ocurre poner en marcha un proceso genocida para acabar con lo que creen ser una enorme confusión nacional, cuando en realidad la confusión la tienen ellos dentro de sí mismos, al ser incapaces de trabajar eficazmente y pacíficamente en recintos sociales multifocales. El enquistamiento de la comunidad diferencial albano-kosovar y su resistencia a la asimilación al estilo zelote se resuelve con su eliminación física. Es como tapar a brochazos los símbolos del Guernica de Picasso para mitigar la ansiedad paranoide de un fascista.

     Bulgaria y Macedonia fueron invadidas tras el colapso de los imperios griego y romano por pueblos bárbaros del nordeste de origen finés residentes en las orillas del Volga; después vino un derrame de eslavos. El resultado es una amalgama de fineses, eslavo-búlgaros, serbios, ilirio-albanos, griegos, rumano-valacos y tracio-latinos, a los que hay que añadir una buena inyección de sangre turca. Parte de la población que precedió a todos ellos, los tracios, en su tiempo helenizados y romanizados, han caído en el olvido. Observando el mapa histórico de Macedonia, es incuestionable que esta joven nación, desgajada de Yugoslavia en 1992, ha sido el receptáculo de griegos, búlgaros, rumanos, serbios, albaneses, adigeo-caucásicos, turco-balcánicos, macedo-rumanos, gitanos y eslavo-macedonios. Auténtica macedonia -de ahí se deriva la conocida expresión-, pero no de frutas, sino de etnias. Hoy, sin embargo, la mayoría de la población es eslavo-macedónica, seguida de la albanesa, con unos pocos representantes serbios, turcos, valacos y gitanos.

     Su partición religiosa es simple: musulmanes y cristianos, si bien estos últimos tradicionalmente se han entendido muy mal entre sí, según pertenecieran a la variante greco-ortodoxa o a la exarquía búlgara, cismática. El pensamiento religioso puede alojarse en cabezas de distintas texturas capilares y con rostros de diversas tonalidades de color, así como expresarse en cualquier lengua. Mientras la clasificación de la especie humana es harto compleja, teniendo en cuenta la mezcolanza de familias, tribus, pueblos, razas, lenguas y dialectos, incluso aunque compartan los mismos recintos geográficos, en cambio, resulta cómodo generar una subdivisión por confesiones religiosas. Las instituciones políticas predominantes en cada período histórico de los Balcanes han iniciado diversos procesos de islamización, de cristianización o, durante el régimen comunista, de vaciado religioso. De este modo, el imperio turco, que siempre prestó especial atención a Macedonia, y consciente de la influencia de las creencias religiosas sobre los pueblos, favoreció al Islam a costa de los infieles cristianos, despreciados y explotados durante generaciones. Mereciendo la muerte, se les permitía seguir vivos a cambio de pagar unas tasas a los magistrados turcos, esclavizándoles de por vida. Los sultanes supieron guardar el equilibrio en zonas tan arriesgadas, desde un punto de vista socioétnico, como los Balcanes, ignorando la diversidad étnica pero asegurándose el control religioso mediante la inducción o la fuerza.

     Macedonia, cuya capital, Skopje, ha renacido de los escombros tras el violento terremoto de 1963, es un país interior, sin salida al mar y rodeado de vecinos con una fuerte identidad: Bulgaria, Yugoslavia, Albania y Grecia. La denominación oficial de Macedonia tras su independencia en 1991 y la inserción en su bandera de un símbolo sagrado para los griegos -el sol radiante de 16 puntas que apareció en la tumba de Felipe II, padre de Alejandro el Magno-, provocó la airada repulsa de Grecia, donde existe una región con este histórico nombre. El gobierno macedonio se vio obligado a adoptar el nombre oficial de F.Y.R.O.M. ante los organismos internacionales. El país apenas supera los 2 millones de habitantes, de los cuales unos pocos son de origen adigeo (circasianos esparcidos por Rusia, Turquía, Jordania, Siria, Iraq e Israel), 242.000 albaneses, 3.000 turco-balcánicos, 75.000 turco-otomanos, unos cuantos macedo-rumanos, un número impreciso de serbios, 120.000 romaníes balcánicos repartidos entre Yugoslavia y Macedonia y 1,386.000 eslavo-macedonios, que constituyen la mayoría de la población. La llegada de fugitivos albanos procedentes de Kosovo puede desequilibrar las tablas demográficas.

     En Macedonia se hablan 8 lenguas étnicas: eslavo-macedonio, como lengua nacional, adigeo, albanés gheg (la misma variante que el albano-kosovar de Yugoslavia), turco-balcánico -en cualquiera de sus dos dialectos, gagauz y konyar-, turco osmanlí, arumanio o macedo-rumano, romaní balcánico y serbo-croata.

     Si el futuro de Macedonia, con permiso de Grecia, está en el seno de la Unión Europea, el país ha de verse libre de motines y depuraciones étnicas, poniendo a prueba la capacidad y la voluntad de sus gobernantes a la hora de separar un concepto político convencional, el de nación -con independencia de su contenido sociológico- de otros conceptos exclusivamente antropológicos -raza, lengua y cultura-, cuya homologación en un espacio concreto y en el interior de un determinado perímetro es absolutamente inalcanzable por su elevada discordancia.

     Pero todas las tradiciones y manifestaciones culturales son transitorias y todas atraviesan períodos de renovación, casi siempre por obra del contacto exterior y, cómo no, por el cansancio étnico. Sin duda alguna es bueno sentirse amparado por nuestra propia progenie y vivir en la misma guarida, según la ley de la supervivencia de las especies; pero en un mundo civilizado -a unos meses del año 2000- también es saludable abrir la puerta y dejarse contaminar por el aire fresco, aceptando la exogamia, las costumbres ajenas y los alimentos nuevos, alterando los sonidos familiares y librándose del tufo del enclaustramiento y el sabor a rancio. Esas etnias deben preservar su identidad, pero también reconocer la inevitabilidad de la mixtura racial, cultural y lingüística. Del mismo modo, los gobiernos remisos a mantener un suelo social amosaicado están obligados a permitir el valor de la diversidad y, a la vez, fomentar la transfusión interétnica por medio de la convicción y el ejercicio de la tolerancia.  


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