Emilio García Gómez

 

Maxine Hong Kingston:

Las tribulaciones del chino

en la montaña de oro  

 

Maxine Hong Kingston

 

A mediados del siglo XIX, el gobierno de Estados Unidos firmó un protocolo con el emperador de China que abría las puertas a la libre emigración entre los dos países. Este hecho, unido a las necesidades de mano de obra para la conclusión del ferrocarril transcontinental en California, las explotaciones mineras de Alaska y las cuotas de inmigración impuestas arbitrariamente a lo largo de un siglo, generó una irregular circulación de orientales cuyo denominador común llegaría a ser, con la llegada de la revolución comunista, la reafirmación de la coleta como signo de limpieza de sangre en un país poseído por el demonio del antimarxismo. Pero la historia de América se llenó de infamia con la matanza de Los Angeles, el saqueo de Denver, los asesinatos de Rock Springs, los disturbios de numerosas ciudades o la legislación promulgada contra una raza calificada de “horda inasimilable y peligrosa para la paz y la seguridad”.

Cuando todo parecía casi olvidado, surgen dos de las obras más insólitas que se hayan publicado en las últimas décadas. Su autora, Maxine Hong Kingston, residente en Hawaii, es miembro honorable de la raza china, ciudadana norteamericana, profesora universitaria y esposa del actor Earl Kingston. Haciendo acopio de un rico caudal de relatos publicados en distintos medios de comunicación -Viva, Hawaii Review, The New York Times, The New Yorker-, concibió dos libros que dejaron estupefactos a los lectores más avezados. Y es que la reafirmación de la identidad étnica, iniciada en Norteamérica por activistas y escritores negros desde el siglo pasado, ha servido de detonante para que otras minorías -judíos, chicanos, indios, chinos- sientan ese mismo espasmo contracultural que vuelve del revés los tradicionales esquemas literarios caucásico-occidentales. El desarrollo en una lengua vernácula de una literatura indio-chino-judeo-chicano-americana no será factible hasta que termine el proceso educativo en que se hallan inmersos dichos grupos. Por ello, el distanciamiento entre lenguas impermutables -por el trasfondo que las sustenta-, como el chino y el inglés, obliga al lector a una permanente reflexión sobre sus propios conceptos y prácticas nacionales.

La lectura de The Woman Warrior (La mujer guerrera) revela una cosmología incierta; las relaciones espirituales del individuo con su civilización responden a una fuerza gravitatoria mítica e irracional, cuyo exorcismo se muestra casi imposible. El espacio, el tiempo y la gravedad son líneas estacionarias de las que sólo se puede salir cambiando de dimensión. Las supersticiones, lo sobrenatural y lo invisible son invitados de honor en la mesa donde habitualmente se sientan las especies biológicas. Nada hay que oprima, que aplaste y anonade tanto como ese pasado colorido y sencillo de la casita en una calle tranquila de un pueblo perdido en las montañas de China, con sus perros, con sus vecinos curiosos, parientes que compran y venden niñas inservibles, y espíritus que merodean por el entorno, llenándolo de espantosos sacrificios. Maxine acomete la tarea de demostrar que lo chino no es sólo un componente de raza, sino de tribu, todo un enigma engañoso que describe, con extraordinaria dulzura, el modo de trocear, hervir y deglutir a un ser humano, dentro de la milenaria contextura familiar. Y, sin embargo, en ningún momento se siente el lector acogotado por el tono cáustico, acerado, abdominal de los despertadores de la conciencia racial. Si pasear por las calles de Harlem o por el South Side de Chicago le obliga a uno a tropezar con personajes zarrapastrosos, mequetrefes, iluminados, navajeros o policías venales (pitorreo, jactancia y violencia personificadas), hacerlo de la mano de Maxine por Chinatown, en Nueva York o en San Francisco, es como adentrarse en una senda desde cuyos lados de bambú nos contemplan cariátides de ojos rasgados, bajo un dosel de vendas blancas, a modo de serpentinas, preparadas para estrujar los huesecillos de unos pies femeninos.

Dos bellos ideogramas

The Woman Warrior (Vintage Books, Nueva York) y, en menor grado, Chinamen (Ballantine Books, Nueva York) son dos bellos y complejos ideogramas cuyos trazos debe seguir el lector con el dedo para no perderse. Cada capítulo es una operación de microcirugía; cada voz, un quejido lastimoso, como esa llamada materna, patética, egocéfala, que procede del mar lejano: “¿Por qué has de hacerte una casa en América? Aquí tienes tu casa. Véndelo todo. Vende a tus hijas y mándame el dinero.” Maxine Hong Kingston transmite una suave fascinación por la comunidad rural, por el espíritu romántico que subyace en las fantasías de la tradición oral china. The Woman Warrior, con toda su complejidad, no deja de ser una nueva y rara manifestación del bildungsroman, con una protagonista -la autora- que acepta salir del sofocante abrigo de sus progenitores para asimilar la cultura de otra sociedad. “Basta de historias”, exclama Maxine ante su madre, “no quiero seguir oyéndolas. No tienen lógica”. Es preferible el plástico y el sandwich a la confusión del mito y la realidad. Los relatos de Chinamen ni siquiera nos obligan a desempolvar la vieja enciclopedia para hacer más tolerable la voltereta que nos vemos empujados a dar, con una aguja de plata clavada en lo más profundo de nuestro sistema sensorial. El capítulo The father from China es portentoso; el recuento de los pasos del maestro basta para arruinar los conceptos utópicos de la pedagogía rural. Maxine realiza un lento escrutinio -la sabiduría está reñida con la prisa- de lo que representa ser chino en la Montaña de Oro (Estados Unidos), dejando correr un flujo y reflujo de alegorías que anticipan la odiosa declaración final. “¿Cómo puede detenerse una guerra? - Licenciando a todo el mundo”.

 

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