Emilio García Gómez

 

 

Las irreverencias de H. L. Mencken

 

 

 

H.L. Mencken

 

     En 1923, dos bribones yankis -colegas y entrepreneurs - unieron brazos con Alfred Knopf para editar la revista The American Mercury. Se trataba del crítico de teatro George J. Nathan y del periodista Henry Louis Mencken, un auténtico fagocito de marcianos y de zombies de las letras americanas. La razón de semejante título (acepciones del diccionario: Mercurio: 1, mensajero de los dioses 2, metal venenoso 3, planta venenosa) no podía ser otra que la de continuar con el estruendo de una publicación precedente -The Smart Set-, de la que fueron colaboradores.

     Es posible que The American Mercury hubiera continuado con su línea habitual sin la inquietante figura de H.L. Mencken. La contribución de escritores de la talla de Sinclair Lewis, William Faulkner, Carl Sandburg, o la de respetables antropólogos como Margaret Mead, no pudo acallar la escandalosa agresión a la cultura de barrio organizada desde la sección "Americana". Hemos, pues, de entender como inevitable la desviación a la derecha que se produjo en la revista en cuanto cayó en manos del multimillonario J. R. Maguire.

     Personajes del estilo de Mencken son poco frecuentes; cuando se embarcó en la aventura de The American Mercury (1924), le pareció un deber placentero rebuscar en la clase política y literaria y denunciar la insensatez predominante. No se impuso límites ni siquiera encontró barreras lingüísticas es característico de su prosa enlazar sartas de palabras, retorcerlas y hacerlas girar sobre el lector como un mazo.

     Hijo de un fabricante de cigarros alemán y de una americana de origen igualmente germánico, no pudo escapar a una educación familiar metódica, burguesa, solvente, consistente. En 1908, uno de los escritores más admirados por los liberales americanos, Theodore Dreiser, le introdujo en The Smart Set, revista audaz y corrosiva. Sembrando la discordia desde allí y, más adelante, desde las páginas de The American Mercury, Mencken dejó bien sentado que, para él, esa era la única forma de sacar de su estrechez decadente a la literatura norteamericana. Huneker influyó sustancialmente en la manera de presentar sus criterios -muy subjetivos e imprecisos, a la moda impresionista-. Poco ecléctico, se dedicó a hurgar en los escombros de la cultura burguesa sin importarle la dispersión de materias a cubrir.

     A caballo entre la violencia intelectual de Nietzsche y el humor ácido de Mark Twain, Mencken representaba peligrosamente los valores de la intelligentsia germanófila. En la década 1910-1920, especialmente en la ola de idealismo que invadió Estados Unidos poco antes de terminar la Primera Guerra Mundial, se vió envuelto en polémicas literarias y políticas que le salpicaron desde los despachos universitarios. La reacción de Mencken, lejos de ponerse a la defensiva, fue iniciar una contienda contra los profesores de universidad, a quienes consideraba "hollow and preposterous asses". Denunciado en 1907 ante el Departamento de Justicia como "agente del monstruo alemán: Nietzky" (Nietzsche), fue sometido a investigación. El propio Mencken redactó un pliego de descargos, sin mayor trascendencia que la de burlarse, tres años más tarde, de sus acusadores, los patriotas de la "Liga Protectora Americana".

     Cabría preguntarse cuál fue la talla real de Mencken después de examinar a fondo ese aparatoso mausoleo de ensayos y artículos en los que aireó sus vendettas personales con la sociedad de la prohibición, el fariseísmo democrático y la religión-institución. Sin embargo, la obra de este periodista radical no deja de sorprender por el orden y por la insistencia con la que propuso la extinción de los mediocres y los granujas.

     Admirador del siglo XVIII, nunca buscó sustituir la alta cultura -la de la "minoría intelectual"- por una cultura popular, puesto que en su mesa de trabajo no había sitio para tal cosa. Sus irreverencias y exageraciones eran la antítesis del refinamiento y el aplomo; al mismo tiempo, su manera de citar nombres propios y crear barbarismos le alejaba de todo parentesco con el hombre de la calle. Cuando publicó su voluminoso estudio sobre el inglés americano, The American Language, cayó en ese regionalismo que tanto ha dañado la imagen de la cultura de su país y que, paradójicamente, él mismo trataba de reducir al absurdo. Para Mencken, la variedad americana del inglés poseía mayores recursos que la inglesa. "Movie", escribió en el segundo capítulo del libro, "es mejor que cinema y los ingleses empiezan a admitir el hecho adoptando la palabra"1 -previsión que se halla lejos de cumplirse 75 años después de ser hecha.

     Aunque The American Language llegó a ser aceptada por los lingüistas norteamericanos, sus juicios emanan un barroquismo difícilmente justificable en un estudio académico. Por poner un ejemplo, Mencken veía con mejores ojos el término office holder para aludir al public servant por ser más honesto, pintoresco y auténticamente anglosajón. Lo que los ingleses denominaban plough - "el parachoques con forma de cuña que llevan delante las locomotoras"- los americanos preferían llamar, con más atino, cow-catcher (recoge-vacas). Para Mencken, ya lo hemos visto, el inglés americano, a diferencia del inglés británico, no era un rehén de los académicos; ni siquiera los pedagogos Lindley Murray (1745-1826) y J. E. Worcester (1784-1865), autores, respectivamente, de una gramática del inglés y un diccionario de gran influencia en el Reino Unido durante generaciones, habían logrado recortar la libertad expresiva de esta variante. La inclinación del nuevo inglés era "hacia una claridad en los enunciados que, en el mejor de los casos, carece a la vez de cortapisas y de urbanidad, y hacia una hospitalidad que con frecuencia admite innovaciones en busca simplemente de la novedad, y que se muestra poco crítica  con la diferencia entre una auténtica mejora en concisión y claridad y la simple pero extravagante racionalidad". El inglés americano aceptaba el neologismo como un fenómeno que lo enriquecía y fortalecía. "Lo que es viejo y respetable ya se ha convertido en decadente en el instante en que entra en contacto con lo nuevo y lo vivaz". Afirmación de gran sentido común que Mencken no pudo evitar adornar con una fanfarronada: "Cuando los americanos acabemos con la lengua inglesa... tendrá el aspecto de haber sido atropellada por una comedia musical"2.

     Donde se mostró más intolerante fue en el campo de la política. Su repugnancia a la democracia como teoría política nació de su escepticismo ante las ideas, incluso las propias. "La democracia", escribió en 1926, "siempre anda inventándose distinciones de clase, a pesar de su hipotética repugnancia hacia ellas.... El hombre democrático es incapaz de pensar de sí mismo que es un ser libre; se ve obligado a formar parte de un grupo o ponerse a temblar de miedo y soledad -y el grupo, por supuesto, debe tener sus líderes"3. A falta de una aristocracia, el estado democrático introduce la plutocracia y, a partir de ella, se da rienda suelta a una bandada de demagogos y sinvergüenzas. Para Mencken, la democracia se sustentaba en una falacia: que todos los hombres fueran iguales, impidiendo que nadie pudiera ser superior a los demás.

     Sorprende el concepto de Mencken sobre la aristocracia: "una limpia tradición, cultura, espíritu público, honradez, valor" -concepto que parecía prestado de Henry James-, una aristocracia que no se parecía en nada a la creada por una clase urbana compuesta básicamente de "ricos empresarios y nivel cultural al estilo del decorador de interiores y el club de campo"-. El principal defecto de los Estados Unidos era la ausencia de una aristocracia civilizada, "firme en su posición, animada por una curiosidad inteligente, escéptica ante toda clase de generalizaciones fáciles, superior al sentimentalismo de las masas...."4 Ni siquiera Nueva Inglaterra fue capaz de crear o de mantener algo que se le pareciera; por el contrario, ese Estado nació, según creía Mencken, como un "matadero de ideas políticas", una teocracia que luego degeneró en plutocracia y en una casta de "pedantes estériles".5 La filosofía de esa plutocracia se reduce a la tesis de que el orden existente debe mantenerse siempre libre de ataques, siendo contemplada cualquier tentativa de crítica como prueba de torpeza moral. La obsesión de Mencken por la plutocracia americana le lleva a compararla con la de otros países, donde sí es capaz de generar hombres "de costumbres reflexivas y analíticas" dispuestos a racionalizar sus instintos y a enhebrarlos de algún modo con las principales corrientes del pensamiento.

     Los momentos críticos de la humanidad propiciaron en Mencken repentinos arranques de ateísmo frente a la reverberación del hecho religioso. Los viejos fantasmas de Hobbes, Diderot, Bakunin, Marx y Nietzsche parecían silbarle al oído palabras de aliento ante el absurdo metafísico. "¿Dónde" - se preguntaba Mencken- "se halla la tumba de los dioses muertos? Hubo un día en que Júpiter reinaba entre los dioses, y cualquier hombre que dudara de su poder era ipso facto un bárbaro y un ignoramus. Pero ¿en qué parte del mundo se encuentra un hombre que todavía siga adorando a Júpiter? ¿Y qué hay de Huitzilopochtli? En un solo año -de eso hace no más de quinientos años- eran sacrificados en su nombre 50,000 muchachos y doncellas. Hoy, si  aún le recuerda alguien, se trata de un vagabundo salvaje en la profundidad de la selva mejicana." Y Mencken redacta una lista de exóticos nombres de deidades, antaño competidoras del propio Jehová, tras la cual añade, con expresión lapidaria:

 

"Acaso piensen que bromeo. Que me invento los nombres. Pues no. Pídanle al párroco que les preste un buen tratado de religión comparada: ahí estará todos. Eran dioses de la más alta jerarquía y dignidad -dioses de pueblos civilizados- adorados por millones de fieles. En teoría todos era omnipotentes, omniscientes e inmortales. Y todos están muertos."6 

 

     Aunque aceptaba el contenido poético del catolicismo, la religión le parecía un silogismo. La severa eclesiastización de la sociedad le llevó a definiciones cáusticas:

 

"Arzobispo: Eclesiástico cristiano de rango superior al alcanzado por Cristo."7 

 

La presunción volvía al clero doctrinario, argumentativo, ridículo. Respecto del puritanismo dominante - "el acuciante temor a que alguien, en algún lugar, pueda ser feliz"-, Mencken lo consideraba producto de la envidia.

     Siempre rechazó el lado moral de la literatura; de ahí sus ataques al "nuevo Humanismo" y su oposición a la censura. "Somos una nación de evangelistas", escribió en "Crítica de la crítica de la crítica". "Uno de cada tres americanos se dedica a mejorar y engrandecer a sus conciudadanos, normalmente por la fuerza".8 La cultura y la literatura nacionales tenían tres capas: "arriba, la plutocracia abajo, una vasta masa de seres anónimos y sin identidad dominados por los demagogos y, en medio, una perdida intelligentsia boqueando su precaria vida."9 

     Una delicada cuestión era la de la raza anglosajona, mezcla de sangre teutona y celta cuyos residuos se extendían, según él, por el sur de Estados Unidos. A esta raza híbrida acusó Mencken de cobarde, susceptible de temores y alarmas, incapaz de entrar en guerra sin buscar aliados, e incapaz también de crear una auténtica civilización. Para Mencken, los Estados Unidos eran una comunidad de hombres de tercera clase, distinción fácil de hacer "por el bajo nivel de su cultura, su información, sus gustos y juicios y su vulgar competencia".10 Mencken no tuvo reparos en despegarse del patrioterismo huero y violento, sacando trapos sucios de la historia de Norteamérica y haciendo una caricatura del ku-klux-klanismo, del americanismo y del patriotismo:

 

"Cuando oigas a un hombre pregonar su patriotismo es señal de que espera una recompensa."11 

 

     Mencken buscó la controversia a sabiendas de que, al final, en la etapa de la decrepitud intelectual, la táctica podía reducirse a un simple intercambio de idioteces:

 

 "Todo hombre que se haya enzarzado habitualmente en la controversia, como yo lo he estado en los últimos veinte años, debe pasar a sus días de decrepitud con una melancólica sensación de vacuidad y futilidad."12 


 

1 The American Language. Edición revisada en 1936. Cap.1, parte II

2 "The hallmarks of Americans", The American Language, Cap.1, Parte II

3" A glance ahead". Notes on Democracy

4 "The National Letters", Prejudices: Second Series  (1920). Reimpreso en A Mencken Chrestomathy (1949)

5 "American culture", Prejudices: Second Series, (1920)

6 "Memorial service". Prejudices, tercera serie

7"Sententiae" (1912-1948)

8 Prejudices: First Series

9 "American culture", Yale Review  (June 1920)

10 "On being American", Prejudices: Third Series

11 Ibid.

12 "On controversy", The Human Mind. Prejudices: Sixth Series

 

__________

 

 

© 2012 http://www.etnografo.com