(Al encuentro
con el pasado. Albalate del Arzobispo)
Habíamos oído
hablar mucho de ella, pero nunca la habíamos visto. Por eso, una
noche después de haber escuchado el Canto de los Serenos: “las
once…, nublado”…, porque esa noche estaba nublado, nos conjuramos la
pandilla de amigos, que si a la mañana siguiente salía buen día,
iríamos a su encuentro.
En efecto, a la
salida del sol, nos juntamos todos en el viejo puente construido
hacía ya 250 años, cruzándolo en dirección hacia el Barranco de la
Hoz.
Llevábamos
nuestras cantimploras, calados nuestros sombreros, pues el día
prometía ser caluroso después de la tormenta nocturna, y empuñando
nuestros palos, no como bastones sino como elementos de defensa,
caminábamos decididos hacia la entrada del barranco.
Entonces no
necesitábamos de cayados, aunque sí precisábamos de defensas. Ahora,
después de sesenta años, necesitamos bastones y no tanto de
defensas.
Al comienzo
eran campos de cultivo: olivos, viñas, almendros y algún que otro
campo de cereal. Después el camino se estrechaba y se hacía más
pedregoso, con arbustos a los dos lados. Nuestras miradas inquietas
miraban a derecha e izquierda, adelante y atrás, viendo que a los
dos lados y a cierta altura se abrían innumerables cuevas, de donde
entraban y salían cuervos negros y buitres impresionantes, además de
gran cantidad de pequeños pajarillos que parecía que jugaban a
esconderse de nosotros. Caminamos temerosos un largo trayecto hasta
que al volver un recodo apareció ante nosotros Ella, la que
buscábamos, La Caraza.

"La Caraza"
en 2007
Es como una Esfinge hecha de roca viva. Según
nos decían los mayores allí estaba “la cuna” de nuestros
antepasados.

"La caraza"
vista por el pintor de Albalate Juan José Gárate Clavero (1970-1939)
Habíamos recorrido hasta el inicio del barranco dos
kilómetro desde el pueblo, más otros cuatro que tiene de longitud el
mismo; total que era ya cerca de la hora de comer. Por lo que
volvimos apresuradamente.

En el río, montañas y
barrancos están los orígenes de Albalate del Arzobispo.
Y es que el
sacerdote del pueblo Bardavíu Ponz lo había recorrido, excavado,
estudiado y escrito en su Historia de Albalate del Arzobispo,
editada en 1914. Él encontró esqueletos humanos, flechas, vasijas de
barro, etc. Tanto él entonces, como el profesor Pina Piquer (2001)
en su Historia de Albalate actual, nos trasportan al mundo de
nuestros ancestros. Lugares como la Cueva de la Caraza, la Cueva del
Subidor, el Olivar de Macipe, en el Barranco de la Hoz con una
antigüedad anterior al año 2000 a . de C., nos dan una distancia
temporal de más de 4.000 años entre ellos y nosotros.

Cueva de la Caraza, en el
Barranco de la Hoz
Pero según los
dos estudiosos, el sacerdote a principio del S. XX y el profesor a
principio del S. XXI, nos dicen que “hermanos” de estos habitantes
del Barranco de la Hoz son también los que habitaban en el Barranco
del Padre Santo, el de Valdoria, los de la Cueva de la Tarranclera,
los de la Cueva Negra, y los de Los Estrechos y Los Chaparros.
De éstos nos
quedan hermosas pinturas rupestres muy visitadas hoy en día gracias
a la promoción que han hecho los pueblos que componen el Parque
Cultural del Río Martín: Montalbán, Peñarroyas, Torre de las Arcas,
Obón, Alcaine, Oliete, Alacón, Ariño y Albalate. En todos ellos hay
importantes vestigios de nuestros antepasados.
En el Regular
de la Pinarosa, en el Cabezo de Cantalobos, en el Cabezo del
Palomar, y en la Val de Urrea, así como en el Cerro del Castillo, en
Virgen de Arcos, Zuera y Radiguero, quedan todavía reminiscencias de
los primeros habitantes de Albalate.
“El campo para
nuestras conquistas quedaba ya trazado”.
Nuestros
veranos eran pura aventura. Con la fresca de la mañana estudiábamos
un poco, pero después todo el día era nuestro. Batallas,
excursiones, apuestas nocturnas y mil aventuras y travesuras que
para los mayores rayaban casi la “delincuencia”. Y es que las
secuelas de la guerra continuaban también en nosotros. “Éramos niños
de la guerra”. Habíamos nacido en ella.
Así lo cuento
en el “Dios de mi pequeña historia”:
“El ambiente
era el de la post guerra. Los maquis se extendían por el Maestrazgo
y los montes de Beceite. En el pueblo había instalado un
destacamento del ejército en el garaje "Durbán". Los chicos
organizábamos peleas con espadas de madera y grandes escudos de
chapa o de cartón. Todos los riachuelos, barrancos, cuevas y
montículos nos los pateábamos una y mil veces. Un domingo, al salir
de misa y en la cuesta de las "Losas", se organizó una pelea
pegándonos de verdad unos cuantos chicos, rodando cuesta abajo, unos
encima ahora y otros debajo después. Nuestros juegos eran de espías
y ladrones; no respetábamos la tranquilidad de los vecinos. Nuestras
familias debían estar hartas de nuestra desbandada. Por lo que de
acuerdo quizás, con la Guardia Civil, ésta organizó "una batida"
cogiéndonos a todos y encerrándonos en el cuartel. El trato fue
serio, pero correcto para nuestra edad. Se intentaba nuestro
escarmiento de una vez por todas. A las dos o tres horas de estar
encerrados, los más pequeños, en este caso mi primo Emilio que no
vivía en el pueblo y que estaba de vacaciones, y a quien mis tíos
habían dejado al cuidado mío, o los más débiles, echaron a llorar;
se abrieron las puertas dejándonos salir; en la calle estaban
esperando nuestros familiares. La lección estaba aprendida. Eran los
tiempos del Guerrero del Antifaz, del Hombre Enmascarado, del Hombre
de Piedra y de Roberto Alcázar y Pedrín especialmente, a los que
teníamos como lectura habitual en nuestra cabecera y en los ratos de
descanso y de ocio”.

Cascada en el río Martín. Albalate del Arzobispo.
Era un gran
placer ir a pescar al río. Las aguas eran limpias y cristalinas. Se
criaban barbos, anguilas y madrillas (nosotros decíamos magrillas)
en los pozos que se formaban a lo largo del cauce. Nos lo conocíamos
palmo a palmo, metro a metro, con todas sus ventajas e
inconvenientes.
Hace algunos
años el periodista y locutor de Radio Zaragoza, José Juan Chicón, me
recordaba lo bien que se lo pasaba cuando en sus vacaciones venía a
Albalate y se incorporaba a nuestra cuadrilla de pescadores.
Con los restos
de un somier de malla metálica y de finos rizos a modo de red cogido
por sus extremos por dos de nosotros, lo introducíamos en el agua y
esperábamos a que los peces que huían de los que más adelante
espantaban con ruido, y palos agitando las aguas, venían a caer en
nuestra trampa. En la orilla del río quedaba el que los iba
ensartando de uno en uno en juncos de una forma parecida a como se
hace con las ristras de ajos para llevarlos al mercado. En ocasiones
sólo cogíamos dos o tres, por lo que decidíamos, para no perder
tiempo saliendo a la orilla, ponernos en nuestras bocas un pez cada
uno hasta la próxima redada. A mi aquello no me gustaba nada.
Sujetar en la boca un pez vivo que no hacía más que dar coletazos,
me impresionaba y me daba ascos. Un día por lo visto aflojé un poco
los músculos de mis mandíbulas y ello hizo que el pez con sus
fuertes coletazos se introdujera hasta mi garganta. Con un fuerte
grito expulsé el pez que cayó al agua y se perdió entre las piedras.
“Yo me liberé de él, y él se liberó de mí”.
Los barbos y
madrillas asados a la parrilla y en las brasas eran deliciosos para
nuestras meriendas. Al comerlos tostaditos crujían como un bocado
exquisito. Las vecinas nos compraban la mercancía en ocasiones con
lo que nos sacábamos unas perrillas para tebeos y para ir al Cine
Dorado los domingos. Las anguilas eran otra cosa. La suavidad de su
carne era tan fina que nuestros paladares de niños no lo aceptaban.
Nos daban náuseas. Para los adultos era un “boccato di Cardinale”.
Ese bendito río
Martín que en tiempos anteriores se había desmadrado tantas veces,
avisándonos de los riesgos que corríamos si construíamos viviendas
cerca de él, nos atraía como un fuerte imán.
Según nuestros
historiadores parece ser que el primer Azud fijo que se construyó en
el río fue hacia el año 1.529 sobre un anterior más rudimentario y
por el cual Híjar y Albalate se pelearon en 1522, teniendo que
intervenir el mismísimo Emperador Carlos V para aplacar los ánimos.
Una riada anterior al año 1547 derribó un molino harinero que
Hernando de Aragón volvió a reconstruir en ese año; Y en 1.649 otra
gran riada se llevó por delante el Azud construido en 1.529. Al
siguiente año, 1.650, el río vuelve a imponer sus leyes. Y así en
1.742, 1.801, 1.925, y la última en 1942. Todavía conservo su
imagen, mi madre me apretaba fuertemente la mano y por la barandilla
del surtidor de gasolina en el inicio del puente, pude contemplar la
grandiosidad de la riada. El alguacil obligaba a retirarse de
inmediato a las gentes, pues se temía que el puente pudiera ceder,
como ocurrió con el puente de reciente construcción de Urrea de Gaén.
La fuerza del agua se lo llevó por delante. Creo que hace algunos
años, recientemente, ha habido otra gran riada. Personalmente no
pude contemplar por vivir fuera de la Villa de Albalate. Unas ocho
grandes riadas que se pueden contabilizar.
La apuesta
consistía en ir por la noche, de uno en uno, hasta la puerta del
cementerio y en ella dejar la señal acordada con tiza para demostrar
que se había conseguido el objetivo. No era cualquier cosa pues
había que atravesar el río por el puente, subir la cuesta y pasar
entre los cabezos Cantalobos y Palomar, perder la visión de las
luces del pueblo, pasar por la iglesia de San José, cuya puerta
mirábamos de reojo, y en cuya espléndida cúpula decorada en estuco
esta la figura del mismísimo diablo. Es “todo un mundo decorativo
presidido por una especie de horror al vacío”, como lo describe Pina
Piquer. Al lado de esta iglesia está el cementerio con todo lo que
nos impresionaba por los innumerables relatos que se escuchaban a
los mayores.
Otras veces
quedábamos los amigos en sacar de las cuadras a nuestras caballerías
para llevarlas a abrevar. El abrevadero estaba en la orilla del río,
debajo del lavadero, al que había que pasar por la primera arcada
del puente, o bien por el otro lado junto al matadero. Nosotros lo
hacíamos por debajo de lo que hoy es “Casa Agustín”, restaurante
típico del pueblo. Bebían los animales todo lo que querían e
inmediatamente montados sobre ellos, “a pelo”, organizábamos unas
carreras hasta la “plaza del puente” para ver quien llegaba el
primero. A veces la Guardia Civil nos veía desde el cuartel y nos
amonestaba muy seriamente. Lo mismo hacía cuando nos cogía haciendo
camión stop desde el puente hasta las escuelas al otro lado del
pueblo. Porque no le pedíamos permiso al camionero sino que nos
escondíamos detrás y sobre la rueda de repuesto. Para bajar del
camión no había problema pues la cuesta de la escuela era lo
suficientemente empinada como para tener que disminuir
considerablemente la velocidad los camiones cargados de carbón de
las minas de Ariño.
En esa cuesta,
la de las escuelas, cuando los camiones venían de Valencia cargados
de naranjas, nosotros los asaltábamos, abríamos la lona que cubría
la caja del camión y empezábamos a arrojar naranjas a los
compañeros. El chofer era lógico que nos viese a través del
retrovisor, pero detener el camión a mitad de la cuesta y volverlo a
arrancar era costoso y arriesgado. El camión podía recular y el
remedio era peor que la enfermedad. También es posible que nos viera
y se apiadara de nosotros. “Nos regalaba sus naranjas, para él
abundantes, para nosotros escasas”. La falta de alimentos tras la
guerra la padecían todos, pero especialmente la padecíamos nosotros
“hijos de la guerra”, niños nacidos durante la guerra.
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Bibliografía:
HISTORIA DE LA
ANTIQUISIMA VILLA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO,
del Doctor D. Vicente Bardavíu Ponz. Tip. de P. Carra. Plaza del
Pilar (Pasaje). Zaragoza. Año 1914.
DE ILUSIONES Y
TRAGEDIAS. HISTORIA DE ALBALATE DEL ARZOBISPO,
de José Manuel Pina Piquer. Edita Ayuntamiento de Albalate del
Arzobispo. Año 2.001.
SUBPORTICA.
Revista digital de los alumnos que empezaron curso en 1951 en el
Seminario Menor de Alcorisa. Teruel. “EL DIOS DE MI PEQUEÑA
HISTORIA” de L: M: G: Año 2003.
EL PARQUE
CULTURAL DEL RÍO MARTÍN.
Colección Rutascai por Aragón. Edición CAI. 2003. Zaragoza.
Zaragoza, Marzo
de 2007