Niños
de la guerra (III)
(Las madres, todas las
madres. Albalate del Arzobispo)
Había
que decidirse. Esta vez la dificultad era grande y el riesgo muy
importante. Pero nuestra curiosidad era todavía más grande que la
dificultad y el riesgo.
Y es
que eso de encontrar un nido, trepar hasta él y contemplar los
huevecillos o los pajarillos recién salidos de sus cáscaras,
producía en nosotros una gran admiración y una gran ternura. Por los
árboles cercanos la madre revoloteaba sin cesar, inquieta, temerosa,
piando constantemente, como diciendo a sus hijos: “¡No temáis, aquí
estoy cerca de vosotros!”.
No
había que tocarlos, porque “si se tocaban sus madres los
aborrecerían y abandonarían”. Era lo que se nos había dicho siempre
y así los creíamos “a ojos cerrados”.
Que
una madre aborrezca al hijo era improbable, pero posible, y solo
pensarlo nos helaba la sangre.
Los
mirábamos con unos ojos muy abiertos, pero jamás los tocábamos.
Hacíamos “colección” de nidos avistados. Muchas veces cuando
volvíamos a verlos, ya no estaban. Habían volado.
Una
vez…
“En
cierta ocasión estábamos un amigo y yo intentando llegar hasta un
nido de pájaros que había en un chopo junto al río Martín. Se subió
el amigo trepando por el fino tronco del chopo hasta la altura del
nido. Cuando estaba contemplando los pajarillos, se le rompió la
rama, cayendo cabeza abajo, pero quedándose colgado por el tobillo
en una rama partida a modo de gancho. La escena venía a ser como la
que veíamos en el matadero, cuando colgaban a los cerdos y corderos,
una vez muertos, para despedazarlos. No podía incorporarse y
agarrarse con las manos, que se extendían abiertas en el vacío.
Cuanto más se movía, más quedaba enganchado. El dolor debía de ser
muy intenso a juzgar por los chillidos que daba. ¿Qué podía hacer
yo?, si corría a pedir ayuda, tardaría todavía un buen rato en
regresar. El riesgo de que se rompiera la rama, "el gancho", y
cayera de cabeza era muy posible. Me descalcé y empecé a trepar por
el árbol. Los pies descalzos se acoplan mejor al tronco para poder
trepar por él. Cuando llegué a la altura de su cabeza, la puse
apoyada en mi hombro y seguí subiendo hasta que rebasamos la altura
de su pié enganchado. Se lo saqué, y sentado sobre mis hombros, una
pierna a cada lado de mi cabeza, fuimos bajando muy lentamente…
No
recuerdo más del hecho. Lo más lógico sería que su madre lo llevara
al médico o al Señor Miguel, el Practicante (ATS), lo curara, y no
sé por qué, todo debió quedar en secreto. Yo olvidé hasta el nombre
del amigo. Pero recuerdo la imagen viva del lugar del hecho: entre
la peña "la Baya" y el "Molino de la Sociedad". Creo que la arboleda
se encontraba en la huerta del tío “Charco”.
Nosotros éramos niños de la guerra, nacidos en la guerra. Pero
nuestras madres eran madres antes, durante, y después de la guerra.
Lo eran por encima de la guerra, a pesar de la guerra, y
precisamente (y más si cabe todavía) por causa de la guerra.

Trabajos Colectivos
en Albalate del Arzobispo. 1936?
Esta
es la gran paradoja: “nuestros padres se mataban estúpidamente,
trágicamente; nuestras madres daban a luz la vida, la cuidaban, la
protegían y la sacaban adelante”.
Mujeres y madres, viudas unas por la muerte de sus maridos, y solas
otras por el exilio en el extranjero por causa de la guerra. Mujeres
y madres, viudas y solas, que se hacían cargo de los trabajos, de
los negocios de sus maridos, de sus hombres. O negocios que se
inventaban para sacar adelante a sus hijos. Contemplando las
distintas escenas reales desde la perspectiva actual, y a nuestra
edad, bien se podría decir que estuvimos bajo la vigencia real,
aunque no teórica, del matriarcado por necesidad. Nuestro más
rendido reconocimiento a las madres, a todas las madres, por el
esfuerzo que hicieron y ejemplo de vida que nos dieron.
Eran
trabajos en los que la mujer se había especializado en el transcurso
de los tiempos y por las necesidades de los acontecimientos. Las
viudas y las solas lo hacían además por una grave necesidad. Se
ocupaban en carnicerías, panaderías, alimentación, ultramarinos;
eran modistas, costureras; dedicadas a “piazar” (apedazar), a zurcir
durante toda la vida; hacían puntillas de encaje, de ganchillo;
confeccionaban jerseys, bufandas, tapa-bocas, guantes o manoplas,
calceta, “piales” (calcetines gruesos de invierno), etc…, de lana
unos, de estambre o de cáñamo otros. Cálidos y suaves los de lana,
fríos pero fuertes los de estambre. Se dedicaban a hacer recados,
limpiar, llevar agua desde la única fuente que había en la plaza de
la iglesia hasta llenar las tinajas de las casas donde se
almacenaba. Fregaban la vajilla en el lavadero; lavaban la ropa, a
veces en el río si lo requería la amplitud de las piezas. Lavaban la
lana y la preparaban para los colchones. Hacían la masada de pan, la
llevaban al horno, trayendo unos panes calientes con un agradable
olor “que resucitaba a los muertos”. Siempre había algún bollo de
azúcar o torta “con alma” o farinosa para los chicos. Eran madres,
maestras, y enfermeras… La madre, y en general la mujer, era la
criada de todos. A todos atendía, a todos ayudaba. Y estaba atenta a
las necesidades de los ancianos. “Y donde iba la madre, iban los
hijos”.
Pero
más aún, quedaba el apoyo a las faenas del campo. La recogida de las
olivas: al atardecer subían en grupos por la “Cuesta de las Losas”
cantando, - les quedaban ganas todavía o hacían “de tripas
corazón”-, cuando volvían de allegar del suelo frío durante todo el
día las olivas que los hombres con escaleras y palos tiraban. “Ya
vienen allegadoras, cansaditas de allegar, se han comido la
merienda, y ahora vienen a cenar”. Habían ganado el sueldo para toda
la familia. Las abuelas, “madres de reengancho”, se quedaban con los
críos más pequeños y preparaban la comida. “Además de ser hijos de
nuestras madres, lo somos también de nuestras abuelas”.

La era del abuelo
Remigio. “Concentración en el descanso”. 1945.
El
campo exigía mucho más: sembrar las patatas y cosecharlas después;
coger las hortalizas y la fruta. Cosechar con los hombres los
cereales, a hoz individual personal e intransferible, etc… Pero
además, el cereal había que trillarlo, aventarlo, recogerlo y
empaquetarlo. Y allí estaba ella, la mujer, la madre. Incluso
algunas iban a espigar por los campos para alimento de sus familias
o de sus animales de corral. Cocían “el caldero” para alimentar el
cerdo, y que a su vez éste serviría de alimento para todos durante
el invierno siguiente. Ayudaban también a recoger la uva. “Nada como
la habilidad de la mujer vendimiadora”. Y la última cosecha a la que
había que arrimar el hombro era la recogida del panizo, del maíz.
Después, en casa, le que daba un sin fin de faenas, como hacer
mostillo, similar a la carne de membrillo, pero de uva y de color
negro. Eran alimentos complementarios muy importantes para la
merienda de los hijos. Como también el mondongo cuando se mataba el
cerdo. Ordeñar las cabras cuya leche constituía el alimento
primordial de los hijos. Todos los de mi generación nos criamos con
leche de cabra, hasta que se empezaron a poner vaquerías en el
pueblo.
Más de
una vez los amigos, a escondidas de nuestras madres, organizábamos
“guerra” con leche de cabra. - La guerra estaba todavía en el
trasfondo de todo -. Cada uno cogía una cabra en el corral y con su
braguero apuntábamos al otro poniéndole blanco de leche. Ordeñar se
nos daba muy bien.
También llevábamos cántaros de agua al “horno de pan cocer”, como
decía el Pregonero Oficial del Ayuntamiento. Emilio, hijo del
panadero Velilla, Miguel y un servidor, nos ganábamos una peseta por
cada cántaro que suministrábamos para hacer la masada esa noche y
tener el pan a punto a la madrugada siguiente. Eran cántaros de cinc
que pesaban poco de vacío, pero llenos pesaban lo que medían, diez o
doce litros. El agua corriente por las casas llegaría quince años
más tarde.
“Y
donde iba la madre iban los hijos”. Así es que en cuanto podíamos
ayudábamos en las faenas agrícolas, compaginándolas con la
asistencia a la escuela. Los maestros eran condescendientes porque
eran conscientes de las necesidades de la gente. Siempre
comunicábamos nuestra ausencia anticipadamente. Estábamos en una
economía de subsistencia, acostumbrados por la economía de guerra
que habíamos tenido anteriormente.
Cada
vez que cojo patatas para cocinar y me encuentro con alguna que
comienza a grillar, me acuerdo de mi infancia. Era en el mes de
marzo cuando comenzaba la operación de la patata. Tío Francisco
había preparado previamente la tierra. La había labrado, atablado y
allanado haciendo que desaparecieran todos los terrones y hierbajos,
quedando un campo liso como la palma de la mano.
Mientras mi madre y mi hermana sentadas en un ribazo cortaban las
patatas a trozos según aparecía el inicio de un brote, esos trozos
se apartaban para la siembra de ese día. Los trozos sin brote se
guardaban para guisarlos. Había que aprovechar todo al máximo.
Mientras hacían esa labor, tío Francisco y yo extendíamos una
cuerda, una sogueta, de extremo a extremo del bancal, amarrada a dos
clavos de unos 40 centímetros a cada lado. Trazábamos líneas rectas
impecables. Siguiendo la guía de la cuerda sin desviarme lo más
mínimo hacía un regatillo con la “jadica”, azadilla, donde las
mujeres iban depositando los trozos de patata grillados a una
distancia aproximada de 20 centímetros. Se desmontaba la cuerda y
los clavos, y tío Francisco “enrunaba” (enterraba) la siembra
haciendo los caballones. Y así uno tras otro. Al final quedaba un
campo “peinado” que daba gusto. Caballones paralelos e
intercomunicados en los extremos para que al regar el agua corriese
fácilmente entre unos y otros. Luego mi tío se encargaría de regar
según lo requería la necesidad y…, a esperar que creciera la planta.
Era
frecuente que la pujanza de la planta sirviera de anidamiento del
gusano de la patata. Y ahí estábamos otra vez las madres y los
hijos. Había que eliminar la plaga de gusano, si no queríamos
quedarnos sin cosecha. Esta labor era muy desagradable para todos.
Olía muy mal y había que quemar gusanos, larvas, y huevos en un
caldero con fuego. Y así mientras fuera necesario hasta que la
patata, bajo tierra, engordara lo suficientemente y estuviera apta
para la cosecha en el verano. Los hombres desenterraban las patatas
con las azadas que mujeres y niños íbamos recogiendo con capazos y
embasadas en banastos para llevarlas a las bodegas o lugares
frescos. Era el almacén de un alimento esencial, la patata.

Labores en el campo:
la parva del cereal
Y todo
ello lo compaginábamos con la asistencia a la escuela. La pérdida de
clases la suplíamos con el interés por aprender. Porque eso sí,
“jugábamos a la guerra con casi todo”, pero la escuela era sagrada.
El último maestro que tuve, D. Ricardo, fue un buen educador además
de un buen docente. Era padre, consejero y amigo. Explicaba muy bien
y lógicamente seguía las pautas marcadas por la situación de post
guerra. Rezar antes de comenzar la clase. Despedirnos con el canto
de “Cara el sol con la camisa nueva…”; o las canciones de la
Falange: “la mirada clara y lejos, y la frente levantada, voy por
rutas imperiales caminando hacia Dios…; “montañas nevadas, banderas
al viento”…; “yo tenía un camarada de entre todos el mejor, los dos
juntos caminábamos, los dos juntos avanzábamos, al redoble del
tambor…”, etc., etc…
“La
experiencia sexual era aprendida por la transmisión oral y
"práctica" que otros chicos mayores impartían. No había fotos, no
había libros, no había imagen alguna que te ayudara a pensar y a
deducir. El silencio de los mayores era cómplice en el "cada uno
hará lo que pueda". Lo más que se escuchaba eran algunos chistes,
chascarrillos, e infortunios de las parejas recién casadas. Alguna
abuela "más deslenguada" se atrevía a insinuar alguna cosa.
El
aprendizaje era, pues, instintivo, consustancial con la naturaleza.
Los escenarios eran las choperas, ribazos, ríos, cuevas, pajares y
panizos. En los meses cálidos, por la noche, y antes del canto de
los "serenos" (las 23 horas), se jugaba por las calles oscuras,
empinadas y tortuosas, abundantes en bellos rincones, y al grito de
“¡Tres navíos hay en el mar!", de un grupo de chicos-chicas, con la
respuesta inmediata del otro grupo “¡Y otros tres a navegar!",
comenzaba la busca y captura del contrario. Momentos muy propicios
para hacerse el interesante, el protector, o en el ¡cógeme que me
caigo! El apretón estaba servido.
En el
inicio sexual había curiosidad, deseo de saber y de experimentar,
prestación mutua en el experimento; pero nunca había agresión,
coacción y abuso de poder; excepto en algún caso muy contado, que
todos rechazábamos después. Ello era debido a la falta de educación
en los sentimientos por parte de algún chico de familia desajustada.
Lo normal era eso, "lo normal", lo natural. Hubo alguna ocasión en
que en el juego-experimento-aprendizaje participaron algunas chicas
con las que había más amistad, más convivencia, más confianza. Se
hacía lo que se podía y hasta donde se podía, quedando
satisfechos-insatisfechos al mismo tiempo. Creo que nadie se sentía
violentado, abusado, utilizado. La amistad continuaba después como
si nada hubiera pasado. A estas alturas pienso, que el recuerdo que
cada uno podamos tener será el de la amistad, confianza, y cariño.
Cuando, después de tantos años nos encontramos, el abrazo sincero y
gozoso que nos damos es el mejor ejemplo de una niñez vivida con
sinceridad y limpieza de alma”.
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Bibliografía:
“Memoria de los hombres-libro. Guía de la Cultura Popular del Río
Martín”, de Luis Miguel Bajén García y Fernando Gabarrús
Alquézar. Biella Nuei Sociedad Cooperativa. 2002.
SUBPORTICA: “El Dios de mi pequeña historia”, de L.
M. G. Año 2003.
Zaragoza, Marzo de 2007