Niños
de la guerra (V)
Y EN MI RECUERDO,
EL TAMBOR.
Cuando bajé al
patio para ir a jugar a la calle, me encontré el bombo de mi padre
roto por el lado de percusión. Me dio mucha pena y no se me ocurrió
otra cosa que meterme dentro de él y esconderme. Mi madre se dio
cuenta porque se movía hacia adelante y hacia atrás.
Y es que mi madre
había “alquilado” el bombo a un joven del pueblo. Mi padre no podía
usarlo porque estaba en el exilio en Francia por causa de la Guerra
Civil Española. Yo era más pequeño que el bombo y quedaban años
todavía para que pudiera tocarlo. Al final, la necesidad hizo que mi
madre vendiera al mismo joven, el instrumento fundamental de ruido y
de ritmo que junto con los tambores se tocan el Viernes Santo en
Albalate del Arzobispo y en toda la Ruta del Tambor y el Bombo del
Bajo Aragón.
Ese mismo joven,
“El Churres”, un Primero de Abril, junto con los vencedores de la
guerra celebraban en el salón de baile del pueblo la conmemoración del
“Día de la Victoria”. La victoria del General Franco sobre la 2ª
República Española. El joven y sus compañeros “alegres” en grupo
hacían la “replegadora” corriendo y cantando por todo el salón. Un
empujón incontrolado de la cuadrilla, me arrojó contra la puerta de
entrada, clavándome el pestillo de la misma en mi cabeza de niño
curioso. Todavía conservo la señal. “A mi madre casi le da algo”. Me
vio el médico, y me fue curando el Señor Miguel el Practicante. Pasó
mucho tiempo hasta que me recuperé totalmente.
Con la cabeza
todavía vendada, y en la Fábrica de Aceite de la Viuda de Manuel
Villanova, el hijo y yo estábamos viendo como hacían la limpieza y
mantenimiento de la maquinaria. Había que dejarla preparada para la
campaña siguiente. Sentados sobre una pilada de capazas, las que se
empleaban para prensar las olivas y extraer el aceite, medio
escondidos, estábamos “dando cuenta” al anís de una botella dentro de
la cual había un gran pepino. Decían que el anís con el pepino tenía
propiedades curativas.
Era costumbre poner
en el mismo pepinar botellas, dentro de la cuales se metía un diminuto
pepino sin separarlo de la mata hasta que se hacía grande dentro de
ella. Posteriormente se llenaba de anís y se dejaba que el tiempo
fuera haciendo su efecto. Pepino y anís iba adquiriendo un color de
oro. De allí se bebía según la necesidad en pequeños sorbos. Se bebía
y se rellenaba continuamente siempre en menor cantidad de la que
quedaba en la botella. Manolo y yo aquel día nos bebimos toda la
botella de anís. Nunca más me he vuelto a emborrachar.

Comienzo del Santo
Entierro, bajando la Cuesta de las Losas de Albalate
En cuanto me fue
posible y con un tambor prestado por la Señora Carmen la “Jabonera”,
comencé a tocarlo en la Semana Santa. Era un tambor viejo, de piel, y
con cuerdas para tensarlo, con los colores de la bandera de España
pintados en la caja del mismo.
Por cierto que la
señora Carmen y su marido -creo que se llamaba José o quizás Mateo, no
recuerdo bien-, vendía leche de cabra y de oveja que su marido bajaba
todos los días desde el monte donde tenía el rebaño que él cuidaba y
del cual era propietario. Mateo, Josefa y José eran sus hijos.
José vino a ser el
gaitero del pueblo tocando la flauta extraordinariamente bien. Debe de
existir varias cintas de casete grabadas con su música una vez ya
jubilado en Zaragoza. Siento no tener copia alguna. Porque durante las
fiestas todas las mañanas tocaba diana juntamente con el tamborilero,
delante de los cuales nos encantaba bailar a los chicos. El nieto de
la señora Carmen, Silverio, era compañero de correrías cuando desde
Zaragoza bajaba de vacaciones al pueblo.
La lluvia era
temida porque humedecía la piel del tambor y del bombo y hacía que el
sonido fuera desagradable. Cuando comenzamos a estudiar música con el
Maestro Gazulla, nuestra cuadrilla de amigos no faltábamos nunca en
“la Rompida de la Hora” de todos los años.
El primer año que
toqué el tambor mi madre me permitió quedarme toda la noche. Hacia las
cinco de la madrugada del Viernes Santo, me senté en una puerta a
descansar un poco. Allí me quedé dormido. Alguien avisó a mi madre que
me vino a buscar y acostarme en mi cama. El dormir era todo un
sobresalto. Se dormía en los inérvalos que se daban entre el paso de
una cuadrilla y otra con el consiguiente estruendo que armaban. Y a
las once horas ya estaba preparado para subir otra vez tocando el
tambor al Monte Calvario delante de los que hacían el Vía crucis. No
había tregua.

Bajando del
Calvario
Y en mi recuerdo:
el tambor.
“Cuando se acerca
la hora, las 24h del Jueves Santo, cada cual se viste su túnica, coge
el tambor o el bombo y se dirige hacia el lugar de encuentro, donde la
gente se va concentrando con el nerviosismo habitual de todos los
años. En el balcón del Ayuntamiento se encuentra su Alcalde con todo
el acompañamiento en espera de dar la señal convenida con la que
comenzará la gran “Rompida” de tambores y bombos.
Túnicas negras,
moradas, y azules, acompañadas de pañuelo blanco al cuello, banda roja
en la cintura, o tercerol del color de la túnica que cubre la cabeza y
se deja caer por la espalda para ser recogida, cual “toga romana”, en
el costado izquierdo.
Todos tocan su
tambor o su bombo al ritmo habitual de años que se pierden en el
recuerdo de sus historias. Son los sonidos inconfundibles y
característicos de los pueblos de la Ruta del Tambor y el Bombo.
Tocarán un buen rato todos juntos mirándose unos a otros con la
satisfacción de poder volverse a ver un año más. Aunque el estruendo
no puede ahogar el recuerdo de los que ya nunca podrán estar presentes
por haber fallecido. Es una “borrachera” de ruido y de ritmos.
Personalmente le llamo “el tambor-shock”. Quien se mete en esa
barahúnda olvida por un rato todos sus problemas. A partir de este
momento se empezará en cuadrillas a recorrer las calles del municipio,
aunque cada pueblo acota las calles por donde se podrá desfilar.
Al principio se
toca a buen ritmo, pero la noche se va haciendo larga a medida que
avanzan las horas. Es por ello que se hace imprescindible reponer
fuerzas. Los miembros de la cuadrilla llevan hacia sus casas, o la de
sus novias, - hace ya bastantes años que la mujer se ha incorporado al
toque del tambor o bombo, pero antes no era así, solo tocaban los
hombres -, llevan pues al grupo donde serán agasajados con tortas,
magdalenas, etc., acompañadas de aguardiente o mosto hecho en casa.
Aunque también se llega - o se llegaba, puesto que estoy mezclando
recuerdos con actualidad - a tirar de embutidos, jamón, etc., y vino
tinto en porrón, en bota, o en tonelete. En mis recuerdos está el vino
tinto de “La Espartosa”, “El Sasillo” o “El Plano”, éste en los
límites de Albalate y de Lécera. Vino recio, fuerte, que casi se
mastica, que “rade las entrañas” con sus 18º de alcohol, digestivo y
nada traidor, porque “cuando lo bebes te avisa”. Se reponen fuerzas, y
se rompían ayunos obligados. Era como la “auto-dispensa”, de lo que la
“Bula Papal” permitía en algunas ocasiones, previo pago de las tasas
establecidas. El “pueblo”, en aquel momento, juzgaba lo que era
conveniente. “Aquel pecado no era pecado”, porque tocar el tambor y el
bombo “era una obligación”, “una necesidad”. Suficiente razón para no
tener que guardar el ayuno. Era como una liturgia no eclesiástica, era
la liturgia del “pueblo llano” que protestaba, y sigue protestando,
por la muerte de un inocente, la de Jesús hijo de José y de María, de
Nazaret, en Palestina”.
“Inocentes como
Jesús siguen muriendo continuamente sean palestinos o de otros pueblos
y razas”.
Y en nuestra
tradición están grabados los sonidos y ritmos que año tras año se van
transmitiendo heredados de padres a hijos en un hilo histórico que se
pierde en nuestros recuerdos.
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NOTAS:
Ver “TAMBORES Y BOMBOS” en VALDORIA,
Revista editada por el Ayuntamiento de Albalate del Arzobispo. Agosto
de 2006.
Y el mismo artículo en
http://www.etnografo.com/tambores_y_bombos.htm
Zaragoza, 6 de Abril de 2007.