Emilio García Gómez

 

Los ingredientes de la olla étnica

 

El debate en Francia sobre la ontología de lo francés puede sorprender a los ciudadanos más ingenuos, mucho más preocupados por sobrevivir al derrumbe de la economía familiar y nacional que por encontrar argumentos filosóficos para definirse a sí mismos. “¿Qué tienen en común –se preguntaba absurdamente a los internautas francófonos- Australia y la Antártida a nivel de caballos prehistóricos?” La única respuesta posible era que en ninguno de esos lugares hubo nunca caballos. La falsedad y la confusión subyacen en este tipo de cuestionarios.

 

A nosotros nos pilla este asunto con los dedos de ambas manos cruzados y meneando los pulgares en círculo. De ello –de las esencias indígenas- se ha hablado tenazmente en diversos lugares de Europa, América, África y Asia. “¿Existe España?”, anunciaba hace veinticinco años un congreso celebrado en la Universitat de València, sin que fuera validado por conclusión alguna. Realmente lo que se pretendía desde la tribuna era avisar a la audiencia de que había llegado el momento de rescatar los valores nacionales –al parecer durmientes- a lo largo y lo ancho del Mediterráneo.

 

La cosa que se plantea es si existe la cosa. Si no existe, qué se puede hacer para que exista; y si existe, para que no exista. Puro parloteo. El referente es siempre el mismo: que la gente tiende a vivir en “clusters” (anglicismo equivalente a “agrupaciones”) con denominadores comunes: acento o dialecto más o menos diferenciado, cultura contrastiva, gastronomía propia, vibraciones interiores étnico-religiosas, eventuales marcadores genéticos, antropológicos y antropométricos y afán inagotable de haber sido, ser y seguir siendo una comunidad lingüística, étnica y política con carácter singular y trascendental.

 

La segregación y compacidad étnico-lingüística viene determinada por causas básicamente sociales, según creyó percibir Handelman en 1977 (“The organization of ethnicity”, Ethnic Groups I, pp 187-200), a saber: 1) autosuficiencia económica; 2) segregación residencial; 3) alejamiento de los valores de la sociedad mayoritaria o dominante; 4) especialización profesional; 5) confinamiento voluntario o forzado; 6) categorización étnica  (orígenes y valores transmitidos en el grupo); 7) creación de una red (lazos de solidaridad internos, mutua interacción y forma de relacionarse con los ajenos al grupo); 8) asociación de intereses, metas y estrategias; y 9) declaración formal de comunidad étnica, el grado más elevado, con una organización geográfica, cultural, social y política.

 

Expuestas así las cosas, resulta difícil no identificar en la tipología de Handelman a las comunidades chinas del centro de Vancouver y el barrio de Richmond; a las comunidades américo-canadienses de las llamadas pomposamente “Primeras Naciones” (naciones o tribus indias); a los nativos de Mauricio; a los catalanes de España; a los andaluces de Cataluña; a los serbios de Bosnia; a los turcos de Sinkián y Berlín; a los armenios de París, Lyon o Marsella. Reuniendo las características citadas, todos ellos y muchos más, a lo largo y lo ancho del planeta, tendrían el mismo derecho a plantearse el asunto de la identidad y reclamar la máxima autonomía y suficiencia, aunque todos ellos formen parte de la misma diáspora.

 

Las dudas acerca de la identidad surgen cuando se observa seriamente la realidad: no hay rincón impermeable a la variación y al mestizaje. Las instituciones aparentemente más simbólicas de una supuesta nación –el F.C. Barcelona, por ejemplo, considerado “más que un club”- son anti-paradigmas de un proceso uniformador: ni el conjunto ni sus componentes individuales representan a un país concreto; son más bien una suma de ingredientes elegante y estratégicamente dispuestos en una marmita criolla.

 

En los años sesenta, en Inglaterra (Reino Unido de Gran Bretaña) era obligatorio cerrar las sesiones de cine con el himno nacional –“God Save the Queen”-. Pero antes de que empezaran los primeros y aburridos acordes, los galeses y los escoceses salían a la calle en estampida. Se sentían heridos por la muestra de poder de la corona británica en tierras de inclinación republicana. ¿Pero qué podían hacer unos y otros con sus señas de identidad? Tendrían que enumerarlas y describirlas, una por una, antes de meterlas en su particular olla étnica. El concepto de lo propio, lo auténtico esquilma las posibilidades de mejorar la especie humana. El materialismo dialéctico no concibe una existencia sin evolución; el abrazo social en grupos afines induce al estancamiento y a la fosilización, como se sigue dando localmente en las montañas de Papúa. “Revolución es evolución acelerada”, escribía el anarquista Kropotkin apelando a la necesidad de cambios radicales en la sociedad cuando ésta se adormila en su autocomplacencia y cuando se ofrece resistencia a las fuerzas que rigen el movimiento y el progreso de la humanidad.

 

Francia sigue su curso natural y no hay por qué encauzarlo artificialmente. Si acaso, en el sentido opuesto al que lo lleva el oficialismo francoizante y re-nacionalizador.

 

Publicado en Levante-emv 7 nov. 2009

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Ilustración: H.G.G. Levante-emv