Emilio García Gómez

 

Origen, dispersión y diversificación de las lenguas

 

 

La arqueología, la paleo-demografía y la geografía lingüística cada vez aportan nuevos datos acerca de la probable dispersión del hombre moderno desde las regiones lacustres de Africa hacia Asia, Australasia y América via Beringia. Al mismo tiempo, la actividad humana -fabricación de artefactos, intercambios comerciales, innovaciones culturales- forma parte del proceso general de adaptación de la especie. Por consiguiente, las lenguas han tenido que seguir la misma ruta que los hablantes.

El mito de Adán y Eva

Sin embargo, el problema del origen de las lenguas aún no ha sido resuelto por falta de pruebas materiales; dos de ellas son fundamentales para el conocimiento de la humanidad y su avance cultural: monogénesis (origen único de los diferentes linajes de homínidos y lenguas) o poligénesis (procedencia de múltiples linajes).

Algunas doctrinas religiosas sitúan el nacimiento de la humanidad a partir de una semilla germinada por el soplo de Dios en el jardín del Edén -espacio de imposible localización geográfica e indemostrabilidad arqueológica-. Por su parte, los científicos, sin descartar una explicación enmascarada bajo el mito de Adán y Eva, se inclinan por el origen poligenético de nuestros antepasados en el marco del denominado protomundo.

 

 

Ángel Zárraga, Adán y Eva (1904)

La edad del lenguaje

La glotocronología es una división de la lingüística encargada de fijar la antigüedad de las lenguas. Según los cálculos de Nichols, expuestos en 1998 ante la Academia de Ciencias de California, la edad del lenguaje humano es superior a los 130.000 años si tiene un origen monogenético y 100.000 si es poligenético, procedente de al menos 10 cepas distintas. Tanto en un caso como en otro pudo haberse producido una evolución gradual del lenguaje premoderno al moderno, o bien un cambio drástico en el seno de una o varias ramas de homínidos. La colonización debió ocurrir, siempre partiendo de Africa, en sentido de sur a norte y de oeste a este. La combinación de movimientos migratorios y cambios lingüísticos divergentes ayudó a desplegar, por ejemplo, el enorme abanico de Nueva Guinea (Irian Jaya y Papúa), donde todavía permanecen vivas 1.075 lenguas distintas en un espacio reducido. El número plausible de pobladores de cada asentamiento no excedería los 500 individuos. La vecindad entre ellos, la exogamia y la introducción de la agricultura generarían un renovado bilingüismo o plurilingüismo y también fenómenos lingüísticos convergentes.

Bickerton (1990) ha hecho un interesante análisis de un imaginario protolenguaje, como pudiera haberlo hablado el hombre primitivo, a partir de los marcadores genéticos de las lenguas modernas. Conviene aclarar que la presencia de rasgos comunes a dos o más lenguas no significa necesariamente que hayan estado emparentadas, sino que acaso sean el reflejo de un contacto entre ellas en el pasado. Por otra parte, si bien es cierto que nuestros genes, desde el punto de vista biológico, llevan la señal de nuestros antepasados, ello no implica que nosotros también seamos portadores de su legado lingüístico más allá de unas cuantas generaciones. Tenemos suficientes muestras de deslealtad hacia la lengua propia. Por ejemplo, los búlgaros descienden en gran parte de los turcos pero se expresan en una lengua eslava; la mayoría de los norteamericanos -estadounidenses y canadienses- hablan inglés o francés, tras haber olvidado las lenguas de sus abuelos -alemán, sueco, holandés, lituano, italiano, afro-seminole, apache, cherokee, inuktitut, etc.-; los franceses hace siglos que abandonaron las lenguas gálicas prerromanas; del antiguo ibérico apenas quedan rastros en las actuales variantes romances hispánicas. Es, pues, muy arriesgado afirmar quién hablaba qué lengua 6.000 años atrás, aunque se conoce con relativa precisión el estado actual de unas 8.000 lenguas pertenecientes, según Nichols (1998) a 300 familias y 200 linajes.

Protolenguaje y sintaxis

Hecha la salvedad de que es imposible, al menos por ahora, extraer pruebas irrefutables sobre el verdadero perfil del lenguaje de nuestros antecesores más remotos y su posterior evolución, Bickerton se pregunta si la introducción de la sintaxis se produjo en virtud de una mutación en el desarrollo cerebral del homo sapiens sapiens. La posible analogía del protolenguaje con lenguajes primarios tales como los que practican ciertos investigadores con antropoides, así como algunos dialectos pidgin actuales no debe llevarnos a concluir que haya habido un avance progresivo y significativo del protolenguaje hasta alcanzar la complejidad sintáctica y léxico-semántica de nuestros sistemas.

En realidad, el desarrollo de la sintaxis es posterior al de la semántica y la pragmática. Hay numerosos estudios que confirman la transición del lenguaje infantil, basado en componentes léxicos utilizados como soporte del significado y su contexto, hacia formas progresivamente gramaticalizadas a medida que se incrementan las necesidades comunicativas y la experiencia sociocultural de los hablantes. A nosotros nos parece una tarea innecesaria hacer una abstracción de la estructura del lenguaje moderno y analizarla con independencia de sus funciones comunicativas. No podemos ignorar que el lenguaje sólo adquiere significado en el contexto social y cultural en el que se produce y, por consiguiente, su despliegue viene determinado por la observación directa de los comunicantes sobre las reacciones de sus interlocutores ante los estímulos verbales.

Lenguajes primarios y pidgin

Ciertamente los pidgin poco evolucionados son sistemas altamente lexicalizados (aquellos en los que el significado de los enunciados se apoya en las palabras, con escasos testigos de la función gramatical). La falta de una estructura comparable a la de las lenguas lexificantes o lenguas superestrato (las que aportan el mayor número de componentes léxicos) les da un aspecto primario. Sin embargo, su reducido inventario funcional -describir cosas o personas y referir episodios- obedece más a las limitaciones comunicativas de los hablantes en el entorno en el que se mueven que a la posibilidad real de ampliarlas a medida que se ensanchan sus horizontes comunicativos. De hecho, bastantes pidgin -por ejemplo, el inglés dialectal que se habla en Jamaica- han crecido hasta alcanzar un grado de sofisticación similar a la de los lenguajes con plena operatividad, es decir, capaces de expresar complejas funciones referenciales, artísticas y metalingüísticas y servir de herramientas de cohesión social, para describir el propio lenguaje, transmitir estados emocionales o ideas abstractas y crear formas artísticas. Esta circunstancia no se puede producir, lógicamente, en la jaula de un chimpancé sometido a experimentación con semantemas visuales. Las condiciones previas que se requieren -tal vez simultáneamente, aunque en un largo trayecto evolutivo- son, en primer lugar, una radical transformación de los órganos de fonación; por ejemplo, en el hombre la epiglotis no está en contacto con el paladar blando, como en los primates, disposición anatómica que resulta esencial para la articulación del lenguaje. De igual manera tiene que producirse un notable incremento en el tamaño del cerebro, una adecuada distribución y potente desarrollo de la red neuronal para procesar y transmitir la información. Finalmente, es imprescindible un encuentro sostenido con el linaje adecuado para comenzar a explorar los matices de cada episodio comunicativo y enriquecer el campo de la experiencia individual y colectiva.

La construcción del lenguaje. Teoprepides

Construcción del lenguaje

 

Simplificación de las lenguas

Existen datos sobre la variación lingüística enormemente perturbadores: el incremento de hablantes a lo largo de la historia produce un desgaste más o menos intenso de dichas lenguas, que se ven afectadas por numerosos fenómenos de hibridación, reducción, simplificación o relevo de sus engranajes estructurales. Basta comparar la elaborada sintaxis del latín o el antiguo germánico con la de las modernas lenguas románicas y el inglés para observar la pérdida masiva de componentes paradigmáticos (o verticales, por ejemplo los morfemas que indican el caso en el nombre o la persona en el verbo), a favor de los sintagmáticos (horizontales o lineales, como los clíticos, las preposiciones que señalan el caso o los pronombres que indican la persona del verbo). Asimismo se conjetura que en el transcurso de mil años se pierde o es reemplazado un 20% de la masa léxica de cada lengua.

Como contraste, ciertos idiomas cuyo número de hablantes es estable o se halla en progresivo declive no se ven tan afectados por cambios estructurales profundos, ya que la incidencia de la variación también es menor en virtud de la escasa innovación léxica o semántica de dichos hablantes. Islandia, junto al Ártico, y Pitcairn, un islote perdido en el Pacífico, son magníficos enclaves donde se puede admirar, respectivamente, la longeva estabilidad del antiguo nórdico y la de un inglés semicriollizado anclado en el siglo XVIII.

La diversidad

Pinker (1997), siguiendo una línea darvinista, atribuye el nacimiento y el progreso del lenguaje a una estrategia de adaptación y especialización. La diversidad -en forma de acento y dialecto- básicamente se puede justificar como un modo de reconocimiento de la especie y de un grupo concreto. Los distintos sistemas de codificación del lenguaje contribuyen de esta manera a mantener la reserva de servicios dentro del grupo y a enmascararlos ante el peligro de que grupos extraños accedan a ellos. La interpretación que se da en la Biblia acerca de la diversidad y sus consecuencias no deja de ser un mito.

 

Confusión de lenguas, de Gustavo Doré

Familias lingüísticas

Los estudios realizados sobre las grandes familias lingüísticas como el proto-indoeuropeo, del que provienen las distintas variantes albanesas, anatólicas (como el extinguido hitita), armenias,  balto-eslávicas,  célticas,  germánicas,  griegas,  indoiraníes e itálicas indican que las distintas particiones y su dispersión geográfica comenzaron hace aproximadamente 6.000 años. Los troncos del continente euroasiático comprenden, además del indoeuropeo, el cartveliano o georgiano, el urálico (finlandés, húngaro), el mongol, el tungúsico o manchú, el caucásico noroccidental y nororiental, el japonés y el chucotco-camchatcan de Siberia. Sus sucesivas fragmentaciones tuvieron lugar en períodos diferentes. En el grupo afroasiático sobreviven ramas como el bereber, el chádico, el cushítico, el omótico y el semítico. El antiguo egipcio, del que se deriva el copto, pertenece al mismo linaje. La antigüedad de la familia afroasiática se calcula entre 12.000 y 24.000 años. Otras familias se hallan repartidas por América Central, Norteamérica, Sudamérica y el Pacífico. El número de isolantes o especies lingüísticas infértiles, es decir, que carecen de ramificaciones conocidas, probablemente por extinción de las mismas, supone un 30% del total de los linajes del planeta, entre ellas el vasco, el coreano, el kutenai en Estados y Canadá y el yuracare en Bolivia, junto con sus respectivas variantes dialectales, que siguen ocupando el mismo nicho.

Las lenguas en el mundo

Los recuentos que se han hecho de las lenguas que se hablan en el mundo raramente coinciden; mientras la base de datos Ethnologue (Summer Institute of Linguistics, Dallas, Texas, 1996) proporciona cifras que oscilan entre 6.700 y 8.370, al incluír lenguas extinguidas, otros investigadores como David Dalby (Global Language Register, 1997) las sitúan en más de 10.000. Esta oscilación obedece a que un elevado número de lenguas no tiene representación literaria, muchas son simples variantes dialectales, un porcentaje muy alto se halla en proceso de desaparición o de asimilación y un buen número de lenguajes para ciegos y sordos, jergas profesionales o étnicas y variantes híbridas o pidgin quedan o no recogidos por los distintos informadores.

Algunas lenguas apenas tienen hablantes, y éstos suelen ser ancianos; otras se hallan restringidas al ámbito religioso; muchas han dejado de ser maternas y han sido relegadas a un segundo plano como lenguas subordinadas de otras de mayor prestigio y uso. Las denominaciones de las lenguas o variantes dialectales de las que se tiene noticia alcanzan la cifra de 40.000, ya que muchas son conocidas por varios nombres o reciben el de las etnias que las hablan.

La extraordinaria riqueza lingüística de Oceanía (1.365 lenguas) no guarda proporción con su reducida población (28,690.000 habitantes) y extensión territorial (8,970.000 kms2 de superficie emergente, la mayor parte ocupada por Australia). Lo más sorprendente es que sólo en la isla que comprende la parte occcidental de Nueva Guinea (antigua Nueva Guinea holandesa, hoy Irian Jaya, bajo el dominio de Indonesia) y la República de Papúa Nueva Guinea (antes Nueva Guinea australiana) se hablan 1.075 lenguas (256 y 819 respectivamente), ligeramente por debajo del número total de las que se hablan en las tres Américas (1.269), cuya extensión geográfica (42,000.000 kms2) es cinco veces superior, siendo su población (738,718.000 hab.) catorce veces la de Oceanía. Por su parte, Africa y Asia alojan un cuerpo lingüístico similar (2.674 y 2.567 respectivamente), si bien la población de Asia (3.285,910.000) es cinco veces la de Africa (662,000.000 hab.). Europa (709,978.000 hab.) tiene una población parecida a la de Africa, aunque su densidad demográfica se halla muy por encima de la de este último continente, sobre un territorio tres veces más pequeño (10,500.000 kms2) y con un inventario de idiomas cinco veces inferior (462). La dimensión territorial de América y Asia es semejante; pero mientras la población asiática cuadruplica la americana, la lingüística es sólo el doble.

Con arreglo al número de habitantes, la proporción entre el número de lenguas que se hablan en Europa y Asia es algo inferior en Europa. Pero si, en un ejercicio de lingüística ficción, la población de Oceanía fuese la misma que la de Asia y el número de lenguas que se hablan en Oceanía fuese proporcional a la población actual de Asia, allí se hablarían nada menos que 156.300. En la misma línea, tomando la población de Asia como punto de partida, podemos establecer parecidas proporciones respecto de una hipotética distribución de las lenguas en el mundo: en Africa se hablarían 13.272, en las Américas 5.586 y en Europa 2.152.

Cabe preguntarse de dónde procede tan enorme diversidad y cuál debió ser la situación en el pasado, habida cuenta que muchas lenguas ya han dejado de existir merced a las políticas genocidas y glotocéntricas de las distintas tribus, naciones y gobiernos a lo largo de la historia de la humanidad, y también a causa de la inestabilidad interna de todas las lenguas, cuya evolución es constante; Jenofonte, por ejemplo, necesitaría hoy un intérprete para seguir la conversación de un hablante de griego moderno.

Los argumentos que podemos emplear, aunque resulten insatisfactorios e incluso hirientes para algunos lingüistas, siguen a cierta distancia una línea darwinista: la introducción de los sistemas de escritura y las tendencias universales hacia la selección y potenciación de modelos lingüísticos unitarios y uniformistas, sobre todo tras la aparición de la imprenta, pueden haber limitado la capacidad de evolución de los sistemas tradicionales de comunicación verbal. Asimismo los grandes movimientos migratorios del pasado -pongamos por caso los gitanos, salidos de la India en el siglo XIII o XIV- se han reducido en los últimos mil años, contribuyendo de esta manera a fijar las fronteras modernas, estabilizar sus respectivas comunidades y, por ende, sus lenguas. Un mayor grado de aculturación puede guardar cierta correlación negativa con la fragmentación lingüística. Como contraste, el aislamiento, hasta fechas relativamente recientes, de las comunidades caucásicas, amazónicas, subsaharianas y papúes respecto de los modelos culturales europeos es un claro marcador de su diversidad lingüística. La pluralidad de las Américas responde a la distribución etnolingüística precolombina; el desembarco de Colón dio comienzo a una etapa de exterminio lingüístico que, con toda probabilidad, finalizará en un par de siglos. Igualmente las grandes corrientes religiosas -sobre todo las monoteistas como el Islam, el Cristianismo o el Judaísmo- con su labor universalista y unificadora, han forzado el empleo de una lengua común para sus fieles, relegando a los vernáculos a una función marginal y profana. El Cristianismo mantuvo esta política al menos hasta la Reforma; pero mientras el latín ha seguido siendo el vehículo oficial de comunicación de los católicos con su divinidad hasta hace unas pocas décadas, por el contrario la liturgia protestante contribuyó sustancialmente al desarrollo de los vernáculos. Actualmente  los misioneros ponen un gran empeño en aprender las lenguas indígenas como punto de encuentro con sus fieles, participando directamente en la codificación de las lenguas verbales mediante la traducción de la Biblia y los Evangelios y la elaboración de diccionarios y gramáticas. La labor de Mihalic en Papúa Nueva Guinea con sus manuales de tok pisin ha sido considerable. Sólo cabe lamentar el fallecimiento de este misionero.

En otro orden de cosas, hay lugares muy poco productivos desde un ángulo lingüístico y otros extraordinariamente fértiles. Dos países de extensión similar a la de España como Papúa Nueva Guinea y Camerún presentan cifras lingüísticas y demográficas muy distintas: en España, con 504.750 kms2 y 39,250.000 habitantes, se hablan 14 variedades lingüísticas; en Papúa NG (462.840 kms2 y 4,599.785 hab.) nada menos que 817; y en Camerún (475.442 kms2 y 12,522.000 hab.) 286. En Nigeria (923.768 kms2 y 113,828,587 hab.) se hablan 478 idiomas, mientras que en Bangladesh (144.000 kms2 y 127,567.002 hab.) sólo 35. Como contraste, en Méjico (1,972.550 kms2 y 81,237.000 hab.) aparecen registradas 289 lenguas; en Irian Jaya (412.981 kms2 y 1,641.000 hab.) 256; en la India (3,287.590 kms2 y 984,003.683 hab.) 407; en Australia (7,686.850 kms2 y 18,613.0877 hab.) 236; en Zaire (antes República Democrática del Congo, con 2,344.885 kms2 y 49,000.511 hab.) 221; y en Myanmar (antes Burma, con 678.500 kms2 y 47,305.319 hab.) 110. En el lado opuesto observamos que en Belorrusia (207.600 kms2 y 10,409.050 hab.) sólo se habla 1 lengua; en Chile (756.950 kms2 y 14,787.781 hab.) 10; y entre las dos Coreas (219.020 kms2 y 67,651.183 hab.) 3 nada más.

Las diez primeras lenguas del mundo, por el número de hablantes naturales, son el chino mandarín (885,000.000), el inglés (322,000.000), el español (266,000.000), el bengalí (189,000.000), el hindi (182,000.000), el portugués (170,000.000), el ruso (170,000.000), el japonés (125,000.000), el alemán (98,000.000) y el chino wu (77,175.000).

El número de lenguajes de señales para sordos repartidos por el mundo alcanza la cifra de 103. Hay 16 variantes gitano-romanís, 27 judías, 79 híbridos criollos o pidgin y 114 lenguas pendientes de clasificar, la mayoría en Brasil, India y Colombia. Cabe señalar una lista de 94 especies o subespecies lingüísticas europeas en peligro de extinción, preparada por el finlandés Tapani Salminen por encargo de la UNESCO (1996), en la que figuran, entre otras, el yiddish (judeo-alemán), el ladino (judeo-español), el bretón, el gaélico, el galés, el leonés, el asturiano, el aragonés, el catalán de Alghero (Italia), el provenzal, el gascón, el euskara y el gallego. El catalán aparece expresamente mencionado como lengua sin riesgo alguno de desaparición.

La presencia de una lengua en un territorio geográfico no excluye su uso en lugares apartados del mismo, teniendo en cuenta los constantes movimientos migratorios de población y las deportaciones. También se da el fenómeno de la expansión de determinadas lenguas -por ejemplo, el inglés, el francés o el español- cuyo número real de hablantes es imposible de determinar al haber sido adoptadas por millones de hablantes no nativos. Igualmente se da el caso frecuente de que el mismo grupo étnico es multilingüe y, en contra de lo que cabría esperar, comunidades diferentes e independientes comparten el mismo sistema lingüístico.

La distinción entre lengua y dialecto no es fácil, puesto que entran en juego factores sociológicos y extralingüísticos como el autogobierno, la conciencia étnica y el prestigio de una variante respecto de otras próximas. Los profanos creen que las diferencias de acento, léxico o gramática son señales de autonomía. Sin embargo, la única forma de discernir entre lenguas y dialectos más o menos aceptable entre los sociolingüistas, aunque resulta poco fiable, es mediante la afirmación de mutua inteligibilidad: si los hablantes de dos comunidades diferenciadas se entienden entre sí sin graves problemas de comunicación, se dice que hablan dialectos de la misma lengua; si la comprensión presenta obstáculos importantes, se dice que hablan lenguas distintas. La cuestión se complica en el momento de su codificación para la alfabetización de la población y su aprovechamiento educativo; la toma de decisiones es entonces determinante para situar cada variante en el plano que presumiblemente le corresponde. Puede darse el caso de que los extremos de un mismo continuo lingüístico -la misma lengua- se hallen tan separados que susciten dudas fundamentadas acerca de su calificación como lenguas o dialectos; ahí está el caso del ticinés, el lombardo y el italiano, que son casi ininteligibles entre sí. El problema no siempre se resuelve con un análisis estrictamente lingüístico como son la tipología, la descripción contrastiva de las respectivas morfologías, el inventario léxico, la calidad y la cantidad fonológicas y la representación ortográfica de las distintas combinaciones fonémicas, sino que tienen que sopesarse otros procedimientos sociolingüísticos y etnolingüísticos para averiguar qué factores empujan a los hablantes a elegir su modelo comunicativo. Pero cualquier arranque de genio nacionalista puede dar al traste con todo ello y señalar con una medida política radical los confines de la lengua de la comunidad respecto de la del país vecino, aunque ambas formen parte del mismo continuo.

Referencias

Bickerton, D. (1990), Language & Species. Chicago: The University of Chicago Press.
Nichols, J. (1998), The origin and dispersal of languages: linguistic evidence. En Jablonski, N.G. y Aiello, L.C. (eds.), Memoirs of the California Academy of Sciences, No. 24. San Francisco, Ca.
Pinker, S. (1997), Language as a psychological adaptation. En Bock, G.R. y Cardew, G. (eds.), Characterizing Human Psychological Adaptation. Ciba Foundation Symposium 208. Wiley, Chichester, U.K.

 

 

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