Emilio García Gómez

 

Pakistán a la sombra del «purdah»*

 

 

En una visita que realizaron Jean y Franc Shor a Pakistán en 1952 -cinco años después de su independencia y tres antes de la instauración de un gobierno republicano-, el entonces primer ministro Khwaja Nazimuddin les confesó que la diferencia fundamental entre su país y la India, de la que se acababa de separar, era la religión: mientras los hindúes consideraban sagradas a las vacas, ellos se las comían.

Excede la capacidad de comprensión de los paquistaníes, como tampoco cabe en nuestra cabeza, que los antiguos hindúes vieran en las nubes de tormenta ubres de vaca rezumantes de leche, listas para ser ordeñadas por los vientos del cielo. Por su parte, los hindúes conservan en la memoria, y con resentimiento, la Teoría de las Dos Naciones impulsada en el siglo XIX por Syed Ahmad Khan y, posteriormente, por los miembros de la Liga Musulmana que, para acabar con la hegemonía hindú, propusieron la creación de estados separados con arreglo a la religión predominante, lo que costó la parcelación de todo un subcontinente.

En Pakistán, el 97% de la población (150 millones) practica el Islam, lo que explica el sentido de hermandad que guardan hacia sus vecinos afganos, muchos de los cuales viven allí como refugiados, y el rencor que concita su opción religiosa contra los hindúes, que practican el hinduismo -doctrina que, a grandes rasgos, resalta la cuna y la conducta del individuo, dando pie a la división social por castas-. Cuando el Pakistán Oriental y Occidental eran parte de la India, los musulmanes de ambos lados se hallaban marginados de múltiples formas por parte de la Administración central hindú. Hoy sigue abierto el conflicto entre los dos países por cuestiones religiosas, agudizado por la presión de Pakistán sobre Cachemira, de mayoría musulmana pero bajo bandera hindú.

La sociedad paquistaní no tiene demasiados motivos para mostrarse orgullosa de su pasado. No andan lejos los días en que se ajusticiaba a toda mujer mayor de diez años que osara hablar con otro hombre que no fuera familiar cercano o su propio marido. O cuando se decapitaba a los funcionarios corruptos en un país donde, con el beneplácito de los gobernantes, se sigue cultivando y distribuyendo el 70% de la producción de heroína que se consume en Europa. O cuando se obligaba a las mujeres a seguir el mandato del purdha, palabra persa que significa cortina, en alusión a su obligado ocultamiento tras un velo, unas celosías o simplemente las paredes del hogar. Esta denigrante tradición permanece viva entre las tribus de los patanes (pashtun) y los baluchi irano-afgano-paquistaníes. Conviene tener en cuenta, por ridículo que nos parezca, que la honra de los patanes es proporcional a la castidad de sus mujeres -madres, hijas, hermanas o esposas- y que la única salida al deshonor es la venganza.

 

"Woman in purdah". Autor: S. Livick (1987). http://www.livick.com

Foto reproducida con autorización del autor

 

 

En 1986, los sectores más conservadores del Parlamento introdujeron en el código penal un apartado contra la blasfemia, prontamente denunciado por los organismos internacionales, que, entre otros disparates, decía: «Quienquiera que, verbalmente o por escrito, o por representación visible, o por imputación, o por insinuación directa o indirecta, deshonre el nombre sagrado del profeta Mahoma, será condenado a muerte o encerrado de por vida, y se le impondrá una sanción». Fuera o no musulmán. Ese mismo año, la elevación de una mujer, Benazir Bhutto, a la jefatura del Gobierno causó enormes convulsiones en aquella sociedad tan estrecha, tan poco dispuesta a permitir cambios radicales que nivelaran los derechos de todos los ciudadanos.

Pakistán fue el paso obligado de los indoarios, los antepasados nuestros y de los hindúes, y el idioma que portaban -una primitiva versión del sánscrito- dio origen a la mayoría de las lenguas que se hablan actualmente en el país (66 en total), como el urdu, el sindhi, el panjabi, el pashto y el balochi. Sólo unas pocas se salen de la familia: el balti sino-tibetano, el brahui dravidiano y el burushaki, un isolante sin parentesco conocido.

Cuando los seguidores de Mahoma se adentraron en esta parte del subcontinente asiático (año 711, el mismo de la llegada de los árabes a España), se inició un largo ciclo de hostilidades entre éstos, los indostanos y los invasores mogoles, que levantaron en la región un imperio que duraría más de tres siglos, de 1526 a 1858. Es probable que las grandes migraciones de los gitanos hacia occidente se debieran al implacable empuje árabe que precedió a los mogoles.

La revolución iniciada a principios del siglo XX por Atatürk en Turquía para desislamizar y, de paso, modernizar el país podría haber sido emprendida en otros lugares por líderes tan valientes o temerarios como él. Pakistán tuvo su oportunidad durante el período colonial británico, que comenzó con su intervención en Bengala contra los mogoles (1757) y acabó con la partición de la India en 1947 y la declaración de independencia de Pakistán como nación islámica con dos extremidades, el Pakistán Occidental y el Oriental. En esta fecha saltó la primera confrontación entre Pakistán e India por la soberanía de Cachemira. El levantamiento en armas de Pakistán Oriental en 1971, con la intervención militar y el apoyo de la India, terminó con una declaración de independencia y la constitución del Estado de Bangla Desh.

Aunque en Pakistán algunas cosas parecen haberse quedado congeladas en el tiempo, aprisionado por la tenaza del Islam y la irreductibilidad de algunas de sus tribus, algo aprendieron los paquistaníes de los ingleses. Y es que si ha habido alguna nación capaz de poner orden en el caos, si algún imperio ha logrado calmar la natural inclinación de la especie humana a devorar a sus propios hijos en comarcas plurilingües y pluriétnicas como Pakistán, ésa es Gran Bretaña. En el período conocido como Raj Británico, se iniciaron mejoras en las comunicaciones terrestres, la construcción de canales de riego para aprovechar la natural riqueza hidrológica y, lo que era esencial, la reorganización de las estructuras estatales.

En un viaje que realizó en 1833 por Inglaterra el filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson, definió a los ingleses de esta manera: «Más intelectuales que las otras razas, cuando los ingleses conviven con ellas, no adoptan su lengua, sino que donan la suya propia. Proselitizan, pero no son proselitizados. Asimilan a otras razas, pero no son asimilados».

Tan formidable apología del pancismo británico no deja de sorprendernos por su precisión. Las huellas que han dejado en India y Pakistán, como en otros numerosos lugares del mundo, no se manifiestan en espectaculares edificios civiles, militares y religiosos, al estilo de los españoles en América latina, sino en tres niveles de actuación:

1) El aprovechamiento del idioma colonial como cable de alta capacidad para la comunicación en las torres de Babel. Hoy, en Pakistán más que en la India, el inglés, sin ser la lengua materna de la población, es la que más se habla; su estudio y cultivo es obligatorio en todos los niveles educativos y la prensa más prestigiosa se expresa en este idioma. Sus ventajas como lengua franca son evidentes en un país tan diverso. Por orden de uso, de los tres idiomas que tienen rango oficial en el país -inglés, sindhi y urdu- , prácticamente todo el mundo (más de 100 millones) conoce el inglés, frente a 17 millones que se expresan en sindhi y 11 millones en urdu.

2) La explotación del ocio como energía rentable para apartar a la población de sus obsesiones cotidianas. El juego del polo, el golf, el críquet o los bolos, tan consustanciales a la psiquis británica, siguen activos entre la burguesía india y paquistaní con el mismo vigor que en Londres, Jamaica, Barbados, Nueva Zelanda o Zimbabwe.

3) La imposición de un orden administrativo y unos protocolos en la ordenación del Estado, a pesar de la indisciplina reinante en los partidos indo-paquistaníes y en los grupos étnicos más nerviosos ante el hecho religioso. Los administradores coloniales británicos, fieles al lema positivista «divide y vencerás», aprovecharon las estructuras tradicionales para mejorar la gestión de los recursos internos. Para asegurarse la tranquilidad las tribus más belicosas, como los patanes, los ingleses nombraban entre ellos a sus maliks, o jefezuelos. Desde tiempos de la reina Victoria, la selección de los funcionarios indios se hacía preferentemente entre quienes poseían una educación británica, hasta que el nacionalismo logró invertir la ratio, al menos formalmente.

Con independencia de las inclinaciones religiosas y los vínculos étnicos, la posesión en estos enclaves de una cultura democrática y, con ciertos límites, occidental es una garantía de progreso social y económico y abre las puertas a la emigración a cualquier lugar del mundo.

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* La palabra "purdah" (del urdu/persa "paradah", velo, cortina) se emplea en la India y, muy especialmente, en Pakistán en referencia al modo de vestir de las mujeres musulmanas para ocultarse de los hombres y, por extensión, a un ritual de vida de enclaustramiento que las aparta del mundo exterior.

 

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