Emilio García Gómez

 

Pitcairn: soltando lastre

 

 

 

 

En 1767, un navegante británico llamado Pitcairn, divisó una pequeña isla perdida en el Pacífico a la que bautizaría con su propio nombre. Incapaces de atracar a causa del oleaje, la tripulación del HMS Swallow dio la vuelta y continuó su ruta.

 

La isla de Pitcairn desde el norte

 Pero el registro de Pitcairn contenía un error, que marcaría el destino de otra tripulación, la del navío HMS Bounty, que, tras amotinarse el 28 de abril de 1789 contra su capitán, William Bligh, por su talante despótico, le abandonaron en las proximidades de Tonga e iniciaron un periplo en busca de un escondite donde ocultarse de la armada inglesa y evitar ser capturados y enviados a la horca.

 

El capitán Bligh (1789)

Después de una breve estancia en Tubai, donde fueron mal recibidos por los aborígenes, tomaron por la fuerza a diecinueve polinesios -seis varones y trece hembras, la más joven de apenas un año – y se hicieron de nuevo a la mar. El 15 de enero de 1790, se cruzaron por casualidad con una isla que no figuraba en sus mapas y que resultó ser Pitcairn. Pareciéndoles refugio seguro, llevaron a tierra a todos los animales y cuantos objetos podían serles útiles y pegaron fuego al barco en la pequeña ensenada hoy conocida como Bounty Bay. Allí permanecieron completamente aislados durante un cuarto de siglo. Doscientos años más tarde, los 48 descendientes de los amotinados siguen siendo los únicos pobladores de la isla.

 

Bounty Bay

 

Fletcher Christian, primer oficial del Bounty y cabecilla de la rebelión, se dispuso a organizar lo que prometía ser una nueva Arcadia compuesta por cuatro ingleses (Fletcher Christian, John Adams, William Brown y John Williams), dos escoceses (William McCoy y John Mills), uno de Cornualles (Matthew Quintal), un norteamericano (Isaac Martin) y el último (Edward Young) de St Kitts, en las Indias Occidentales. El resto de la comunidad lo formaban los tahitianos secuestrados. Conviene tener en cuenta que en aquella época las tripulaciones marineras solían ir acompañadas de esclavos -entre ellos los denominados grumetes - para su servicio personal.

 

Fletcher Christian (1787)

Desde el principio, la isla quedó parcelada en nueve sectores asignados individualmente a los nueve marineros. A su vez, cada uno se quedó con una mujer; las otras tres restantes permanecieron junto a tres tahitianos; otros cuatro tahitianos pasaron a ser criados de McCoy y Quintal. Cuando murió la pareja de Williams, éste reclamó para sí una de las mujeres concedidas a los polinesios, Ante tanto abuso, estos últimos asesinaron a Christian, Brown, Williams, Martin y Mills. Dos tahitianos perecieron en los altercados. De este modo, Adams, Young, Quintal y McCoy se repartieron las diez mujeres a razón de tres para Adams y Young y dos para Quintal y McCoy, quedando libre la niña, hija de la mujer de McCoy.

Diez años después de la ocupación de Pitcairn, todos los varones adultos habían fallecido violentamente o cayeron víctimas de la enfermedad. Entre Adams y Young acabaron con Quintal; y MacCoy murió ahogado. Cuando en 1808 pasó brevemente por la isla un ballenero norteamericano, se encontró con una insólita comunidad compuesta por un inglés, John Adams, que hacía las veces de patriarca y líder religioso, diez mujeres polinesias y 23 niños bastardos, que parecían venerarle. Adams, que había participado en la insubordinación del Bounty y en el homicidio de Quintal, se había convertido en pastor de su rebaño; quien apenas sabía leer y escribir, ahora dedicaba su vida a instruir a una congregación de seres indefensos.

El 17 de septiembre de 1814, atracaron en Pitcairn dos barcos de la armada inglesa. Para sus capitanes, detener al único superviviente del motín del Bounty, John Adams, habría sido “un acto de gran crueldad e inhumanidad”. El episodio del Bounty dejó de ser definitivamente un estigma para el gobierno de Londres.

En 1855 habitaban la isla 194 personas, población excesiva para los recursos de un territorio tan pequeño. Inglaterra, que se había hecho cargo de la administración de Pitcarn, les ofreció trasladarse a la isla de Norfolk, un antiguo centro de presidiarios situado a 3.700 millas en dirección a Nueva Zelanda. El 3 de mayo de 1856 embarcaron rumbo a su nuevo hogar, adonde llegaron el 8 de junio, día que, desde entonces, se celebra en Norfolk como “Bounty day”. Unos meses más tarde, 17 de los emigrados decidieron regresar a su lugar de origen. Otras cuatro familias descendientes de la comunidad pitcairnesa volvieron a su isla en 1864. Las cifra más alta alcanzada por la población de Pitcairn fue de 209 personas en 1937. Entonces comenzó su declive hasta la actualidad, con apenas medio centenar de residentes que viven de la artesanía y el subsidio.

La historia de Pitcairn se puede interpretar como el establecimiento de una red social basada en la posesión y la autodestrucción, al estilo de la conquista de la frontera, y su posterior evolución, bajo el patriarcado de Adams, hacia una utopía seudo-rousseauniana. Pero, muerto Adams, los años no pasaron en balde en la isla. Los relativamente breves reasentamientos de los pitcairneses en Tahiti (1831) y Norfolk (1856) no pudieron acabar con la imagen de una comunidad nacida de la desgracia.

La vida en Pitcairn ha pasado por varias fases: 1) adaptación ambiental e interpersonal en la primera ocupación de la isla; 2) consolidación con reajustes radicales; 3) catarsis espiritual bajo el liderazgo de Adams; 4) reaculturación en Tahití y Norfolk; 5) restauración y regreso a los orígenes; 6) resistencia a la pérdida de identidad mediante el refuerzo de los lazos internos con ayuda de Inglaterra; 7) fase terminal, en la que parecen haber entrado, caracterizada por la asfixia étnica.

El diario británico The Guardian aireó no hace mucho unas acusaciones acerca de la actividad sexual con muchachas menores de edad, que presuntamente son ofrecidas a los marinos visitantes para compensar la caída en las ventas de sellos. “Posiblemente haya sido esa la costumbre en los últimos doscientos años”, escribía Jeanette Winterson, en referencia a la endogamia forzada por las circunstancias en el pasado.

La afirmación es excesiva y no ha dejado de tener respuestas airadas, sobre todo de los admiradores de Pitcairn, teniendo en cuenta que apenas hay niños y que los jóvenes prefieren emigrar para encontrar pareja y respirar aires nuevos, Aunque en los tribunales hay un caso reciente de violación, es inverosímil que los pitcairneses sean portadores del estigma del Mal. Es más lógico deducir que esta gente es víctima de su propia genealogía y de su exigua herencia –una isla invisible para el resto del mundo- a la que se sienten amarrados y de la que no pueden escapar.

 

Descendientes de los amotinados: Bradley Christian, Josh Christian y Ariel Brown

(enero 2004) (del album de lareau: http://www.lareau.org/album.html)

 

En el siglo de las comunicaciones, salir materialmente de Pitcairn es harto difícil. No existe aeropuerto, ni helipuerto, ni puerto marítimo (sólo un embarcadero para los botes de los isleños). Hallándose a trescientas millas del lugar habitado más cercano, la isla de Mangareva, en las Antillas francesas, no hay líneas aéreas o marítimas que realicen viajes regulares. Cuando alguien enferma, ha de esperar a que llegue el primer barco de aprovisionamiento y le traslade, en una larga travesía, a un hospital. Mientras tanto, ha de contentarse con los cuidados de la mujer del capellán, que hace las veces de enfermera con ayuda de los servicios sanitarios de Nueva Zelanda a través de la emisora de radio local.

Alcanzar Pitcairn es igual de engorroso. El punto de aterrizaje de aviones más próximo es Mangareva, adonde se llega a través de Tahití. Después, no queda más remedio que contratar un velero y hacer una travesía de dos a tres días en medio del océano. A Joshua Benton, del periódico Blade, de Toledo (Ohio, Estados Unidos), le llevó año y medio preparar su viaje a Pitcairn el 22 de agosto de 1999. Dado el enorme coste del último tramo, buscó compañeros –con poco éxito- entre los llamados “amigos del Bounty”, cuya larga lista aparece en el formidable servidor web de Lareau. También queda otra alternativa: participar en un crucero de lujo que pase –casi adrede- por Pitcairn, como el que realizó en 1997 el anglo-polaco Wojciech Dąbrowski, que dejó unos pocos testimonios gráficos de su experiencia.

 

La única forma de acceso a la isla desde un barco

(del album de lareau: http://www.lareau.org/album.html)

 

Desde fuera resulta cómodo y complace sobremanera a los espíritus románticos que en Pitcairn todavía permanezca un pueblo fósil; que en doscientos años no hayan cambiado los apellidos; que allí se siga hablando un inglés del siglo XVIII amestizado y criollizado con aportaciones dialectales del anglo-escocés, el anglo-córnico, el cockney, el anglo-americano, el anglo-caribeño y, por supuesto, una de las lenguas polinésicas, el tahitiano. Todo ello es muy bueno y muy bonito, y también muy costoso. Para preservar la ecología étnico-lingüístico-histórico-paisajística de Pitcairn, el gobierno británico invierte cuantiosas sumas que jamás llegarán a compensar el desequilibrio de la población, víctima de la superstición y el enclaustramiento espiritual, social y cultural.

 

Poema escrito en dialecto pitkern

 Autora: Ena Ette Christian, c1986

"MY'SE HEAB'NLY MORNING"

Fo' waeke, slep out en down a walley,
Tek my'se grubber, chip about.
Lantana, baaka-stuff en a thistle,
Cursed stuff, hard f' get out.

Plun leaf heawy f' pearly drip,
I shudder whun down my'se neck one slep,
Fantail flyen roun' side I chip,
Lettle beak goa 'click', get et!

I sti gwen one tree, en staye-willout,
Arn picnic orn all em bird singen fo me,
En d' one I nor se chip out des morning
I ell lubby f' morla.

Versión en inglés estándar

MY HEAVENLY MORNING

To wake, slip out and down the valley,
Take my mattock and chip about,
Lantana, Baaka-stuff (wild tobacco) and thistles,
Cursed stuff, hard to get out.

Plun (banana) leaves glisten with pearly drips,
I shudder when down my neck one slips,
Fantail flits around as I chip,
Tiny beak goes 'click', got it!

I sit by a tree doing nothing at all,
As the birds sing around me, each in its own way,
And the weeds that I don't get around to this morning
I can leave for another day.

 

Si hay que proponer soluciones, quien esto escribe, obsesionado por la variación del idioma, vota por que Pitcairn y su comunidad sigan anclados en el mismo lugar otros doscientos años. Aunque no seamos testigos de ello, otros podrán analizar los cambios internos lingüísticos y sociales de la isla para mayor gloria y superior fama de la filología, la lingüística y la etnografía. Si, por el contrario, se abre la posibilidad de que el pueblo de Pitcairn suelte lastre de una vez, depositando en un museo su herencia histórica, entonces vaya nuestro voto por la completa emancipación de una comunidad que ha purgado con creces los pecados de sus antepasados cuando decidieron rebelarse contra la rigidez del código militar.

 

Páginas de interés:

http://www.lareau.org/pitc.html

http://www.government.pn/

http://www.government.pn/homepage.htm

http://www.pisg.org

http://library.puc.edu/pitcairn/

 

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