ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Rusia

 

     Rusia (Rossiyskaya Federatsiya) es un enorme país caracterizado por interminables llanuras e impresionantes cadenas montañosas como los Urales, que las separan de Siberia, y el Cáucaso, entre el Mar Negro y el Caspio, que divide Europa de Asia de noroeste a sureste. Las abiertas estepas facilitaron el tráfico de los nómadas asiáticos como los escitas, los hunos, los mongoles y los vándalos, estableciéndose allí o continuando su ruta hacia el oeste y el sur de Europa, siguiendo el abrupto desfiladero de Dariel en el Daguestán hasta llegar a Asia Menor. Por su parte, las tribus eslavas comenzaron su periplo hacia el interior de la meseta, tropezándose y mezclándose con los hunos, los mongoles o los fínicos, o bien alejándoles hacia el Ártico y convirtiéndose con el tiempo en el germen del actual pueblo ruso. Durante dos siglos, de 1238 a 1462, los tártaros mongoles se hicieron dueños de Rusia, hasta que finalmente fueron empujados hacia otros lugares como el Volga y Crimea, donde todavía queda un pequeño sustrato. En el siglo XVII la poderosa Polonia ocupó Rusia y la gobernó durante 13 años, hasta que las revueltas populares, como las de Novgorod -la ciudad más antigua del país, fundada por los pueblos nórdicos en la conjunción del Volga con el Oka-, lograron liberar Moscú y rechazar a los invasores polacos.

     Catalina la Grande estableció colonias de alemanes en la región del Volga al sur de Rusia con el fin de mejorar las condiciones de los bashkir, los kazakos, los kalmuck y los tártaros, enseñarles a cultivar la tierra, fomentar el ahorro y promover los matrimonios exogámicos. El experimento fracasó por falta de voluntad de los alemanes en mezclarse con los nativos. Como la ley obligaba a los tártaros y a los kazakos a fijar su residencia en algún lugar, se produjo un movimiento migratorio de éstos hacia Armenia y Turquía. En el siglo XIX la corriente migratoria fue a la inversa, con la llegada de turcos, griegos y armenios huyendo de los peligros del régimen otomano y buscando tierras fértiles y vírgenes en el Volga y las costas del Mar Negro y el Mar de Aral.

     Aunque la idea de la unificación de Rusia nació en el siglo XIV con el zar Iván Kalita, fue Pedro el Grande quien quiso poner en marcha la modernización de tan extensas tierras, en el sentido de occidentalizar a los pueblos asiáticos que él creía ser una rémora para el progreso, para lo cual era necesario construir una nación bajo un solo gobierno y una administración centralizada. Su proyecto no tuvo éxito dada la dificultad de controlar desde Moscú, como era su deseo, hasta el más pequeño municipio, aun habiéndose establecido fuertes delegaciones gubernamentales. Una de las instituciones más perdurables en Rusia han sido las mir, comunas típicas de los pueblos eslavos desde tiempos inmemoriales, propietarias de las tierras y dirigidas por una asamblea de vecinos con potestad para organizar la vida del municipio e impartir justicia. La reforma administrativa de los zares supuso un quebranto para estas comunas. Por otra parte, desde el siglo XVIII hasta mediados del XIX las relaciones sociales y laborales de los rusos quedaron reguladas por un sistema próximo a la esclavitud, que finalmente fue abolida tras la desastrosa guerra de Crimea con Inglaterra y Francia en 1861.

     Entre las acciones de los gobiernos ruso y soviético que más consecuencias han tenido sobre el país están, por un lado, la ocupación del Cáucaso, una de las regiones más complejas de la franja euroasiática, desde el punto de vista geológico, cultural, étnico y lingüístico, cuyos habitantes, indomables y fanatizados por su fe islámica, siguen dando enormes quebraderos de cabeza a Moscú; y, por otro, la sistemática deportación en masa de minorías étnicas, como las llevadas a cabo de 1944 a 1957 con los chechenios y los karachai-balkar, confinándolos en Kazajstán y Siberia.

     La distribución étnica en Rusia se calcula en 81,5% rusos, 3,8% tártaros, 3% ucranianos, 1,2% chuvash, 0,9% bashkir, 0,8% bielorrusos, 0,7% moldavos y 8,1% otros grupos. En cifras relativas, hay 532.000 armenios, 10.000 asirios neoarameos, 336.000 azeríes (del norte de Azerbayán), 1,206.000 bielorrusos, 56.000 estonios, 130.000 georgianos, 896.000 alemanes, 105.000 griegos, 29.000 letones, 67.000 lituanos, 402.000 osetinos, 94.000 polacos, 178.000 rumanos, un número impreciso de turcos y de turcomanos (originarios de la región del Turquestán), 4,363.000 ucranianos, 4.000 udi y unos pocos yiddish (judeo-alemanes).

     Con un territorio tan extenso (17,075.000 Km2), una escasa población para tan gran espacio (144,526,278 habitantes entre la Rusia europea y la asiática) y un suelo tan amosaicado, la situación lingüística en Rusia es harto compleja y permite explicar los movimientos secesionistas del pasado en la antigua URSS, así como predecir futuros conflictos políticos e interétnicos -algunos ya en marcha, como en Chechenia y Daguestán-, sobre todo cuando una población de parecidas características étnico-culturales está a caballo de dos estados distintos. Los actuales límites fronterizos de Rusia con sus vecinos europeos y asiáticos -Azerbayán, Belarrusia, China, Estonia, Finlandia, Georgia, Kazajstán, Corea del Norte, Letonia, Lituania, Mongolia, Noruega, Polonia y Ucrania-, con algunos de los cuales mantiene tensos pleitos territoriales, van a seguir atizando el brasero interior durante mucho tiempo.

     En Rusia se hablan 56 lenguas, incluyendo el eslavónico, que desapareció en el siglo XVIII. De ellas, 28 pertenecen a la familia nord-caucásica, la mayoría de las cuales se encuentran en la región de Daguestán, 16 a la fino-úgrica, 6 a la indoeuropea, indoaria o eslava, y otras 5 a la altaico-túrquica o altaico-mongólica. El predominio de la familia indoeuropea y eslava es abrumador, con 140,000.000 hablantes, seguida de la altaico-túrquica y altaico-mongólica (8,186.000), caucásica (3,376.600) y fino-úgrica (2,150.030).

     Al tronco indoeuropeo-indoario pertenecen el domari, lengua gitana con un número de hablantes en Ucrania sin determinar, y el romaní-valaco (10.000); al grupo indoiranio el judeo-tat (7.000), y a la rama eslava el ruso (140,000.000), el serbo-croata (5.000) y el eslavónico (sin hablantes).

     En el grupo altaico-túrquico o altaico-mongólico se incluyen el chuvash (1,774.000), kalmuk-oirat (174.000), karachay (241.000), kumuk (282.000) y tártaro (5,715.000).

     En el grupo caucásico -familia lingüística cuyo parentesco con las demás aún no ha sido establecido- aparecen las siguientes: abaza (34.800), adigeo (125.000), agul (19.000), akhvakh (5.000), andi (10.000), archi (800), ávaro (600.000 repartidos por Daguestán, Azerbayán y Kazajstán), bagvalal (5.500), bezhta (kapuchin) (3.000), botlikh (3.500), chamalal (5.500), chechenio (800.000 a 950.000), dargwa (282.000 a 350.000), dido (7.000 en Daguestán), ghodoberi (3.000), hinukh (200), hunzib (2.000), ingush (238.000), kabardiano (443.000), karata (6.000), khaidaq (28.009 en Daguestán), khvarshi (1.000 a 1.800), kubachi (3.000 en Daguestán), lak (92.000 a 112.000), lezgi (257.000), nogai (67.500), rutul (15.000 a 20.000 en Daguestán), tabasaran (78.000 a 95.000), tindi (5.000) y tsakhur (7.000 a 19.000 en Daguestán).

     En el grupo fino-úgrico están el erzya (44.000), finlandés (31.570), ingrio (302), kareliano (118.000), komi-permiak (116.000), komi-zyriano (262.000), livvi (70.000), ludiano (sin datos precisos), mari (525.480), moksha (428.333), saami-kildin (1.000), saami-skolt (500), saami-ter (500), udmurt (550.000), vepsiano (2.320) y vod (25).*

     Muchas de estas lenguas, algunas desconocidas para nosotros como el veps, tienen rango de literarias, con gramáticas y diccionarios propios y con amplia difusión por radio, televisión y prensa escrita. Otras, como el andi, el archi, el ghodoberi, el hinukh o el tindi se hallan en situación diglósica, teniendo que competir con lenguas escritas cuyo número de hablantes suele ser muy superior. Aunque algunas etnias, como los chechenios o los chuvash, constituyen gruesos núcleos de población y poseen una enorme vitalidad, casi todos suelen conocer perfectamente el ruso. En el caso del vod, con sólo 25 hablantes, su futuro está en posición de jaque mate.

  El brasero del Cáucaso

     El Cáucaso -llamado la Suiza rusa por su hermosa orografía - es uno de los lugares más complejos, desde el punto de vista climático, cultural, étnico y lingüístico, del planeta. Esta formidable cadena montañosa cruza el sur de Rusia uniendo las costas del Mar Negro y el Caspio de noroeste a sureste y obstaculizando las comunicaciones entre ambos lados de la cordillera. El Cáucaso ha sido ruta de paso de los pueblos arios hacia occidente. Se ha llegado a decir que allí se encuentran vestigios de los antepasados de los vascos camino de los Pirineos. También han hollado estas tierras los ejércitos griegos con Alejandro el Magno, los romanos a las órdenes de Pompeyo y los mongoles a las de Tamerlán, que nació junto a la costa del Caspio en Daguestán; después, en el siglo VIII llegaron los árabes; luego, los cruzados de retorno a casa; y, más tarde, sucesivas olas de judíos, georgianos, armenios, persas y tártaros. Todos ellos han dejado su rastro -y su rostro- en aquellos valles, encontrando un refugio relativamente seguro y tranquilo. En los rincones más recónditos, entre muros de adobe y piedra, se pueden observar fisonomías que podrían pasar por nórdicas. A pesar de su diversidad étnica -unos 50 grupos con una fuerte identidad, la mayoría en Daguestán-, han mantenido durante siglos un elevado grado de aislamiento, cohesión interna y autonomía, facilitados por la escasez de pasos de montaña, el más famoso de los cuales es el de Dariel. A mediados del siglo XIX los ejércitos del zar lograron incorporar la región a Rusia tras derramar mucha sangre, dando tiempo de sobra hasta hoy para comprobar que estas gentes son absolutamente inasimilables. No obstante, el control ruso-soviético ha terminado con las arcaicas tradiciones de los montañeses caucásicos, cuyas leyes tribales, basadas en la costumbre, eran bárbaras y absolutamente inaceptables en un estado moderno. Por poner un ejemplo, los khanes musulmanes tenían poder absoluto sobre las vidas y las propiedades de los aldeanos.

     Azerbayán, Armenia y Georgia han conseguido emanciparse de la antigua URSS, pero las repúblicas autónomas de Abjazia, Karachay-Cherkesia, Kabardino-Balkaria, Osetia del Norte, Ingushetia, Chechenia y Daguestán, fronterizas con Georgia y Azerbayán, siguen bajo dominio ruso. Las diferencias entre los rusos (en su mayoría eslavos y cristianos ortodoxos) y los chechenios y daguestaníes (caucásicos, túrquicos, indo-iraníes y musulmanes) son abismales, aunque en Chechenia, junto a su capital Grozny, hay pequeñas bolsas de rusos eslavos. También se mantienen serias disputas entre la cristiana Armenia y la musulmana Azerbayán, motivadas por la existencia de un injerto de población armenia en un costado de este último país. Por su parte, Georgia las está teniendo con los abjazos, caucásicos del noroeste del país, junto al Mar Negro, y con los osetinos del sur, de raíz indo-iraní, que han quedado bajo jurisdicción georgiana y separados de sus hermanos de Osetia del Norte. La pequeña república rusa de Ingushetia se ve amenazada por el éxodo de chechenios que pretenden huir de los bombardeos rusos.

     En Daguestán hay 27 grupos etnolingüísticos con un número impreciso de hablantes de su respectiva lengua (la ortografía kh corresponde al sonido de la j española): agul (de 14.000 a 19.000), akhvakh (5.000), andi (10.000), archi (de 800 a 1.000), ávaros (clan de la familia caucásica de los lesghios, 600.000 entre Daguestán, Azerbayán y Kazajstán), bagbalal (4.000 a 5.500), bezhta-kapuchin (3.000), botlikh (3.000 a 3.500), chamalal (4.000 a 5.500), dargwa (282.000 a 350.000), dido (7.000), godoberi (2.500 a 3.000), hinukh (200), hunzib (400 a 2.000), karata (5.000 a 6.000), khaidaq (28.009), khvarshi (1.000 a 1.800), kubachi (3.000), lak (92.000 a 112.000 entre Daguestán y Chechenia), lezgi (257.000), rutul (15.000 a 20.000), tabasaran (78.000 a 95.000), tindi (5.000) y tsakhur (7.000 a 19.000). Por lo que hace a Chechenia, la región es bastante más homogénea, con una mayoría caucásica compuesta de chechenios (800.000 a 950.000), lak, ingush (197.000 a 230.000, de los cuales unos 60.000 se refugiaron en Ingushetia durante la guerra de 1992) y, finalmente, varios miles de rusos. La población caucásica total, incluyendo a los países limítrofes, asciende a 3,376.600 personas.* La coincidencia formal de determinados componentes léxicos del euskera con algunas variantes caucásicas ha llegado a despertar una pequeña ilusión entre los filólogos que buscan el origen de esa lengua, aunque la cosa no ha ido más allá de lo anecdótico.

     Europa occidental tiene poco que añadir al discurso secesionista de los chechenios y los daguestaníes. Los intereses petrolíferos de Rusia en el Caspio; el ejemplo de las repúblicas independientes de Azerbayán, Armenia y Georgia al tomar la iniciativa de separarse de la antigua URSS; las disputas territoriales para ganar terreno a costa de los estados vecinos, como en el caso de la plataforma del Caspio entre Rusia, Azerbayán, Irán, Kazajstán y Turkmenistán; el fanatismo islámico, que antepone el Corán a los códigos sociales y legislativos occidentales; la especial situación geográfica de Chechenia y Daguestán, obstaculizando el paso de las estepas rusas hacia la conflictiva zona de Azerbayán e Irán, y, por último, la implacable realidad histórica, que denuncia la caducidad del imperio ruso a la vez que ignora el centenario yugo islámico, todo ello convierte al Cáucaso en un brasero que amenaza la seguridad de todo el continente. Es preferible la denudación de la Federación Rusa, despojándose de lo que realmente le sobra y trabajando para convertirse en un país más homogéneo, estable y próspero, rodeado de naciones satisfechas y dispuestas a colaborar con ella, a que siga desgastándose en batallas que tiene perdidas de antemano, teniendo en cuenta la enorme distancia cultural y espiritual de sus vecinos, que, como acabamos de ver, han sido y seguirán siendo indomables.

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*Cifras de CIA World Factbook (1998, 2003); The Ethnologue, ed. B. Grimes (1996, 2000); M. Edwards, National Geographic Magazine, Febrero 1996: 126-131.  


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