ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Unión de Estados de Serbia y Montenegro (antigua Yugoslavia)

 

     Hay pueblos que jamás encuentran un momento de paz interior. De ellos se dice que no se les puede dejar solos porque sobre sus cabezas se yergue permanentemente la amenaza del genocidio y el exterminio. Cuántos argumentos de filosofía política y de sociología no se han gastado sobre los Balcanes sin encontrar la solución a un mal secular, el odio aparentemente interétnico. Podemos admitir que los hijos y los nietos de los turcos, los húngaros y los eslavos se han visto obligados a compartir el mismo abrigo como consecuencia de la expansión de los imperios circundantes, al serles impuestas reglas, lenguas y religiones distintas a su tradición o serles concedidos determinados privilegios. Sin embargo, no es fácil encontrar explicación al hecho de que comunidades compuestas de la misma etnia tampoco sean capaces de convivir entre sí, como ocurre en Bosnia-Herzegovina. A veces la acción del liderazgo político ultra-nacionalista termina por alterar la sicología del pueblo al que desea proteger, inoculándole el virus de la autoafirmación frente al reconocimiento de la diversidad. En otros momentos las instituciones religiosas son un freno para el progreso democrático, al albergar el germen del fanatismo fundamentalista e intervencionista. Tal vez haya que emplear un principio reduccionista, acientífico, de que todo obedece al instinto primigenio de las especies, el de la supervivencia, que lleva a unos a dispersar su semilla racial y cultural para perpetuarse y a otros a evitar la contaminación genética mediante estrategias de autoprotección y defensa de su territorio, de su ganado y sobre todo de sus hembras, las únicas garantes de la sucesión dinástica y, por tanto, de la transmisión generacional de los valores locales. Se puede pensar incluso que las condiciones ambientales -un clima y una orografía llenos de contrastes y los desequilibrios socioeconómicos- acentúan el instinto proteccionista, a diferencia de aquellos lugares abiertos y sin relieve y altamente industrializados. Y, desde luego, no se pueden despreciar las distintas opciones existentes para organizar el estado y la economía del país, algunas incompatibles entre sí como el liberalismo y el marxismo. Por último, las acciones de gobierno basadas en el poder absoluto y el temor tarde o temprano encienden la llama de la resistencia y la lucha por la libertad y la independencia, uno de los rasgos más definitorios del ulra-nacionalismo.

     Yugoslavia ha sido durante mucho tiempo el comodín de los poderes circundantes, lo que ha reducido su capacidad de tomar decisiones para su autogobierno. La inoculación de nuevos hábitos ha tenido que afectar sensiblemente la identidad de sus comunidades diferenciales, provocando a la vez actitudes contradictorias de sumisión y de rechazo. Este fenómeno no es nada nuevo en Yugoslavia ni nunca lo ha sido en cualquier otra parte del mundo, puesto que la historia de la humanidad se basa en movimientos de población masivos, intercambios comerciales y agitaciones sociales.

     Los habitantes más antiguos de la región eran cazadores provenientes del Danubio hace 9.000 años. En el primer milenio antes de Cristo se establecieron los ilirios, inmediatos antecesores de los albaneses, que se vieron obligados a refugiarse en las montañas de Kosovo tras la invasión en el siglo V de la era cristiana de pueblos eslavos -eslovenos, croatas, serbios y búlgaros- que compartían la misma lengua. Puesto que del imperio romano sólo quedaban dos particiones -la oriental en Bizancio y la occidental en Roma-, los asentamientos eslavos quedaron también divididos por el mismo eje: los croatas al norte y oeste, los serbios y búlgaros al sur-sureste y el norte. La secular hegemonía húngara y otomana dejó bien sentadas las bases para que la reconstrucción del original pueblo eslavo sea inimaginable.

     Esta disgregación también tuvo lugar en el plano religioso, puesto que los eslavos occidentales adoptaron la variante romana del cristianismo, mientras que los orientales siguieron la línea ortodoxa griega. Por consiguiente, la división de los eslavos no tiene un fundamento enteramente étnico, sino parcialmente religioso, a pesar del efecto disgregador del feudalismo medieval. Por si no fuera bastante, la presencia turca forzó una paulatina reconversión de determinadas comunidades, sobre todo las de pueblos no eslavos ocupantes de territorios vecinos como los albaneses, que fueron rápidamente islamizados y eximidos de pagar los elevados tributos exigidos a los cristianos. La tradicional hostilidad entre las distintas facciones cristianas y entre éstas y el Islam explica las difíciles relaciones internas de los actuales pueblos balcánicos.

     Otro hecho que ayuda a interpretar el complicado sentir balcánico es la fijación en 1578 por parte del emperador Fernando de una frontera natural en la región croata de Krajina para detener el avance hacia occidente de los turcos. El asentamiento de colonos serbios exentos de pagar impuestos a cambio de defender el territorio les ayudó a descubrir el verdadero valor de la autonomía de gestión, no sin despertar el recelo de los croatas, que se consideraban altamente aculturizados por Austria-Hungría y despreciaban a los recién llegados como bandidos en un estado de salvajismo.

     El romanticismo alemán influyó notablemente en el sentir nacionalista de los pueblos alojados en el seno del imperio austro-húngaro: checos, eslovacos, polacos, rumanos, húngaros, italianos, rutenios, croatas, eslovenos y serbios. Otros grupos de eslavos, como los búlgaros, decidieron declarar la guerra contra el dominio turco por su cuenta. La creación de Iliria a instancias de Napoleón estaba motivada por el deseo de agrupar a los eslavos del sur en una gran nación. El movimiento pan-eslavo tuvo una versión en el transcurso de la I Guerra Mundial en la formación del reino de Yugoslavia o Eslavia del sur (yug significa sur), compuesta por serbios, croatas y eslovenos en el territorio de lo que hoy es Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Montenegro y Vojvodina. Sin embargo, se ignoró la presencia de otras agrupaciones étnicas como los albaneses de Kosovo. La propuesta sigue atrayendo a los serbios, que se niegan a reconocer la imposibilidad de reconstruir el país desmantelado tras la muerte de Tito o eliminar físicamente a los kosovares yugo-albaneses. Por el contrario, el secesionismo croata ha mantenido vigilantes a sus vecinos, sobre todo tras las atrocidades cometidas por aquellos contra los serbios, los judíos y los gitanos, dejando como testigo para la posteridad el infame campo de concentración de Jasenovac.

     Hoy Yugoslavia, reducida a la confederación de Serbia y Montenegro, tiene 10,700.000 habitantes. Su configuración étnica se compone de albaneses (18%) -la mayoría residentes en Kosovo y en Montenegro-, magiares (17%) -ocupantes de Vojvodina- y serbios (57%). Hay igualmente unos reducidos grupos de búlgaros, rumanos, gitanos, turcos y ucranianos. La distribución religiosa es musulmana, católica y cristiano-ortodoxa. El patrimonio lingüístico lo componen 10 variedades: el albanés, que aquí recibe el nombre de gheg; el búlgaro; el eslovaco (100.000 hablantes); el magiar (450.000; el rumano (250.000); tres variantes romaníes -balcánica, con 100.000 hablantes, sinte con 31.000 y romano-serbia-; el lenguaje de señales yugoslavo, basado en el correspondiente austro-húngaro, y, finalmente, el serbocroata, hablado prácticamente por la totalidad de la población yugoslava.


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