ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Suecia

 

     La configuración física de Suecia, Noruega y Dinamarca, con sus miles de islas y fiordos, explica la evolución histórica de sus pobladores desde la Edad del Bronce. Los llamados “hombres del norte”, los vikingos, han compartido durante siglos la misma lengua y la misma cultura, desarrollando al arte de la navegación y aprovechándose de él para iniciar una red de vías marítimas que favorecieron la exploración, la colonización, la esclavitud y la piratería más atroz.

     En el siglo VIII comenzaron a salir de sus territorios y durante 250 años, hasta mediados del siglo XI, se convirtieron en intrépidos navegantes capaces de llegar a América y en guerreros que aterrorizaron Europa de oeste a este, navegando hasta Newfoundland, Groenlandia e Islandia -país cuya lengua sigue siendo la más parecida al viejo nórdico vikingo- y bordeando las costas orientales del Atlántico hasta las Canarias, pasando por Inglaterra, Irlanda y Francia, donde se asentaron y fundaron lo que hoy es Normandía, o tierra de los nordmanni, hombres del norte. También pisaron Holanda, Bélgica, Portugal, España e Italia, apresando a los “hombres azules” -norteafricanos- y penetrando, en otra fase de su expansión, por el interior del continente, surcando las aguas del Volga y el Dnieper, ocupando Ucrania y llegando a Constantinopla y el mar Caspio. En algunos lugares dejaron huellas de su permanencia en túmulos funerarios, inscripciones rúnicas y topónimos como Rusia, región inmensa que los rus -los pueblos escandinavos procedentes de lo que hoy es Suecia- sometieron a su dominio.

 

Inscripción rúnica en Hagia Sofia de Estambul. Dice: "Aquí estuvo Háfðan"

 

Las excavaciones llevadas a cabo en Irlanda han puesto al descubierto los restos de su civilización. Cuando los daneses y los noruegos llegaron a Inglaterra, allí depositaron los símbolos de su poder. El dialecto del condado de York y los del norte retienen el léxico de los vikingos daneses -fors (cascada), beck (corriente de agua), laithe (granero), garth (patio), thorpe (granja)-, y los nombres de algunas localidades inglesas -Chiswick, Derby- denuncian su origen danés. Sin embargo, este pueblo guerrero pronto se adaptó a los lugares que ocupaba, adoptando su religión y su idioma. El propio rey normando, Guillermo el Conquistador, de sangre vikinga, se convirtió en 1066 en el soberano de Inglaterra, trayendo consigo la lengua francesa, que desde luego era la suya propia. El francés retiene algún sedimento vikingo, como el apellido Anquetil -probablemente del nórdico arnketill (olla del águila)-, comparable al apellido inglés Thirkettle (olla de Thor).

     La principal actividad económica de Suecia y Noruega hasta hace un siglo ha sido el bosque, la pesca y la agricultura. Convertida en una de las naciones más pobres del mundo, Suecia liberó en sólo diez años -de 1893 a 1903- un torrente de 250.000 emigrantes arrastrados por la hambruna, la mayoría hacia Estados Unidos. De 1850 a 1930 perdió 1,300.000 personas. La neutralidad del gobierno -más bien vergonzosa inhibición colaboracionista- durante la Segunda Guerra Mundial favoreció el crecimiento de la industria y la conversión del país en uno de los más prósperos del mundo.

En julio de 2003 la población sueca ascendía a 8,878,085 personas, con una pérdida de 8.000 respecto de 1998, posiblemente jubilados en los países más cálidos del sur de Europa.

     Hay 750.000 extranjeros -daneses, finlandeses, albanos, estonios, polacos, griegos, turcos, serbo-croatas, italianos, iraquíes, palestinos, kurdos, rusos, letones, lituanos, somalíes, chinos, latinoamericanos, españoles y eritreos-, unos emigrantes o descendientes de emigrantes legales, y otros ilegales, algunos huyendo de la miseria, aprovechando la tolerancia del gobierno sueco, o de un severo régimen político. Todos ellos contribuyen al mantenimiento de pequeños focos culturales enquistados en un país que durante miles de años se ha caracterizado por una gran homogeneidad étnica y lingüística.

     No obstante, Suecia tiene una reserva idiomática propia, con la excepción de dos variantes romanís, el caló finlandés (de mil a dos mil hablantes) y el sueco trashumante, una variedad del romaní traída por los gitanos escoceses en el siglo XVI, de carácter semi-secreto y sin hablantes maternos. También se habla el noruego en Bohusländ y el danés en Skåne y Blekinge. El saami, de la familia uralo-fínica, es la lengua de los lapones; hay cinco versiones según sea la región donde habitan: el lule, o saami sueco, con 8.500 hablantes de un total de 17.000 miembros de la etnia; el saami norteño o noruego, que lo hablan 5.000 (a los que hay que añadir 1.600 en Finlandia y 10.000 en Noruega); el saami-pite, hablado en la rivera del río Pite por unas 1,000 personas; el saami meridional (2.500 hablantes en Suecia) y, finalmente, el saami-ume, (500 hablantes junto al río Ume).

     Al igual que ocurre en los demás países nórdicos, existe un lenguaje híbrido de signos que emplean algunos sordos escandinavos para comunicarse entre sí. No es el caso del lenguaje para sordos suecos, que aprenden formalmente muchos hijos de padres sordos, sin serlo ellos mismos, y los sordos escolarizados. La inteligibilidad de este lenguaje con el correspondiente danés y noruego es elevada, pero no lo es tanto con su homónimo finlandés.

     El sueco es la lengua nacional, hablado por el 93% de la población. Hay varios dialectos: el göta meridional, el svea septentrional, considerado como “auténtico sueco”, el sueco oriental -en la frontera con Finlandia- y el dalska dalecarliano. El atlas dialectal de algunas regiones del país está aún por completar.


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