Emilio García Gómez

 

El laberinto turco

 

 

Jean Auguste Dominique Ingres, El baño turco, 1862

 

El jardín palaciego de Hampton Court, el Versalles de la corona británica desde Guillermo III y María II (siglo XVIII), tiene un plácido rincón en forma de laberinto con diversas entradas, de las cuales sólo una lleva al centro. La frondosidad de los setos y el incitante diseño de la arquitectura vegetal impide tomar atajos para salir o para entrar, si no es para atascarse en la confusión.

También para llegar al corazón de Turquía hay que elegir el pasillo correcto. Aún así, aunque creamos haber alcanzado el centro, allí mismo tropezamos con otro laberinto, un complejo entramado cultural, social, político, lingüístico y religioso que obliga a revisar e interpretar permanentemente el pasado y el presente del territorio y sus habitantes. Basta con observar sus fronteras con Armenia, Azerbaiyán, Bulgaria, Georgia, Grecia, Irán, Irak y Siria para darse cuenta de las enormes tensiones que, secularmente, han apretado los órganos vitales de un país asentado sobre dos poderosos continentes, Europa y Asia, dos mares surcados por las naves de medio mundo durante milenios, el Mediterráneo y el Negro, y una extensa e histórica península de nombre griego, Anatolia (“el amanecer”, “el oriente”), cuna de sólidas civilizaciones y movimientos inmigratorios, desde los hititas hasta los otomanos, pasando por tracios, helenos, selyúcidas y bizantinos.

Nadie ha logrado trazar adecuadamente el perfil típico del pueblo turco, gentes que poseen mil caras y que aún hoy se baten en busca de una imposible identidad nacional compartida por todos, bien añorando el ambicioso movimiento pan-turiano de finales del siglo XIX y comienzos del XX, que aspiraba a la reunificación de todas las tribus y naciones de habla túrquica separadas por la geografía, desde Turquía hasta el Pacífico a través de Eurasia; bien el pan-turquismo, que trató de encajar, bajo la caduca divisa “unidad de acción, de lengua y de pensamiento”, a los turcos del imperio otomano con los de Irán, Afganistán, Rusia y China; o bien dando por bueno el recetario práctico y sensato de Atatürk, que se contentó con la unidad del estado turco sin cruzar las fronteras.

Pero en Turquía conviven, por así decirlo, comunidades e individuos desemejantes de ojos claros y oscuros, cabellos rubios y negros, rostros pálidos y tostados, rasgos arios, caucásicos y mongoloides. En la Turquía europea se mueven albaneses, armenios, bosnios, búlgaros, gitanos, griegos y judíos de origen español, que todavía perseveran hablando en ladino. En la Turquía asiática hay una diversa, aunque dispersa, representación de abjazos, adígeo-circasianos, azeríes, georgianos, hertevinos, iraquíes, kabardianos, kazacos, kirguizos, kumukos, kurdos, lazes, osetianos, shikakos, sirios, tártaros crimeanos, turcomanos, turoyos, uygur, uzbecos, zazas o zazacos y, desde luego, turcos.

La lista abarca individuos que emplean distintos idiomas y dialectos (indoeuropeo-indoiranios, caucásicos, afro-asiático-semíticos y altaico-túrquicos), escriben con diferentes alfabetos (neolatino, arábigo, armenio, cirílico o siríaco), practican ritos religiosos tradicionalmente encontrados –judíos, musulmanes (sufis, sunnís, chiitas y su rama alevi) y cristianos (caldeos, nestorianos, jacobitas, melquitas, maronitas, ortodoxos sirios, ruso-búlgaros y griegos, protestantes y católicos)- y alegan parentesco étnico con los circasianos del Cáucaso, los lejanos uygur de la provincia china de Xinjian, de misteriosa ascendencia –acaso tataranietos de los hunos-, los azeríes de Azerbaiyán, los turcomanos de Turquestán, los tayikos de Tayikistán, los bújaros y uzbecos de Uzbekistán y los karakalpak de Afganistán, Kazakistán y Kirguizistán. De todos hay abundante representación en las antiguas colonias otomanas de Rumelia en los Balcanes (hoy parte de Bulgaria, Serbia y Grecia) y en los modernos nichos de emigrantes en Europa, sobre todo Alemania, donde superan los dos millones, y las Américas. Pero también hay nacionales turcos que repudian tal denominación, aunque se hallan bajo bandera turca, como los kurdos rebeldes, entroncados con la familia indoirania, los resentidos armenios, emparentados con los antiguos indoeuropeos y frigios, y los odiados griegos y macedonios, del mismo linaje indoeuropeo.

Tomando Eurasia como territorio de expansión turca, es difícil creer en la armonía de una cultura y una civilización que abarca tantos pueblos y geografías. Lo único que les une, pero no a todos, no es la sangre, sino el habla, el turco, de la familia altaica, con sus múltiples variantes, un idioma que sorprende por su capacidad de neutralizar los de los países otomanizados. Juntos o separados por las fronteras políticas se pueden ver tártaros, bashkir, kazakos y kirguizos de rasgos mongoloides, o  uygurs y uzbecos de aspecto indoiranio.

De los turcos se ha dicho que descienden de los escitas, antiguos pobladores de la región del valle del río Bolshoy Ulagan, en Kazakistán. Los turcos otomanos provocaron el terror al cruzar las murallas de Constantinopla en 1453 e iniciar un gran imperio que llegó a extenderse por 25 o 30 millones de km2. Ese mismo espanto despertó el cuerpo de élite al servicio de los sultanes, los jenízaros, jóvenes cristianos reclutados en los Balcanes bajo la ley de la devsirme e islamizados.

Fascinación han despertado las historias y leyendas de Estambul y el Oriente, salidas de la pluma de los grandes viajeros decimonónicos como Gerard de Nerval (1808-1855), hijo de masones, amigo íntimo de Teófilo Gautier, e incorregible bohemio. Pensaba Nerval que la realidad sólo se encuentra cuando se funde la fantasía con la vida misma. Nerval evocó en su “Viaje al Oriente” las noches del Ramadán en Constantinopla, escuchando “los cuentos maravillosos recitados o declamados por los narradores profesionales contratados por los principales cafés de Estambul” que se hallaban situados detrás de la mezquita de Bayezid. “Una vez instalados, se pide un narguilé o un chibuk, y se escuchan cuentos que, como nuestros folletines actuales, se prolongan lo más posible. Este es el interés del patrón del café y del narrador.” (“Historia de la reina de la mañana y de Solimán, príncipe de los genios”).

Numerosos y expertos narradores han recorrido el Oriente, como el griego Pausanias (s. II), los italianos Odorico de Pordenone (s. XIV) y Petro della Valle (s. XVII), los españoles Cristóbal de Villalón (s. XVI) y nuestro contemporáneo Juan Goytisolo, el polaco Ian Potocki (s. XVIII), los franceses Jean Chardin (s. XVII), Alphonse de lamartine (s. XIX), Máxime du Camp (s. XIX), Teófilo Gautier (s. XIX), el ruso Aristov (s. XIX), el veneciano Marco Polo (s. XIV), el norteafricano Ibn Batuta (s. XIV), el turco otomano Evliya Çelebi (s. XVII)),  los ingleses Lady Mary Wortley Montagu (s. XVIII), Laurence Oliphant (s. XIX) y Sir Charles Barry (s. XIX), el norteamericano John Lloyd Stephens (s. XIX) y el geólogo austriaco Ami Boué (s. XIX).

Tocando un aspecto menos romántico, Turquía lleva 75 años tratando de reforzar su política de laicización de la educación para evitar el contrapeso de las escuelas islámicas, donde se somete a los niños a un auténtico lavado de cerebro comparable al de algunas ikastolas de Euskadi. El gran reformista y presidente de la primera república turca, Mustafá Kemal (Kemal = “el perfecto”, apodo que recibió de su profesor de matemáticas), más conocido como Atatürk (“el padre de los turcos”), y sus compañeros de estudios, tras analizar la Ilustración francesa, llegaron a la conclusión de que el estancamiento y declive del imperio otomano se debió al peso de la religión, la tradición y la superstición en la sociedad. La única forma de poner en marcha al país era soltando amarras, como habían hecho algunos estados europeos. La pregunta “Conduce el laicismo al ateísmo?” obtiene allí la respuesta “No. Al contrario, garantiza la libertad de cultos o de no cultos, puesto que no se compromete con ninguno en particular.”

Claro que en este país la población es musulmana en parecida proporción a la que en España es cristiana, lo que explica la timidez de las reformas legislativas. De hecho, la tolerancia que manifiesta el gobierno turco hacia la enseñanza religiosa trata de frenar el avance del radicalismo chiíta favoreciendo la versión más blanda del Islam, el sunnismo. Los gobiernos de Turquía, que no es un país árabe, han tratado, desde la proclamación de la república en 1923 y con las reformas de Atatürk, de impermeabilizar a la sociedad contra el radicalismo religioso, blindarla de forma elegante contra las ambiciones del clero. Fue la suya una revolución desde arriba, la única que en aquellos momentos podía sacar al pueblo de su retraso y de su atontamiento.

La cuestión de fondo en Turquía es que no se debe mezclar la religión, cualesquiera que sean sus manifestaciones, con el estado, como forma de organizarse una sociedad plural, mientras que en la mayoría de los países árabes y/o islámicos como Argelia, Libia, Túnez, Irak, Arabia Saudita, Afganistán y Pakistán, es impensable conjugar y hacer convivir conceptos tan distintos como etnicismo, religiosismo, ateismo y laicismo. En Irán, como en algunos países de África y Asia central de los siglos pasados y consumidos, no ha sido posible, ni todavía lo es, escapar a la clericalización de la sociedad sin tregua y sin piedad.

En épocas no muy remotas, los gobiernos españoles pre-democráticos y las instituciones católicas también utilizaron su fuerza en beneficio mutuo, sometiendo a la población escolar a una formación rígidamente ortodoxa para eludir el peligro del comunismo, el protestantismo, la desreligiosidad y el librepensamiento. En un artículo publicado en el Osservatore Romano (mayo 1968), el papa Pablo VI definió el laicismo - “la exclusión de la organización humana de todas las referencias morales y aquellas que pertenecen a la humanidad en su conjunto que postulan relaciones inalienables con la religión” -. La opinión de Pablo VI, expresada en medio de la revolución francesa de mayo de 1968, sería una buena guía para sus incondicionales, pero no constituye dogma de fe para los profanos. De hecho, en el citado artículo se mezclan desordenadamente intuiciones complejas y discutibles, como las “referencias morales”, creencias religiosas y religiosismo. Mientras aquel Papa de Roma y los sucesivos presentan el laicismo como antítesis de la moral universal, en otros lugares tan civilizados como pueda serlo el Vaticano, por ejemplo Turquía, se piensa que el laicismo es precisamente un sistema político que excluye todo tipo de influencia o control eclesiástico, en beneficio de la neutralidad del estado.

En Turquía y su agotado imperio se ha derramado mucha sangre, aunque no más ni menos que en otros lugares, reinos y repúblicas, pretéritos o actuales. Cuantas más reformas se lleven a cabo, sobre todo en su legislación penal, y más manos se le tiendan en el aspecto político y económico, mayores serán sus oportunidades de escapar de la tradición orientalista y encontrar el rincón que le corresponde en la Unión de Estados Europeos. Pero va a ser difícil fundir a pueblos tan dispares como los que hemos mencionado, especialmente los kurdos, muy influidos por el extremismo marxista, perdonar a los armenios y hacerse perdonar por ellos por las seculares ocupaciones, deportaciones y matanzas llevadas a cabo en sus respectivos territorios y neutralizar las bombas de los fanáticos del islam, que consideran al gobierno de Estambul ateo, corrupto y vasallo de los yanquis.

 

 

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