ETNIAS Y LENGUAS DE EUROPA

Emilio García Gómez

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Vaticano (Santa Sede)

 

     El Vaticano es una ciudad-estado a todas luces excepcional. Su poder y su presencia se extienden horizontalmente por todos los puntos del planeta. Su líder, que dice ser el representante de Dios sobre la Tierra, ejerce su autoridad sobre más de 800 millones de personas. Y, sin embargo, su “santa sede” ni posee ejército, ni tierra arable, ni regadíos, ni cosechas, ni pastos, ni bosques, ni ríos, ni playas, ni valles, ni montañas, ni carreteras, ni puentes, ni puertos, ni aeropuertos; sólo una vieja estación de ferrocarril y un helipuerto. Carece de recursos naturales, fábricas o centrales eléctricas, aunque mantiene unos generadores de reserva en caso de interrupción de la energía servida por Italia. Su extensión apenas alcanza medio Km2. El censo de 1930 lo componían 530 personas: 389 italianos, 118 suizos, 11 franceses, 5 alemanes, 2 españoles, 1 austriaco, 1 etíope, 1 holandés, 1 norteamericano y 1 noruego. En 1998 su población no superaba los 860 residentes (911 en julio de 2003), esencialmente italianos, suizos y algunos españoles, polacos y etíopes. Dispone, en cambio, de 1.000 habitaciones y 2.000 teléfonos para los funcionarios y sus familias. De sus dos grupos étnicos, el más numeroso sigue siendo italiano -la mayoría ex-oficiales del ejército que componen la gendarmería pontificia y trabajadores que cruzan la frontera a diario- y el otro suizo -mercenarios a sueldo del país alpino encargados de la seguridad del Papa y de sus estancias y que visten un llamativo, algo estrafalario uniforme diseñado por el magnífico Miguel Ángel-. Ninguno de los ciudadanos del Vaticano -cardenales residentes en la Sede o en Roma y los funcionarios eclesiásticos y civiles- recibe el nombre del país, a diferencia de lo que ocurre en el resto del mundo, como con los andorranos, los liechtensteiners, los monegascos, los chinos. Llamar a uno vaticanista equivale a llamar a otra persona valencianista (no valenciano, sino seguidor del Valencia F.C.), madridista (no madrileño, sino seguidor del Real Madrid), catalanista (en Valencia, partidario de lo catalán), etc.

     El sistema político del Vaticano también es singular. Hasta 1929 no pudo alcanzar la soberanía nacional. Hasta 1968 no tuvo una constitución -la apostólica-. La jefatura del estado es sexista -sólo para varones- y tiene carácter vitalicio; su cabeza es una especie de monarca-sacerdote elegido secretamente por un sanedrín de cardenales menores de 80 años y que se halla exento de un requisito fundamental en todos los países del mundo: que haya nacido o se haya naturalizado en el propio país. En el pasado se llegó a comprar votos para ganar la elección, como hizo el maquiavélico Borja para convertirse en Alejandro VI. Su único cuerpo legislativo recibe el nombre de Comisión Pontificia. Aunque no hay partidos políticos, ni líderes políticos, ni campañas políticas, existen numerosos lobbies, grupos de presión que actúan dentro y fuera de dicha cámara legislativa. El poder judicial se halla bajo la jurisdicción de Italia. No hay impuestos. El dinero de sus arcas procede de las ventas de sellos, libros y recuerdos para visitantes y turistas, las entradas a los museos, las actividades financieras -es decir, de la especulación, a veces envuelta en las sombras, como el asunto del Banco Ambrosiano- y de las donaciones llegadas del extranjero para contribuir al costoso mantenimiento del Vaticano y de su patrimonio artístico.

      “Este territorio es pequeño”, declaró Pío XI con motivo del Tratado de Letrán (1929), que confirmaba el poder temporal de los papas, “pero podemos decir que es el más grande del mundo, puesto que contiene una columnata de Bernini, una cúpula de Miguel Ángel y un caudal de ciencia en sus jardines, en sus bibliotecas y en sus hermosas galerías, además de la tumba del Príncipe de los Apóstoles.” Se dice que una persona puede tardar diez minutos en cruzar la ciudad, y toda una vida en contemplar sus tesoros artísticos. El lugar ha sido residencia de los papas desde finales del siglo XIV. Anteriormente vivieron en Letrán y Aviñón. Sus antecesores tuvieron que pelear entre sí como auténticos señores feudales para alcanzar el título e imponer la sede. Ese fue el emplazamiento elegido por el emperador Constantino para levantar una basílica al lado de los primitivos enterramientos cristianos, entre ellos, supuestamente, el de San Pedro. De 1870 a 1928, tras la unificación de Italia, el Vaticano perteneció al estado italiano, que lo cedió al papado en régimen de concesión. En 1929 Mussolini puso su firma en el concordato dando satisfacción a las demandas de autonomía política de la Santa Sede y reconociendo sus propiedades. Estas incluyen, además de una gigantesca basílica, los dos palacios de San Apollinaris, la casa de ejercicios espirituales de San Juan y San Pablo, seis institutos, entre los que se halla la Universidad Gregoriana, y un palacio en Castel Gandolfo, que se destinó a residencia de verano del Papa y a donde se trasladó el nuevo observatorio astronómico en sustitución del antiguo, construido por Gregorio XIII en 1582, tal vez para proyectar su autoridad verticalmente, hasta las estrellas.

     El Vaticano de Roma ha sido y seguirá siendo un foco de atención política, religiosa, artística e intelectual. André Gide convirtió en protagonistas de su novela Los sótanos del Vaticano (1914) a dos grupos que, siendo antagonistas por principios, por alguna razón aparecen siempre juntos: jesuitas y francmasones. La narración desbarata una estafa organizada para sacar dinero a los ingenuos católicos haciéndoles creer que el Papa León XIII ha sido secuestrado por las logias masónicas y suplantado por un doble.

     De las dos únicas lenguas que se hablan más o menos oficialmente, una está muerta -el latín-, aunque ha habido intentos de revitalizarla a través de alguna de sus 7 emisoras de radio, que emiten en 35 idiomas, entre ellos el esperanto, y la publicación de un diccionario latín-italiano con palabras modernas; y la segunda, el lenguaje de señas monástico, no tiene hablantes maternos, siendo utilizada por los monjes con voto de silencio para comunicarse entre sí, estrategia incomprensible para los profanos, puesto que prescindir voluntariamente de los valiosos recursos verbales parece un símbolo de renuncia a cualquier tipo de comunicación, lingüística o no lingüística, con los humanos, reservándola para el Ser Supremo a través de la mente. El italiano se puede oír en cualquier rincón; hasta aquí llegan los ágiles intercambios conversacionales procedentes de las calles romanas, o melodiosas cantilenas colegiales que atraviesan las ventanas del preseminario -seminario de menores-, como la que sigue en intraducible koiné infantil, semi-dialecto veneciano:

Pin penin
valentin
pena bianca
mi quaranta
mi un mi dói mi trèi mi quatro
mi sinque mi sie mi sète mi òto
buròto
stradèa
comodèa-
Pin penin
fureghin
perle e filo par inpirar
e pètena par petenar
e po´codini e nastrini e cordèa
le xe le comedie i zoghessi de chéa
che jeri la jera putèa*

Con todo, su plaza mayor es el punto de mayor concentración étnica y lingüística de todo el mundo. Los últimos papas han adquirido fama de políglotas, como el discutido Cardenal Pacelli -luego Pío XII-, del que se dice que dominaba siete idiomas. O como Juan Pablo II, capaz de leer breves discursos en 50 o 60 lenguas. El truco consiste en emplear un sistema de trascripción basado en el alfabeto romano combinado con el IPA (alfabeto fonético internacional) y un simple diacrítico para marcar el acento silábico. Que no entienda un Papa todo lo que lee no tiene tanta importancia como que lo entiendan quienes le escuchan, y encima se queden asombrados por la elocuencia y el presunto don de lenguas del pontífice, la Sua Santitá, el Santíssimo Padre.

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* Andrea Zanzotto, Cantilena Londinese


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